El jardín del mundo Sexta parte #5
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Sexta parte #5

La nobleza y el clero estaban orgullosos de que, al fin, se le hubiera dado a esta parte del mundo un mejor lustre.

Formar parte de un virreinato hacía de las aldeas desperdigadas por una geografía quebrada e inhóspita algo importante para el imperio.

Santafé de Bogotá, Popayán, Santafé de Antioquia, Pamplona, Cartagena de Indias, Santiago de Tunja asumían ya una suerte de notoriedad.

Un acontecimiento de semejantes dimensiones hacía pensar que desde España el monarca daría un tratamiento más digno a sus súbditos neogranadinos.

Había quienes esperaban, incluso, que el rey viniera con su comitiva y ofreciera en persona los títulos correspondientes al virrey y a su señora.

Al escuchar suposiciones de esta índole, José Diego levantaba los hombros desdeñosamente.

«Primero se acaba el mundo de verdad antes que su Majestad se asome por estos andurriales», decía.

Sucedidas las fiestas religiosas y las corridas de toros con que se celebró la noticia, a José Diego le sobrevinieron las primeras manifestaciones de la enfermedad.

Hubo, al principio, sonoridades agudas en sus oídos.

Suponía que lo estaban llamando o que el ruido —eran como chasquidos, crujidos, pequeñas explosiones— procedía del exterior.

Interrumpía su labor para preguntarles a sus ayudantes si habían oído eso y ponía un dedo índice junto a su oreja en señal de alarma.

A veces era como el ulular de un grillo.

O la insistencia de un bajo continuo sostenido en el aire.

Se fue dando cuenta, poco a poco, de que esos sonidos los escuchaba sólo él.

Durante las noches el sonsonete se le acrecentaba impidiéndole conciliar el sueño.

María de las Mercedes le aconsejó que subiera a San Lázaro y tomara el barro milagroso del templo y se lo pusiera en la cabeza y en la cara.

Eran muchos los que habían sanado por la gracia del santo.

José Diego lo hizo varias veces. Pero también se encomendó a los remedios de su nodriza.

Visitó a Magdalena Chía en su rancho de Chivatá.

Ella, fuera de aconsejarle ciertos cocimientos, lo llevó donde un curandero.

El pintor obedecía con fe las recomendaciones de la anciana indígena.

Cuántas veces no le había aliviado con sus medicinas los dolores de estómago, los resfriados y las ausencias de sueño.

En el encuentro con el chamán, dejó que le lavara la cabeza con infusiones de yerbas y le cantara ensalmos.

Incluso, permitió que le echaran tabaco por las narices para descongestionarle los oídos.

Todo esto, más los menjurjes y las dietas aconsejados lo reconfortaron por un tiempo.

Pero sus oídos continuaron tapándose y su ánimo fue tornándose nebuloso.

Debido a este malestar gradual, José Diego comenzó a desatender los encargos de la clerecía.

Había realizado tantas obras para ella, rodeado de los mejores plateros, talladores, orfebres, escultores y doradores de Tunja, que supuso que esta decisión no le acarrearía problemas.

Ante el desequilibrio de su cuerpo, José Diego consideró la opción de irse para Chivatá.

Allí estaba la casona familiar que había heredado.

Decidirse por el traslado, no obstante, era difícil, ya que en Tunja lo tenía todo.

La casa taller, los dos ayudantes, María de las Mercedes y su familia, los clientes de sus pinturas y restauraciones.

Más tarde, junto a la sordera que fue aumentando, se presentaron dos acontecimientos que lo convencieron de la mudanza.

El primero se vinculó con la petición de la iglesia de Santa Bárbara.

Su párroco quería restaurar algunos lienzos y retablos.

José Diego ni siquiera tuvo el ánimo para dar la respuesta en persona, sino que mandó a Quiminza Camacho.

El sacerdote, molesto por la negativa, puso la queja ante la máxima autoridad eclesiástica de la ciudad.

El pintor, a los pocos días, recibió una citación del obispo de Tunja.

Atendió el llamado sin hesitaciones. Ascendió por la calle del Escribano y bordeó la plaza Mayor hasta llegar a la catedral.

El reverendo Tomás de la Concepción y Arango era un hombre cordial, de cultura extensa y oratoria eximia.

En ciertas ocasiones había departido con José Diego y era tanta la familiaridad que los rodeaba que el pintor se atrevió una vez a preguntarle por Erasmo.

Su señoría no sólo lo había leído, sino que lo había disfrutado.

Existían asuntos polémicos en sus páginas, por lo que era necesaria la restricción de su lectura entre la feligresía ignara.

Pero cómo no ponderar la sapiencia y el buen escribir del teólogo flamenco.

De la Concepción y Arango, de rostro sanguíneo y grandes ojos azulados, gozaba de un temperamento hospitalario.

