El jardín del mundo Sexta parte #7
91%

Sexta parte #7

María de las Mercedes aprobó, por su lado, el traslado a Chivatá.

Más que nadie entendía que su hermano urgía de un cambio.

Ese cambio, sin asumirlo como el inicio del fin, lo tomó como el sueño que iba a concretarse.

La hermana envejecía con sus quebrantos respectivos.

El alumbramiento de su único hijo vivo y los otros que se malograron prematuramente la habían dejado exhausta y maltrecha.

El rostro se le había manchado. Cargaba una obesidad que la agobiaba y las articulaciones de los brazos le dolían con frecuencia.

José Diego había temido, frente al alumbramiento, que María de las Mercedes repitiera el destino de la madre.

Y fue la situación de que su propia historia no se continuara lo que provocó su exaltada alegría con la presencia de ese único sobrino.

Desde el parto tortuoso, las visitas de José Diego a la casa familiar se hicieron continuas.

Por el entusiasmo hacia la nueva criatura, ambos padres le pidieron que fuera su padrino.

A lo que José Diego aceptó con una mezcla de felicidad y orgullo.

Pronto el arrebato del tío se vio correspondido.

Luciano era un niño radiante y parlanchín.

Le fascinaban del maestro la barba y el bigote entrecanos y, en especial, la cola de caballo que iba de la nuca hasta la cintura.

Cada vez que lo veía, Luciano le rogaba que se la dejara tocar.

Una vez José Diego la deshizo y se la volvió a hacer delante de él para que se diera cuenta de que era algo común y corriente.

Pero el niño quedó más atónito. Su tío, con los pelos sueltos, se le pareció a una mujer barbuda.

Así se lo gritó el niño y el pintor se acordó, de pronto, de Santa Wilgefortis, que fue crucificada y de la cual el Bosco hizo una pintura que José Diego había visto en una de las casas de Madrid.

En otra ocasión, Luciano se lo quedó mirando con fijeza y constató que los ojos de él, como los suyos, cambiaban de color.

«¡Su mercé tiene los ojos de gato como mi mamá dice que los tengo yo!

», dijo. El maestro no entendió nada. Quiminza intervino y escribió en un papel la oración.

El maestro sonrió con la comparación. Agachándose para detallar la mirada del crío, lo puso al trasluz y, en efecto, corroboró que el color de los ojos variaba.

Entonces, dándole un beso en la frente, le dijo: «No lo olvides, Lucianito, estamos tocados por el color».

José Diego permitía que su sobrino hiciera lo que le diera la gana en el taller.

Dejaba, por ejemplo, que jugara, abriéndolos y cerrándolos a su antojo, con los numerosos cajones del bargueño que había traído de España.

O que tomara de las repisas los pedruscos recogidos en sus paseos por la Villa de Leyva.

El párvulo los observaba, curioso, y el tío voceaba que habían sido tallados por Dios.

Cuando se trataba de los pinceles y los pigmentos, tampoco impedía que Luciano se entrometiera en ellos.

De tal modo que, al regresar a la casa, el niño estaba con las ropas maculadas y las manos sucias.

María de las Mercedes no demoró en quejarse.

Permitió que su hijo siguiera yendo al taller, pero puso la condición.

A Luciano debía colocársele un delantal y un gorro y José Diego tuvo que advertirle, un poco a regañadientes, que las manos debían limpiarse ahí, o en unas estopas ofrecidas, y no en otro sitio.

Junto al entusiasmo de la vida provocado por la presencia del sobrino, acaeció otra coyuntura feliz.

En el maestro se produjo un impulso creativo.

Era como si, en la árida peña en que él se había convertido, se hubiera abierto un manantial.

Junto al niño y sus pesquisas traviesas, José Diego se dio a intervenirlo todo con los colores.

Decoró vasijas con escenas cotidianas de Tunja.

Las sillas y las mesas las llenó de motivos zoomorfos que procedían de los tejidos muiscas.

Los caseríos del reino se expandían con fresca ingenuidad sobre las arcas.

Braseros, biombos y baúles fueron cubiertos con serpenteos de valles y colinas.

Trazaba en los tapices cupidos y ángeles con el rostro del niño.

Y todo era una efervescencia dichosa cuyo propósito no iba más allá de celebrar aquel pequeño ser humano con que la vida lo había premiado.

Pero entonces sobrevino la desgracia nuevamente.

El evento sucedió en el mercado de San Laureano.

Quiminza Camacho y Bartolomé Niño salieron del taller para hacer las compras de los abastos semanales.

Iban en compañía del niño Luciano. Los tres portaban ruanas blancas y estaban coronados con sombrero de paja.

Era un domingo y el gentío caminaba en torno a los tenderetes.

El tema del mercado encantaba a Bartolomé Niño, que sabía introducirlo en sus obras, siguiendo el manejo de los espacios que José Diego le había enseñado.

