Capítulo XXVI La escopeta y el cuchifarro.
En medio del fragor de la batalla, la escopeta de Frantxo y el cuchillo de un joven vecino se convirtieron en símbolos de resistencia y supervivencia.
La violencia era cruda, sin adornos, una lucha cuerpo a cuerpo donde cada segundo podía ser el último.
Frantxo, con la respiración agitada, sabía que no podía permitirse fallar ni un instante.
Los invasores avanzaban sin piedad, y los defensores respondían con la ferocidad de quienes pelean por su vida y la de los suyos.
En un momento, Frantxo tuvo que cambiar la escopeta por el cuchillo, enfrentándose a una criatura que se había acercado demasiado.
El choque fue brutal, pero la destreza y el valor le permitieron salir adelante.
A su alrededor, el ruido era ensordecedor, mezcla de disparos, gritos y rugidos que parecían venir de otra dimensión.
El suelo se manchaba de sangre, humana y de las criaturas, mientras la batalla alcanzaba su punto álgido.
Cada arma, por rudimentaria que fuera, era una extensión del espíritu de lucha.
Frantxo sintió que estaba en el límite, pero la fuerza que le daba el pueblo y su propia determinación le empujaban a seguir. La escopeta y el cuchillo eran su voz en medio del caos, un lenguaje que los invasores empezaban a comprender con miedo.
Esa noche, el sonido de las armas era también el latido de un corazón que se negaba a morir, el pulso vivo de un Jardín que luchaba por sobrevivir.