El jardín del mundo Sexta parte #11
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Sexta parte #11

En una ocasión, cuando hablaba con uno de los sacerdotes de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, se enteró de que Luciano Sanabria, que tampoco pasaba por allí desde hacía años, vivía lejos de la Nueva Granada.

Quiminza se dijo que esa podría ser la explicación de que nadie se asomara por la casona, ni mucho menos con la pretensión de comprarla.

Él, en realidad, no guardaba el más mínimo interés de hacer cualquier tarea para sacudirle a la edificación su condición de objeto desastrado.

Sabía que, hasta su propia muerte, y si eso dependiera de su voluntad, cuidaría de ella con lealtad porque allí estaban los frescos que el maestro había hecho en su último período.

A esto, en cierta medida, hubo de reducirse la vida de Quiminza.

Muerto José Diego, el ayudante había realizado algunos trabajos —estatuas de santos, púlpitos y pequeños retablos— para los templos de Chivatá, Oicatá y Cómbita.

Luego, al dejar su oficio por las limitaciones de la vejez, vivía de sus ahorros y de la colaboración generosa de algunos de sus familiares.

El día en que llegó la noticia de la venta de la casona, Quiminza decidió ir al cementerio donde estaba enterrado José Diego.

La tumba era sencilla. En la lápida de piedra decía, con los nombres y apellidos y las fechas de nacimiento y muerte, la palabra «Pintor».

El viejo ayudante puso un ramito de flores silvestres y se arrodilló un rato hasta que dijo el motivo de su visita.

«Cuidé la casa hasta donde fue posible, su mercé», pronunció.

Después de la bendición trazada sobre la cara, enderezó un poco la cruz de la tumba y, con lentitud, salió del camposanto.

Al saber de la remodelación, Quiminza tampoco reaccionó.

Los nuevos propietarios, oriundos de Toca, se instalarían allí para ocuparse de negocios concernientes a la crianza de ovejas.

Habían entrado a las habitaciones y, escandalizados por la depravación de las paredes, decidieron borrar las imágenes.

En su lugar, y junto a las camas, los escaparates y las mesas, pusieron un altar para la Virgen de Chiquinquirá, otro para el Sagrado Corazón de Jesús y otro para Nuestra Señora del Rosario.

Finalmente, un sacerdote dominico de Chivatá roció la casa con agua bendita y entonó las oraciones para expulsar el mal que la habitaba.

La visita no fue del todo inesperada. Quiminza Camacho sabía que tarde o temprano ocurriría.

Cuando le dijeron que en la calle había un señor de Tunja que lo buscaba, sintió que un gran peso se le caía de encima.

El anciano, que se había trasladado a un rancho de las afueras de la aldea, dejó a un lado la lezna y se quitó el delantal.

Sonrió porque la pequeña estatua en madera que estaba haciendo para su propio deleite era un san Cristóbal atravesando el río con su carga a cuestas.

El santo poseía rasgos nativos y portaba no sólo al niño Jesús, sino un cesto lleno de anones y guanábanas.

En la puerta, por un momento, Quiminza creyó ver a su maestro en persona.

Estaba rejuvenecido, como en el momento mismo en que le había dicho, muchos años atrás, que lo aceptaba como uno de sus colaboradores.

Pero el visitante lo situó de nuevo en la realidad.

Era Luciano Sanabria Vargas quien, estirando su mano vigorosa, lo saludaba.

A Quiminza, en el instante en que lo reconoció, se le vinieron las lágrimas.

Sin hesitaciones, los dos hombres avanzaron unos pasos y se dieron un abrazo.

Luciano había llegado a Tunja recientemente.

Pasada una larga estadía en Europa, donde había adelantado estudios en jurisprudencia, el sobrino de José Diego decidió regresar a su ciudad natal para dedicarse a los tribunales y los litigios.

Su padre, que había aprovechado para acompañarlo en el primer tramo del viaje, había caído enfermo de peste y muerto en Sevilla.

A Luciano le atraían las letras y dedicaba su tiempo libre para escribir.

Hacía crónicas de viaje, disquisiciones sobre las pasiones humanas y, a veces, pergeñaba sonetos de amor atravesados de referencias grecolatinas.

Era uno de esos hombres nuevos, aireados por las ideas liberales provenientes de Francia, que comenzaban a expandirse por las ciudades del virreinato.

Las enseñanzas de los jesuitas, expulsados de América por el rey borbónico, sobre el libre albedrío y la defensa de la soberanía popular también habían calado en su sensibilidad e inteligencia.