La mayor parte de los vendedores eran indígenas.

Ofrecían los productos del campo en costales y esteras.

Bartolomé se detenía, embelesado, en los cubios, las rubas y las ibias.

Observaba los montículos de las papas entierradas y los racimos amarillos de los plátanos.

Medía con sus manos la levedad de los granos del trigo en las bolsas donde se exhibían.

Y, al tomar unas guanábanas o un manojo de rábanos, se les acercaba para decirles: «¡Qué bonitos son ustedes! ».

Quiminza le abría con las manos al niño un maracuyá, para que degustara su ácido dulzor, cuando se desató la trifulca.

Bartolomé, atraído por un imán, se precipitó hacia el tumulto formado alrededor de unas indígenas ancianas que vendían chicha.

La adolescente era de ascendencia africana.

Intentaba, entre los gritos y el llanto, protegerse de los bastonazos del amo correteando entre una recua de mulas.

El hombre, con capa de grana y ataviado de terciopelo, la golpeaba sin misericordia.

Sin averiguar las causas de la reprimenda, Bartolomé impidió que el castigo continuara.

La suya fue una reacción no instintiva, pero sí la de quien defiende al indefenso.

El señor, entre el asombro y la rabia, se dio cuenta de que un mulato lo inmovilizaba y se atrevía a darle un empellón.

Los dos forcejearon hasta que fueron a dar a las patas de una mula.

Los noveleros, en vez de apaciguarlos, los incitaban a la gresca.

Bartolomé controlaba las manos de su contrincante porque sabía que estaba armado.

Quiminza dejó al niño al cuidado del vendedor de maracuyás e intentó detener la pelea.

Entre tanto, las vendedoras de chicha taparon sus marmitas y fueron a buscar a los guardianes del orden.

Pero cuando estos llegaron, fue demasiado tarde.

Al ver la ventaja que había tomado Bartolomé, los sirvientes del señor notable se le arrojaron encima.

Quiminza, por su lado, llamaba a la calma sin que nadie le hiciera caso.

Bartolomé, ante las andanadas, se cubría la cabeza con las manos.

De repente, se sobrepuso y lanzó un manotazo que dio en el rostro de uno de los siervos.

Los guardias se acercaban entre la concurrencia del mercado, cuando el español le pasó el cuchillo al que había recibido el golpe de Bartolomé.

La muchacha esclava gritó y Quiminza, con los ojos exorbitados, vio que el hombre hundía varias veces el arma en el vientre de su amigo.

A José Diego se le avisó de inmediato. No le precisaron que Bartolomé estaba muerto, sino que había sido herido.

O acaso se lo dijeron y no entendió. Con su indumentaria de trabajo salió del taller y cruzó a las volandas la plaza Mayor para tomar la calle Real.

Temía por el estado de su sobrino, pero cuando José Diego llegó al mercado, este estaba ileso en el tenderete de las frutas.

Más adelante, José Diego vio a Quiminza abrazando a su amigo.

Bartolomé estaba con la boca crispada y abierta.

La sangre, de un rojo ennegrecido, había manchado su ruana y la de quien lo había acompañado.

Un guardia trató de explicar a grandes voces lo ocurrido.

A José Diego, cuando comprendió todo, le empezaron a temblar las piernas.

Consternado, se mesaba los cabellos con las manos sucias de pintura.

Quiminza lloraba inconsolablemente, pero cuando sintió el brazo del maestro sobre su hombro, fue sosegándose.

Se llamaba Andrés Maldonado y era uno de los ricos ciudadanos de Tunja.

Según el veredicto de la sala de audiencias de Santafé de Bogotá, desde donde se seguía el caso, el sirviente había actuado en legítima defensa.

Bajo ningún motivo, Bartolomé Niño debió defender a una esclava desobediente y promiscua.

La tunda la merecía por sus amoríos ilícitos con diferentes muchachos de la servidumbre.

José Diego trató de intervenir a través de su cuñado, Valerio Sanabria, jurista respetable de la ciudad, para que el español fuera sancionado.

Intentaron en vano la obligación de cubrir los gastos del funeral y, en lo posible, de indemnizar a la familia de Bartolomé Niño, que dependía de su emolumento.

Se rumoraba que la golpiza se debía a que el señor Maldonado, llevado por los celos, gozaba también de la carne esclava.

Pero este ni siquiera fue reconvenido. El asesino pagó unos cuantos días de cárcel y, bajo la fianza dada por su patrón, obtuvo la libertad.

José Diego, tan indignado como dolorido, ofreció una misa por Bartolomé.

Favoreció a sus familiares con una ayuda económica que mantuvo durante varios años.

Y, acompañado por Quiminza Camacho, condujo el ataúd hasta Sogamoso, donde le hizo al mulato un entierro digno.