Este coincidía con su anatomía inclinada a la gordura.

Sus gestos José Diego los asociaba a una serenidad afeminada.

Alguna vez el pintor, al ver sus manos perfectas y finas, preguntó si las empleaba en algún arte.

Su excelencia dijo, sonriéndose, que solo le servían para la celebración de las misas y la firma de los documentos de la curia.

Oriundo de Santafé de Antioquia, Tomás de la Concepción y Arango formaba parte de los regentes de la ciudad que guardaban en gran estima el arte de José Diego.

Prueba de ello eran los tres óleos sobre lienzo con arcángeles de semblantes nativos y desprovistos de cualquier espada flamígera —Miguel, Gabriel y Rafael— que decoraban una de las naves de la capilla privada del obispo.

El pintor esperó un rato en la sala iluminada por dos grandes ventanales y colmada por dos pinturas de Baltasar Vargas de Figueroa.

En la espera, José Diego se impresionó por el magnífico dechado de las figuras que representaban el nacimiento de la Virgen y la escena de la visitación.

Un capellán adolescente, esbelto y de voz grave, lo sacó de sus consideraciones y dijo que podía entrar.

De la Concepción y Arango lo recibió sorprendido por la prontitud del arribo.

Para el frío que hacía en ese momento, una sirvienta indígena, vestida con un hábito blanco atravesado por una cruz negra, les ofreció aromáticas de albahaca y yerbabuena.

Los dos hombres hablaron del clima y de las tantas responsabilidades que tenían.

Fue un diálogo surcado de oraciones repetidas por el obispo porque el pintor no comprendía bien lo que le decían.

Llegaron, por fin, al tema que los convocaba.

José Diego explicó, hablando con tono alto, que el cansancio era el motivo de su negativa.

«Creo que me ha llegado la hora de minimizar mis servicios, su reverencia», dijo.

«Recuerde que la devoción y la piedad suelen pronunciarse con las calamidades del cuerpo», repitió el obispo con voz pausada.

«Permítame precisarle», respondió José Diego luego de que le repitieran, «que la devoción y la piedad no han cejado en mí».

De la Concepción y Arango, acomodando su cuerpo pletórico en el sillón de terciopelo morado, comentó, según se rumoraba, que esa intimidad era algo fría.

José Diego no supo si era molestia o sorpresa lo que sintió.

«¿Podría saberse de qué frialdad se trata, su señoría?

», preguntó, sin dejar que su impresión embarazosa se trasuntara demasiado en el rostro.

El obispo se lo quedó mirando con sus ojos bovinos: «Veo, maestro Vargas, que se importuna», dijo con lentitud y paladeando cada palabra para que le entendiera.

Sin esperar a que el otro explicara su emotividad, el prelado precisó que, desde hacía un tiempo, poco se le veía en las misas y en las celebraciones religiosas.

José Diego esperaba, en cierta medida, ese reclamo.

Varias personas conocían su preferencia por los templos solos, pues algo muy recóndito de sí mismo abominaba de la feligresía tumultuosa.

Él se había atrevido a comentar algunas de sus lecturas de Erasmo y de los iluminados españoles.

El mismo Tomás de la Concepción fue uno de sus interlocutores a propósito de estos temas.

¿Por qué, pues, la requisitoria? Ante la acusación de ser apático con sus deberes cristianos, José Diego contestó que cumplía con ellos.

Hacía donaciones periódicas a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chivatá.

Velaba, junto a su hermana, por el bienestar de los indígenas de esa localidad.

Pagaba los diezmos en Tunja. Había señalado, por último, que la prueba de su fe se reflejaba en los trabajos efectuados para la Iglesia.

«¿No le parece, ilustrísimo, que mi labor se ha hecho según los preceptos de nuestra santa Iglesia?

», preguntó casi a gritos. «Claro que valoramos su trabajo, maestro», replicó el religioso.

«Usted ha obrado para enseñar, deleitar y conmover a través de las imágenes.

Pero no olvide que nadie tiene asegurada su entrada al reino de los cielos.

El enemigo malo acecha a cada instante».

Mirándolo de nuevo, el obispo le dijo con más parsimonia todavía: «Maestro Vargas, no sea huraño y aparézcase por la casa del Señor cuando estemos reunidos».

José Diego, tratando de ocultar su desagrado, afirmó con la cabeza.

«Recuerde», agregó el obispo, «que más valen los hechos que los pensamientos».

El pintor insistió, en todo caso, en su necesidad de descanso y recogimiento.

Se refirió a sus achaques y, al inclinarse en señal de despedida, suplicó que, frente a las peticiones del prelado de santa Bárbara, se entendiera su negativa como una manifestación de la fatiga y la enfermedad.