El jardín del mundo Sexta parte #8
92%

Sexta parte #8

Con la muerte de su ayudante, José Diego reconoció que su estadía en Tunja había culminado.

La ciudad se le tornó cada vez más insoportable.

Un reproche sin pausa hacia sus altas autoridades se le instaló como una cantilena interna.

Se tornó más introspectivo y sus monólogos se incrementaron.

Refunfuñaba para sí, pero la sordera hacía que su malgenio fuera casi público.

Si por él hubiera sido, se habría mudado a Chivatá sin despedirse de nadie.

Pero su hermana dijo que hiciera un esfuerzo e informara de su partida no sólo a Tomás de la Concepción y Arango, sino también a algunos de sus clientes más importantes.

Así no dejaría una impresión de ingratitud en quienes habían apoyado su trabajo durante tantos años.

José Diego le hizo caso una vez más. Así que, en la reunión de la despedida, en una de las salas aledañas a la catedral, el representante de la Iglesia de Tunja, rodeado de varios clientes del maestro, autorizó la partida del pintor trazando una bendición en el aire.

La casona de Chivatá había sido edificada por uno de sus antepasados.

Con su hermana, habían llegado a un acuerdo.

Ella podía quedarse con la residencia principal de Tunja, ubicada en la calle Real y próxima a la iglesia de San Ignacio.

José Diego, en cambio, se benefició de la propiedad de la calle del Escribano, donde había instalado el taller, y de la casona de Chivatá.

Esta era de un piso, patio interno y solar.

El pintor la mandó a blanquear ya que sus tapias, en ciertos puntos, dejaban ver un esqueleto de cañas desoladas.

Piedras grises y negras y de diversos relieves delineaban el zaguán.

Cuatro platabandas, en el patio, bordeadas de hortensias sabían llegar a una pila de mono.

Antes del solar, estaba la cocina, hecha de un mesón de madera y dos fogones de leña.

Había cinco habitaciones, de las cuales José Diego utilizó una como dormitorio y biblioteca.

Allí puso sus libros, entre los que sobresalían, en compañía de las obras de Erasmo, algunas de Cicerón, Ovidio y Plutarco, y otras de Garcilaso, Quevedo y Cervantes.

Quiminza, por su parte, ocupó la habitación más pequeña, situada al lado de la cocina.

Al inicio de este último tramo de su vida, José Diego estuvo atento a las peticiones de la clerecía.

Chivatá había sido el centro de una encomienda próspera desde los tiempos de Pedro Bravo de Rivera y desde allí la evangelización de indígenas se hizo por parte de los dominicos.

El pueblo lo integraban unas pocas cuadras de casas modeladas para las faenas agrícolas y las de la fe.

José Diego sabía que era menester construir un cerco protector para pintar lo que deseaba.

Lo más razonable, y así continuaba atendiendo los consejos de María de las Mercedes, consistía en mantener una buena relación con los eclesiásticos.

De tal manera que aceptó cuando le hicieron algunos encargos para restaurar unas pinturas al fresco de la iglesia Nuestra Señora del Rosario.

Se trataba de retocar detalles de los doce apóstoles que había detrás del altar y de volver a pintar de negro los diablos que, en la escena lateral del infierno, agarraban a los pecadores por las piernas.

El entrecejo, la nariz, los colmillos y los cuernos de esos diablos le recordaban al que había sido tallado, muchos años antes, en la iglesia de Tópaga, ese dorado santuario de Dios y del demonio.

La fachada del templo de Chivatá y su única nave le suscitaban a José Diego una suerte de arrobamiento.

La puerta de entrada, el óculo encima del dintel y el campanario eran de una sencillez preciosa.

Nada de ostentación y lujo, ni de alambiques y regodeos.

Como si el templo, en su elemental humildad, fuese un reflejo de la vida y la enseñanza de Jesucristo.

José Diego podía estarse horas contemplando la edificación de ladrillo porque la apacibilidad le colmaba la mirada.

Pasaba ratos largos adentro en silencio, pendiente de la lenta vibración del aire y del chisporroteo leve de las veladoras.

Con los años, su inclinación a no rezar se había pronunciado.

