El jardín del mundo Sexta parte #10
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Sexta parte #10

Populosas y confusas eran las pinturas que integraban la segunda habitación.

Sus personajes poseían rasgos espectrales.

De narices apenas trazadas, con ojos descarriados que, junto a las bocas, hacían mohínes imprecisos.

No se sabía si reían o se lamentaban. Si gritaban u oraban.

Tal vociferación se confundía con el sollozo y la risotada.

En uno de los frescos más amplios, el que quedaba frente a la puerta, se aludía a un auto de fe.

En el centro del evento, iluminado por los sambenitos de los condenados, José Diego evocó a aquellos dos muchachos que habían cometido el pecado nefando.

Al uno lo pintó con los rasgos hispánicos del que vio en la plaza Mayor de Madrid.

Al otro le puso las facciones indígenas porque él sabía del fin trágico de los berdaches.

Esos nativos del Caribe que cumplían funciones femeninas dentro de su comunidad y que los conquistadores españoles ahorcaron por considerarlos depravados.

En el fresco había una división jerárquica en torno a las primeras filas que rodeaban a las víctimas.

Teas agónicas brindaban la luz indispensable para distinguir al gran inquisidor y al rey.

Las dos autoridades señalaban, con un gesto de burla arrogante, a los adolescentes sodomitas.

Algunas figuras del gentío se distinguían por las narices de formas puntiagudas o achatadas, por las bocas abiertas que semejaban pozos insondables, por las miradas de brillo extraviado.

José Diego le otorgó al espectáculo un tratamiento complementario.

De un lado, el delirio de la muchedumbre envuelta en la tiniebla.

Del otro, los dos chicos que se presentaban no como condenados al infierno, sino como mártires resplandecientes.

Con los cabellos en desorden, los calzones deshechos y los pies descalzos, el español y el indígena absorbían y, a la vez, expelían toda la luminiscencia de la escena.

Miraban no al cielo, porque allí no había ningún cielo, sino que sus ojos, soberbios y dignos, se dirigían a quienes desde el más allá del tiempo presenciaban su martirio.

Enseguida venían las dos procesiones. Ambas se desarrollaban en la noche.

La primera iba por un camino rural que se extendía, culebreando a través de los oteros, hasta un fondo tenebroso.

La otra sucedía en un habitáculo perfilado por una muchedumbre que se apeñuscaba en derredor de las andas.

Divididos en grupos, era posible ver que los participantes de los desfiles estaban jerarquizados.

Unos, por sus atuendos, pertenecían a la nobleza.

Otros, que eran la mayoría, conformaban el populacho.

Y aquí y allá, de las angarillas se adueñaban las figuras estrafalarias.

No se sabía muy bien quiénes eran más esperpénticos, si los santos, las vírgenes y los cristos, o los cargadores que llevaban caperuzas cuyas puntas se unían en un arriba conminativo.

O si lo siniestro era ese pueblo de facciones bufas que, al orar, convertían el entorno en algo propio de los infiernos.

Aquí palpitaba algo del terror instintivo que José Diego guardaba hacia las manifestaciones religiosas.

La impresión de que esos arrebatos colectivos podían desembocar en una avidez sin freno, y en la sed de violencia, impregnaba la pintura.

En la pared dividida por la puerta de esta segunda habitación Vargas Castillo pintó dos escenas.

En la primera, un grupo de personas se asomaba a un libro abierto.

Lo sostenía en las manos un hombre con cabeza de asno.

Ataviado con túnica de fraile mendicante, el lector tenía un sombrero propio del círculo de los adinerados y entreabría la boca para decir un mensaje.

Pero así los oyentes manifestaran interés por lo escuchado, los signos del libro les parecían incomprensibles.

Como en los demás frescos de la pieza, prevalecía en este una atmósfera opaca.

Pero donde José Diego desplegaba su pericia en el manejo del claroscuro era en la escena siguiente.

Se trataba de una quema de libros en un corral, de esos en los que se representaban obras teatrales.

Sombras encapuchadas, animadas desde las gradas de los espectadores, arrojaban los impresos a las llamas.

Desde lo alto del sitio dos figuras siniestras, similares a las que antecedían el auto de fe, aprobaban el acto.

Para la tercera de las habitaciones José Diego se liberó del yugo de la opresión y la tiniebla.

