El jardín del mundo Sexta parte #4
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Sexta parte #4

En la tertulia varias personas aplaudieron las palabras de doña Urraca.

José Diego recordaba a dos hombres que le habían sido presentados como caballeros cultos de capa y espada.

Uno de ellos era el marqués de Villa Ociosa.

El anciano tenía una enorme papada aposentada en una golilla blanquísima.

Hablaba con acento melifluo, huella ostensible de su condición indiana.

Decía, para complementar los argumentos de la señora, que los aborígenes no tenían alternativa.

O se sumergían por siempre en la desvergüenza de sus taparrabos y sus costumbres escabrosas, o se amparaban de una vez por todas bajo la protección humanista de España.

Villa Ociosa fundaba sus puntos de vista en algunos recorridos que había hecho por las selvas del virreinato del Perú, cuando era joven, al lado de misioneros dominicos, enseñando el castellano y evangelizando a través de parábolas bíblicas en lugares donde existían dialectos confusos y creencias enmarañadas.

El otro era el duque Pérez de Eslava. Fornido de anatomía, cuello de toro y unas barbas espesas, el duque voceaba que los americanos eran unos malagradecidos y unos hijos de puta.

«Les llevamos lo mejor, los instalamos en la historia y en la senda de la civilización, y nos responden ahora con reclamos infamantes».

Él también hablaba con conocimiento de causa.

Había combatido en las fronteras de la Nueva España contra salvajes que se comían a sus enemigos en medio de bacanales estruendosas que demostraban que ellos, más que ningún otro pueblo del orbe, urgían del fanal humano de España.

En otra ocasión José Diego, que se prometió no volver a estos círculos, por el ofuscamiento decisivo que los permeaba, volvió a tropezarse con ellos.

Esa vez no fue en un espacio cerrado, sino en la plaza de la Villa.

No demoró en constatar que la indignación se había salido de cauce.

Con pancartas y gallardetes, entre una multitud que la seguía, estaba doña Urraca del Peñasco y Ayuso despotricando contra Bartolomé de las Casas, que atentaba contra la buena imagen de lo que España hacía en las Indias.

El desfile lo dirigían el marqués de Villa Ociosa y el duque Pérez de Eslava.

Detrás, gritando consignas reivindicadoras de la conquista, seguían los miembros de las órdenes de Calatrava y de Santiago, los dominicos, franciscanos y agustinos.

Luego desfilaban centenares de monjas a quienes se les había permitido salir de los conventos para amplificar la protesta.

Y era aquello como un carnaval de cruces y heráldicas, de lábaros y festones en el que rugían los felinos, aullaban los lobos y las águilas exponían sus garras poderosas.

En el taller de La Quimera, José Diego se refirió a la tertulia y a la posterior aglomeración callejera.

Alzando los hombros, Antonio Martín dijo que era un encuentro y un desencuentro lo que sucedía entre España y América.

«Hubo cosas espantosas y venturosas en esos años convulsos», dijo el maestro, «y así lo queramos o no, estaremos arrebujados permanentemente en ese zafarrancho polémico.

Además, no podemos modificar el pasado. España se manchó las manos con la sangre de los otros y con su misma sangre.

Pero creó un nuevo orden de cosas en el cual vuesa mercé ha nacido.

Lo que os aconsejo es que tratéis de sosteneros en lo bueno dejado por todo ello y no os dejéis emponzoñar por lo malo».

Y, enseguida, abordaban un tópico frecuente en sus conversaciones: el de la pintura que se hacía en España y en las Indias.

José Diego creía que, a través de los encargos que recibían sus pintores, una suerte de expresión americana se estaba fabricando.

En los diferentes virreinatos existía un arte que seguía la tradición de las metrópolis hispánicas pero que, al mismo tiempo, iba adquiriendo el distintivo de lo único.

Algunos nombres de pintores desfilaban por los labios de ambos.

Había un Pérez Holguín de Potosí, un Arellano y un Correa de México, un Ramírez Montúfar de Guatemala, un Miguel de Santiago de Quito y un Diego Quispe de Cuzco, en cuyas obras ondeaban los atributos de la excelencia.

