Sexta parte #12
La arqueta fue el único patrimonio que el ayudante indígena le entregó a Luciano.
José Diego le había pedido que, si fuera posible, se la diera a su sobrino.
Lo demás, lo digno de ver del maestro, estaba diseminado en los templos, los monasterios, los conventos y las casas señoriales de la provincia de Tunja.
Luciano recibió el pequeño mueble con emoción.
Estaba ajado, pero subsistía algo del encanto de sus escenas bucólicas.
Quiminza se atrevió a pedirle que lo abriera.
El sobrino lo hizo, expectante, y tomó el libro.
A su olfato llegó un olor a humedad reconcentrada, a madera longeva, a papel y tinta adormecidos.
Leyó las palabras: «Poemas de don Garcilaso de la Vega».
Y dijo: «Lo leeré con el interés merecido».
Después tomó el caballo y se perdió por el camino que conducía a Tunja.
Sobre jinete y caballo caía una llovizna pertinaz y el paisaje circundante estaba cubierto por la niebla.
Cuando llegó a casa, a Luciano lo sorprendió la noticia.
Era un polvorín formidable el que, desde hacía días, sacudía al virreinato.
Desde Socorro y San Gil, desde Charalá y Girón, desde Simacota y Mogotes, provenían las marchas populares.
Protestaban por los altos impuestos de la corona.
Por la alcabala, la sisa y la Armada de Barlovento.
Por los estancos y las pulperías. Por las penas y las multas.
Por el maltrato de los corregidores y el salvajismo de los guardas que se apropiaban de los tabacales ilegales para luego incendiarlos y golpear a sus propietarios.
Adormecido por las homilías de los curas en las iglesias y reprimido por las incursiones de la soldadesca en las calles, el pueblo había despertado del letargo.
Marchaban al son de las cajas, los tambores y las chirimías.
Tremolaban banderas negras y rojas. Tenían machetes, lanzas y rejones y unos cuantos fusiles y trabucos viejos.
Y no escatimaban la risa y la fiesta y la preparación de los sancochos y los tamales.
Las madres caminaban al lado de sus hijos.
Las esposas iban con sus esposos. Los ancianos con sus nietos.
Las madres con sus bebés que aún mamaban de los senos.
Y todos gritaban: «¡Viva el rey y abajo el mal gobierno!
». Luciano Sanabria Vargas estaba per plejo y asustado.
Perplejo porque era un tropel enorme que avanzaba hacia Santafé.
Pero estaba atemorizado porque intuía que una represión implacable caería sobre esas pobres gentes si decidían ir hasta el límite de sus reivindicaciones.
La masa denigraba, muy especialmente, al visitador Francisco Gutiérrez de Piñeres, un burócrata desalmado que hablaba de libertad de comercio y ejercía la opresión.
Al virrey Antonio Caballero y Góngora, arzobispo manirroto y político amañado y falazmente conciliador.
Entre algunos sectores de la revuelta se pedía que hasta el mismo rey se fuera al carajo.
Unos versos, de un tal José Andrade y Soto, bardo neogranadino que azuzaba a los rebeldes con sus discursos, suscitaban aplausos y gestos grotescos.
Unos de ellos decían: «Dios es para reírse de él, el aguardiente para bebérselo, las hembras para preñarlas y los españoles para descuartizarlos».
Otros decían: «Si supiera en qué vena tengo la sangre de España, la haría echar afuera con un machete».
Y otros más prosaicos cantaban: «Me cago en los impuestos del virrey y me limpio el orto con su policía».
La verdad era que los funcionarios españoles y sus colaboradores del virreinato estaban más aterrorizados que indignados.
Los rebeldes habían roto edictos, quemado casas, abierto cárceles, estrellado múcuras de aguardiente contra los muros y ultimado a los defensores de las medidas económicas que habían osado atravesárseles en el camino.
Se rumoraba sobre el papel de las mujeres, que gritaban más duro que los varones y eran más aguerridas y numerosas.
Una de ellas, Manuela Beltrán, luego de arrancar del cabildo del Socorro el aviso de los impuestos, lo había pisoteado y escupido ante los clamores jubilosos del gentío.