Tan solo recitaba en las mañanas el padrenuestro y, antes de dormirse, decía la frase que tenía grabada en su anillo: «En Dios sólo confiar».

A veces, emprendía paseos a caballo por los alrededores de Chivatá.

Lo acompañaba Quiminza porque los movimientos del maestro ya eran torpes.

La sordera lo había vuelto más arisco y absorto.

Los parajes que recorría eran de ondulaciones reposadas y el viento, fresco y frío, le sonrosaba el rostro.

Los rebaños de ovejas y los sembradíos de maíz y trigo ofrecían una coloración parda y verde.

A veces el pintor se aferraba a la esperanza de que, sucedidas esas travesías que iban hasta las planicies y colinas de Oicatá y Toca, sus oídos se descongestionarían y oirían por fin los sonidos que le hacían falta: el de los pájaros, el del viento, el de la lluvia, el de las voces humanas.

Aunque lo embargó un hondo desconsuelo, pudo tomar las manos y besar la frente de su nodriza, poco antes de que muriera.

Magdalena Chía, a pesar de ser nonagenaria, lo reconocía y lo trataba como si fuera un crío.

Desde la partida de José Diego a Madrid para su formación pictórica, él había hecho posible que ella regresara a Chivatá.

Ambos hermanos decidieron obsequiarle, como una muestra de gratitud por sus servicios, un pequeño terreno para que Magdalena viviera allí con los suyos.

Ella era respetada en su tierra por ser depositaria de la sabiduría muisca.

José Diego había bebido de ella literalmente, de su leche y de sus historias, y no consideró en absoluto que fuera una muestra de la generosidad de los Vargas regalarle la tierra, puesto que la indígena era su verdadera propietaria.

Una mañana, el viejo pintor decidió ir solo hasta Tunja.

No entró a la ciudad, sino que la divisó desde una de las colinas aledañas.

La vio llena de iglesias y casonas, recostada sobre las faldas de la antigua loma de los Ahorcados.

Imaginó el haber vivido allí con Ana Micaela de López y se dijo que, acaso, su amada no hubiera resistido la angostura de la urbe y la lejanía de Madrid y de los suyos.

Concluyó que una nos talgia irresoluta tal vez se hubiera adueñado de sus impresiones, y que todo el ambiente imbuido de la mediocridad de los burócratas y la tortuosa vigilancia de los clérigos habría frustrado su amor.

Ana Micaela era de índole luminosa. Su anhelo de autonomía, la manera en que ansiaba la libertad para ella y las demás mujeres, su curiosidad permanente por el arte, la búsqueda de la belleza en todo lo que la rodeaba, desde las flores hasta las pinturas, desde la vihuela que tocaba hasta los muchos versos que recitaba, habrían sido motivos de recelo en Tunja.

Pero ¿en qué lugar del imperio habrían vivido sin esas trabas?

Ana Micaela había muerto demasiado pronto y José Diego no sabía decirse cuál período había sido más importante para él: si el pasado en España junto a ella, o si los años en que logró hacer su obra y ser reconocido en el Virreinato de la Nueva Granada.

De cualquier modo, ya todo había transcurrido y la esencia del pasado era irrecuperable.

Ahora lo que enfrentaba José Diego era su propio final.

Con estas impresiones crepusculares, arropado en la completa mudez de su entorno, se dejó llevar por el caballo de regreso a Chivatá.

La tarde declinaba cuando, en un giro del camino, ante la aparición de un gozque, la bestia se asustó.

Hizo un movimiento brusco y el jinete cayó al suelo.

A José Diego le quedaron dolencias y casi no salía de su casa porque caminar le resultaba tortuoso.

Pero en ese tiempo, en que la movilidad se le redujo tanto, terminó de pintar las habitaciones.

Quiminza le ayudaba a acomodarse del mejor modo para que pudiera hacer los retoques necesarios en las paredes.

Los asistía en la cocina y en la adquisición de las vituallas una nieta de Magdalena Chía.

Algunos fines de semana, María de las Mercedes y su familia iban a verlo.

José Diego los recibía en los corredores que circundaban el patio y jamás permitió que entraran a las habitaciones.

Se excusaba diciendo que allí sólo había el polvoriento rebujo dejado por su oficio.