Del que había empañado su tiempo, del que rodeaba su virreinato reprimido, del procedente de su rotunda sordera.

Fue la última pieza que pintó. De hecho, cuando los frescos fueron finalizados, no tuvo fuerzas para seguir trabajando en nada más.

Creía que lo había hecho todo y que ya podía morirse tranquilo.

A diferencia de las otras dos habitaciones, para esta última decidió abrir las ventanas porque las imágenes debían nutrirse de la luz de afuera.

Aunque José Diego sabía que la verdadera luz que despedían los cuerpos era la del amor.

En un lado de la puerta puso a una mujer desnuda saboreando una manzana.

En el otro extremo, mirándola con ansia, pintó a un hombre también sin ropas.

Entre las ramas de un árbol, que los unía por encima del dintel de la puerta, había una frase procedente de los escritos de Ana Micaela: «Embriagados por la fruta, traspasamos las fronteras».

Entonces la pareja, una y otra vez reflejada en las paredes, atravesaba el jardín que José Diego, siguiendo el modelo del Bosco, le había trazado para consumar su amor.

El hombre y la mujer caminaban tomados de la mano.

Se bañaban en fuentes y riachuelos. Ascendían a construcciones rocosas desde donde se deslizaban por toboganes vegetales.

Corrían, enlazadas las manos, por entre sendas de bosques verdes.

Se columpiaban, ahítos de dicha, al borde de los abismos.

Cabalgaban sobre caballos de colores terrenales.

El rinoceronte, la jirafa, el león aparecían en estos parajes de la delicia.

Y sobre ellos montaban el hombre y la mujer pintados.

Moviendo los brazos para hacer círculos en el aire translúcido.

Efectuando acrobacias en los lomos animales.

Él, con una cola de caballo negra. Ella, con una mata espesa de color rojizo.

Y la desnudez de ambos no tenía nada de pecaminosa.

Era, al contrario, jubilosa, abierta, espontánea.

En otro lugar, el hombre ponía flores en las nalgas de la mujer.

Ella se agachaba, danzando, sobre el vientre del hombre para beber su simiente.

Y cuando se miraban, con la limpidez de los seres inmaculados, eran conscientes de que en el otro no existía la condición del espejo, ni la del laberinto, ni la de la torre incomprensible.

Sólo los dos. Humanidad fundida en Dios.

Ajena del todo a las circunvoluciones del tiempo.

Durante años, la casona quedó varada en la quietud, aislada de cualquier acontecimiento externo.

Nada ni nadie era capaz de librarla de su abandono irremediable.

Sobre su techo crecieron el musgo y los matorrales.

Si se advertía su fachada, sobresalía sobre las otras que la rodeaban porque conservaba más hidalguía y antigüedad.

Los pocos viandantes que pasaban por su frente suponían que estaba abandonada.

Se detenían ante su puerta y las ventanas, atraídos por algo que no sabían qué era, a la espera de alguna señal de vida que saliera de su interior.

Y, en efecto, alguien entraba y salía por la puerta de vez en cuando.

Era un viejo indígena de baja estatura que, apoyado en un bastón, iba a la iglesia a realizar sus oraciones o salía en busca de alimentos para su manutención.

Como le habían pedido, Quiminza Camacho clausuró las habitaciones con llave a la espera de que la propiedad fuera ocupada por los nuevos inquilinos.

Pero nadie aparecía con el interés de verla.

El ayudante llegó a pensar que los familiares de José Diego Vargas se habían desentendido de aquella propiedad.

El esposo de María de las Mercedes —ella falleció poco tiempo después de la muerte de su hermano— le había comunicado al ayudante que lo mantendría al corriente de lo que pasara.

Pero los años se deslizaron y era como si la casona cargara sobre sí una suerte de destino desdeñoso.

Quiminza, en las noches, se despertaba por los ruidos y murmullos procedentes de las habitaciones pintadas.

Pensaba que era su maestro el que llegaba desde el más allá de la muerte para darles una revista a sus frescos.

O suponía que eran los mismos personajes de las pinturas quienes provocaban el alboroto nocturno.

El viejo ayudante escuchaba y no hacía nada.

Sólo dejaba que el correteo de los pasos de arriba y los murmullos de las gentes lo condujeran de nuevo al sueño.