Capítulo IV Discomóvil en el Vallejo.
La noche había caído sobre El Jardín y el Vallejo se iluminaba con luces parpadeantes y música electrónica.
La juventud bailaba, saltaba y gritaba al ritmo del DJ, mientras las parejas se refugiaban en rincones más tranquilos, disfrutando del aire fresco y la magia de la noche.
Era el momento para liberar tensiones y entregarse a la alegría.
Frantxo caminaba por la ladera, mirando el valle con ojos atentos.
La fiesta le gustaba, pero una parte de él no podía dejar de sentir que algo andaba mal.
En el silencio entre las canciones, alcanzó a escuchar un crujido extraño en la lejanía, algo que rompía el hechizo festivo.
Se detuvo, tensó los músculos y miró en dirección al Masegoso, donde un resplandor fugaz iluminó el horizonte.
Era la señal de que algo había caído, un secreto oscuro que nadie en El Jardín aún sabía.
La música siguió, inconsciente del cambio que se avecinaba.
Entre risas y bailes, el pueblo parecía ignorar que esa noche marcaría el inicio de un tiempo distinto, donde la fiesta y la paz quedarían atrás.
En el monte, la sombra se movía con intención, y una nueva era de miedo y lucha estaba a punto de comenzar.