Capítulo III Charanga y aperitivo.
La mañana amaneció con un cielo limpio y un sol radiante.
En el Vallejo, las mesas se llenaron de comida típica: migas, gazpacho, tortilla de patatas y buen vino.
La charanga no tardó en aparecer, y pronto la música llenó cada rincón, haciendo que los mayores se animaran a bailar y los jóvenes gritaran al compás.
Frantxo se sentó en una esquina, observando y disfrutando con discreción.
Los vecinos lo invitaban a beber, a unirse al baile, a contar historias, pero él prefería quedarse en silencio, mirando más que hablando.
En su mente, repasaba todo lo que había oído de los pastores, y sentía que algo no cuadraba.
“Aquí todo parece bonito, pero el monte no está tranquilo, y yo tampoco”, pensaba mientras una sonrisa melancólica se dibujaba en su rostro.
Las conversaciones giraban entre bromas y recuerdos de fiestas pasadas.
“Aquí nadie se rinde, ni con la caló ni con el invierno”, decía Perico, orgulloso de su pueblo y de la gente que lo habitaba.
El aperitivo fue una explosión de colores, sabores y risas, una pausa casi sagrada que reforzaba los lazos y hacía olvidar las preocupaciones del día a día.
Pero Frantxo sabía que esa paz era efímera.
Lejos, en los montes, las huellas de una presencia desconocida empezaban a marcar el terreno, y algunos animales aparecían muertos sin explicación. Nadie sabía aún que esas señales eran el preludio de una invasión que pondría a prueba la fuerza y el valor de cada vecino.