Capítulo VI Huye o muere.
La madrugada fue un desastre. Los primeros gritos rompieron el silencio y despertaron a El Jardín con un terror inesperado. Desde el monte llegaron aullidos y ruidos inhumanos que hicieron temblar las ventanas y el alma de los vecinos. No había tiempo para dudas: la calma se había roto.
Frantxo saltó de la cama al escuchar los alaridos.
La adrenalina le quemaba las venas mientras corría hacia el Vallejo.
Álvaro y Antonio ya estaban allí, con las caras desencajadas y los ojos llenos de miedo, pero también de determinación.
“Hay que salir ya, esto no es normal. Lo que sean, están aquí”, jadeó Álvaro mientras cargaba un palo grueso.
La gente corría por las calles con lo puesto, algunos agarrando a los niños, otros intentando salvar sus pocas pertenencias.
Perico apareció, jadeando, sin saber bien por dónde había escapado, pero con la cara pálida y las manos temblorosas.
“No hay tiempo que perder, esto es la guerra”, gritó.
Frantxo sintió el peso del momento, y la responsabilidad de ser quien puede mantener la calma.
El monte vomitaba sombras que se acercaban como una marea oscura, y el pueblo entero comenzaba a comprender que huir o morir eran las únicas opciones. La noche era ahora una carrera contra un enemigo invisible, cruel y voraz.