El jardín del mundo Sexta parte #13
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Sexta parte #13

A Luciano le habían dicho que aquella turba enardecida no pasaría por Tunja.

Pero, a última hora, sus cabecillas cambiaron de decisión.

De tal modo que, desde su casa en la calle Real, se escuchaba el rumor que desembocaba en la plaza Mayor.

Junto a las consignas de «¡Arriba el pueblo y viva la rebelión!

» explotaban los cohetes, los totes y los chorrillos.

Con rapidez, reconociendo que los motivos del levantamiento eran más que justos, Luciano salió de la casa, pasó por el frente de la iglesia de San Ignacio y se dirigió a la plaza.

«Por fin», se decía caminando a grandes pasos, «por fin se ha reaccionado.

Ya no más servilismo. Basta con las súplicas a su señoría.

Ya no más imploraciones a vuestra alteza.

A la mierda los ruegos a su reverencia. No más diezmos a la insaciable Iglesia».

Y es que Sanabria Vargas era uno de esos criollos pudientes que se contravenía con los de su clase social debido a la indiferencia de ellos ante la iniquidad social sobre la cual se sostenía el virreinato.

Estaba harto de esas familias ricas llamadas Lozano, Vanegas, Caicedo, Ricaurte y Maldonado.

No creía ya en las insignias religiosas y se había prometido no ir a los templos a rezar, ni pagar por la salvación de su alma.

Y, como la masa insurrecta, había rechazado categóricamente la cédula de san Ildefonso, emanada por el soberano español, en la que se favorecía a los terratenientes del virreinato y se menospreciaba al pueblo en la cuestión agraria.

Aprovechando su condición de criollo privilegiado y su conocimiento de las leyes, logró entrevistarse con los principales líderes del movimiento comunero.

Uno se llamaba Juan Francisco Berbeo, y era valeroso, resuelto y representaba a los comerciantes inconformes.

Quienes lo apoyaban no querían una ruptura con España, sino una negociación decorosa para reducir los impuestos.

Salvador Plata era el otro. Hablaba en nombre de los más acaudalados de las provincias alborotadas, de los que mercadeaban esclavos, de los que remataban rentas y poseían grandes extensiones de tierra.

Pero había que verlo moverse para entender que, como magnate criollo, estaba allí presionado por la plebe, que lo había designado para que la revuelta tuviera contornos democráticos.

Conversó con otro más que dijo llamarse José Antonio Galán.

Luciano le miró sus ojos chispeantes color de la obsidiana y el porte gallardo y musculoso y sólo fue oírle el trueno de voz que tenía para saber que era el líder de los miles de campesinos que no tenían nada.

Galán llamaba a la libertad de los esclavos, al respeto por los indígenas y a la expropiación de todos los latifundios del virreinato.

Galán se jugaba el todo por el todo con tal de que el gobierno de los chapetones y el de los oligarcas criollos se cayera de una vez y para siempre.

Pero Luciano se dio cuenta de que, por encima de aquel arrebato popular, planeaban grandes diferencias entre sus dirigentes.

Las insalvables discrepancias de clase. Los contrastes imposibles de zanjar en las maneras de asumir el poder.

Por un lado, eran palmarias las urgencias de los más menesterosos.

De los indígenas miserables, de los campesinos expoliados y de los negros apabullados desde hacía siglos.

Pero, por el otro, sobresalían los intereses de los comerciantes y sus artimañas para lograr el propio beneficio.

Sin olvidar las rivalidades existentes entre las tropas de Tunja y Sogamoso con las de Socorro y San Gil, porque unos pretendían una cosa, y los otros, otra.

Pese al fracaso que se avizoraba, Luciano pensó que el levantamiento había que apoyarlo ya que era la viva expresión de un descontento.

Como vieron que él entendía de peticiones jurídicas y de documentos oficiales, lo invitaron para que se uniera al grupo de los que iban a redactar las capitulaciones.

Pretendían eliminar el impuesto de la Armada de Barlovento, los estancos de las bajas y reducir la alcabala.

Exigían que a los curas se les quitara el derecho a cobrar por entierros, nacimientos y bodas.

Y no les temblaba la voz cuando pedían la expulsión definitiva de los visitadores enviados desde España.

Por un momento, Luciano vaciló ante estas exigencias.

Supuso que en los días siguientes se analizarían la pertinencia de unas, la necesidad de otras y la imposibilidad de otras más.

En todo caso, estaba fascinado por la dimensión de la protesta colectiva.

Eran más de veinte mil insubordinados y entre ellos se llamaban compañero, compadre, hermano.

La mayoría iba a pie y otros en caballo y mulas.

Una revolución de este estilo no ocurría todos los días, pensó Luciano.

Y así hubiera una derrota, ella sería por sí misma una señal premonitoria de lo que vendría después.

De pronto, se vio rodeado de un montón de gente que no tenía nada que perder si iba hasta Santafé a reclamar por un trato más digno para su existencia sometida.

Acaso su presencia en las negociaciones con las máximas autoridades de Santafé podría servir de algo para que en la Nueva Granada florecieran, por fin, la libertad, la igualdad y la justicia.

La resolución le llegó como un rayo. Se dijo que iría hasta el final del estallido social ubicándose en su primera línea.

Sería uno más del pueblo que ahora inundaba la plaza Mayor de Tunja y que, quizás, llegaría hasta la de Santafé de Bogotá para derrumbar el poder malsano.

Cuando aceptó la invitación ofrecida, le pidió a uno de sus sirvientes que le preparara un par de bestias y el equipaje para la jornada.

Había que aprovisionarse de algunos pertrechos y de mantas para el frío de las noches altiplánicas.

El sirviente comenzó a abrirse paso en dirección a la calle Real.

Luciano Sanabria Vargas, de pronto, se acordó del objeto que le habían entregado en Chivatá.

Y con voz enérgica gritó: «¡Tome la arqueta que está sobre el escritorio! ¡Que ella también nos acompañe!».