Sin desconocer a Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, el más grande del Nuevo Reino de Granada, cuyos óleos sobre tela —la Huida a Egipto , el San Miguel Arcángel , la Santa Catalina de Alejandría y el San José y el niño — había estudiado José Diego en sus frecuentes visitas a las iglesias de Tunja.

Pero ¿era posible comparar a estos artesanos de las Indias, rodeados de precariedad y aislamiento, con Velázquez, Murillo y Ribera, que se habían formado en las grandes capitales europeas?

Antonio Martín era contundente en su prejuicio: «Lo que vosotros hacéis está lleno de potencia», sentenciaba, «pero aún no alcanza las alturas exigidas».

José Diego, cuando le inquirían sobre estos temas, puesto que ya podía responder por su propia cuenta, aseveraba que cada uno debía hacer lo que le correspondía.

«Aquí», decía, «tenemos obras que cumplen a cabalidad con su cometido en quien las ve, y eso es más que suficiente».

No ignoraba que, entre muchos clérigos y señores de la nobleza española, se enaltecían las maravillas hechas por los indígenas —máscaras de madera, tejidos plumarios, estatuas en piedra—.

Lo cual resultaba siendo más sugestivo, ya que aquellas habían sido hechas por hombres y mujeres de cuyas existencias nada se sabía.

Él mismo tenía en su casa y en su taller, conseguidos en sus viajes por la provincia de Tunja, múcuras de arcilla y tunjos de oro que lo sorprendían y lo remitían a un mundo hermoso y enigmático.

Así se enfrascase en discusiones de este tipo, José Diego se concentraba en lo suyo.

Y lo hacía sostenido en las certezas que le deparaba su oficio.

Había nacido para dedicarse a la pintura y a esta convicción se aferraba con tenacidad.

Creía que era necesario imprimir a cada obra el carácter de una convicción personal y esto lo transmitía a sus dos aprendices.

«Se debe obedecer las pautas de la Iglesia», aconsejaba, «porque si no, o nos condenan por sacrílegos, o nos quedamos sin trabajo.

Pero, entre tanta vigilancia, han de buscarse los resquicios de una cierta libertad e introducir en ellos lo propio de cada uno de nosotros».

Un día la noticia llegó al taller de la calle del Escribano.

Las campanas de la catedral de Santiago de Tunja empezaron a doblar con insistencia.

En el aire frío y neblinoso de la mañana fueron uniéndose las de las otras iglesias.

Sonaban las de San Ignacio, San Francisco, Santo Domingo y Santa Clara.

Hasta las de los arrabales de San Laureano, Santa Bárbara y San Lázaro se unían a la celebración.

José Diego, que desde temprano había empezado la faena, se alarmó ante el escándalo.

«¿Será que va a acabarse el mundo, Quiminza?

», preguntó. El ayudante tallaba un motivo vegetal en un retablo.

Inalterable en el trabajo, Quiminza Camacho levantó los hombros en señal de que no sólo ignoraba la causa del estropicio, sino que no le interesaba en absoluto.

Estaba concentrado en un Atlas que cargaba sobre sus espaldas una petaca de piñas y aguacates.

Como pedirle que fuera a averiguar a la plaza Mayor era inútil, José Diego decidió salir y enterarse por su propia cuenta.

Pero, justo en el zaguán, se topó con Bartolomé Niño.

«Su mercé», dijo el mulato con un destello blanco en la boca, «¿ya sabe la buena nueva?

». «Ni idea», respondió José Diego. «Venga y véalo con sus propios ojos».

Y, tomándolo del brazo, se dirigieron a la plaza.

«¿Dónde está Quiminza?», preguntó Bartolomé cuando dieron los primeros pasos.

«Adentro», respondió José Diego, «ya se sabe qué pasa con su costumbre de pulir lo ya pulido».

«Pues tiene que venir con nosotros», dijo el mulato.

«Lo de hoy no pasa todos los días». Como un rayo entró al taller.

Al instante, