Capítulo VII Perico desaparecido.
Con la luz del amanecer, el pueblo despertó a una nueva realidad, más oscura y cruel. El bar de Perico estaba cerrado, sus ventanas tapiadas con tablas improvisadas. Nadie había visto a su dueño desde la noche anterior. El vacío de su ausencia se sentía como un presagio.
Frantxo y Álvaro recorrieron las calles, encontrando puertas abiertas, casas abandonadas y una desolación creciente.
“No está en su casa ni en la taberna. ¿Dónde se habrá metido?”, preguntó Álvaro con voz tensa.
“No lo sé, pero esto pinta peor de lo que pensábamos,” respondió Frantxo mientras escudriñaba el horizonte.
Los vecinos se reunían en pequeños grupos, comentando historias de desapariciones y ruidos extraños. Algunos creían que Perico había huido, otros temían un destino peor. El miedo comenzaba a hacer mella, y la incertidumbre crecía con cada minuto que pasaba.
Frantxo, con el ceño fruncido, sabía que no podían esperar. “Tenemos que organizar algo, encontrar respuestas y proteger a los nuestros. Esto ya no es un juego, es la supervivencia,” pensó, sintiendo el peso de un liderazgo que aún no había aceptado del todo.