Capítulo XXIII La última luz del Jardín.
El ocaso teñía el cielo de un rojo sangriento mientras El Jardín se preparaba para la última noche.
Los postes de luz, uno a uno, se apagaban, sumiendo al pueblo en una oscuridad inquietante, rota solo por el tenue resplandor de las fogatas y las linternas improvisadas.
Frantxo recorría las calles, sus pasos firmes pero lentos, consciente de que ese momento marcaría un antes y un después.
La última luz del pueblo no era un farol, sino la voluntad inquebrantable de quienes estaban dispuestos a darlo todo.
Los vecinos se agrupaban en pequeños grupos, compartiendo silencios cargados de significado, abrazos que eran promesas de apoyo y miradas que hablaban de miedo y coraje a partes iguales.
La noche se sentía densa, pesada, como si el aire mismo estuviera cargado de presagios.
Frantxo se detuvo frente a la iglesia, tocó la cruz tallada y murmuró una plegaria a Santiago, sintiendo cómo cada latido era una llamada a la resistencia.
En el Vallejo, los niños que días atrás corrían libres ahora permanecían en silencio, protegidos por adultos que ocultaban sus propios temores.
El viento soplaba con fuerza, levantando polvo y hojas, mientras las sombras se alargaban, mezclándose con el murmullo del pueblo que se preparaba para la batalla definitiva.
Nadie sabía qué les esperaba, pero todos sabían que ya no había marcha atrás.
Frantxo recordó entonces a los que se habían quedado atrás, a los que no verían el amanecer.
Sus rostros aparecieron en su mente como fantasmas que le daban fuerza para seguir adelante.
“Por ellos, y por nosotros”, pensó, apretando los puños con decisión.
El Jardín estaba a punto de escribir su última página, y él sería uno de sus guardianes.
La oscuridad cerraba el telón, y con ella, la última luz de El Jardín brillaba en la voluntad indómita de sus gentes, que no estaban dispuestas a rendirse sin luchar.