Pero fueron las lecturas de Jean-Jacques Rousseau las que le dieron una visión del mundo alejada de los valores enarbolados por la España déspota e ilustrada.

Gustaba citar una frase del filósofo francés que definía sus posturas políticas: «Estamos perdidos si olvidamos que los frutos son para todos y que la tierra no es de nadie».

Pero Luciano Sanabria Vargas era, antes que todo, uno de esos criollos que ya no se referían a España como la madre respetable y venerada, sino como una madrastra mezquina e insoportable.

La venta de la casona de Chivatá lo había sorprendido en Roma.

Allí fue atraído por el impacto de la obra de Beccaria, sobre los delitos y las penas.

Fallecido su padre, al hijo le correspondía la propiedad.

Pero para esas gestiones el señor Valerio Sanabria había dejado, antes de salir para Europa, a un amigo suyo, quien logró negociar con los criadores de ovejas de Toca.

Fue en Tunja, ya instalado en su casa familiar de la calle Real, donde Luciano se enteró de la existencia de los frescos.

No los tomó como rumores que pretendían nublar el buen nombre de su tío.

Era cierto que él había naufragado en una mudez espinosa y en una tosquedad sin fondo de la que salía clamando monólogos incomprensibles.

Quiminza le había dicho algo de esto aclarando que su maestro nunca tuvo pérdida del juicio.

Es más, el ayudante opinaba que fue en esos últimos años, pasados entre las sombras de la enfermedad, cuando su conciencia se tornó más lúcida.

Luciano siempre sospechó que en esas habitaciones había algún secreto y lamentaba que las pinturas hubieran sido borradas por los nuevos inquilinos bajo el argumento de que eran pinturas malignas.

Pero deploraba todavía más el que jamás se le hubiera permitido entrar a los cuartos para mirar lo que él, por encima de cualquier ordenanza religiosa, jamás hubiera permitido borrar.

Quiminza, en todo caso, le hizo una descripción somera de lo que había en las paredes.

El ayudante no se sentía capaz de interpretar las imágenes, pero algo esencial de las obras quedó flotando en la imaginación de Sanabria.

«Y saber que ahora hay vírgenes y cristos ensangrentados y mal hechos», terminó diciendo este.

Quiminza narró, igualmente, la muerte de su maestro.

Esta llegó sin sorpresa cuando José Diego se mecía en una de las sillas, en su habitación del primer piso.

Camacho le daba de comer lo poco que podía consumir: changuas y mazamorras.

A través de la cocinera indígena, el ayudante mandaba traer del campo brebajes para las dolencias de los huesos y para facilitarle un sueño cada vez más escurridizo.

La nieta de Magdalena Chía parecía una copia de su abuela joven, vestida con el chicate blanco y la liquira amarilla que unía al cuello con un topo plateado.

José Diego, cuando la veía en las noches, junto a su cama con el plato sopero, pensaba que era su nodriza quien venía desde el más allá para aproximarlo con dulzura a la muerte.

Las pocas veces que hablaba José Diego, con voz desacompasada y ronca, pedía a Quiminza que le pasara la arqueta.

El maestro pintor la abría con esmero temiendo que, por el temblor de sus manos, se le cayera al suelo.

Era de madera tallada y no pesaba mucho.

Adentro del artefacto había bocetos de dibujos y el libro falso con los escritos de Ana Micaela.

Fue la última lectura que hizo José Diego Vargas.

Un día, al amanecer, Quiminza lo encontró en la silla.

Estaba seguro de haberlo llevado a la cama la noche anterior.

Pero el pintor había hecho un gran esfuerzo para incorporarse y buscar por sus propios medios el pequeño mueble.

Los ojos estaban abiertos, como si siguieran bebiendo, más allá de la muerte, la luz de la mañana que entraba por una de las ventanas entreabiertas.

La boca sonreía y alrededor de los labios se había resecado la saliva.

En el regazo, encima de la ruana de lana blanca que cubría sus piernas, había una hoja escrita.

Una de las manos de José Diego estaba desmadejada y los dedos señalaban la arqueta que, finalmente, se le había caído del regazo.

La otra tenía la forma de un puño. Quiminza, al abrirla, vio que había una piedra.

Una de esas que hacían concluir al maestro Vargas que el tiempo era similar a esas líneas en espiral que buscaban lo que había después de toda visibilidad.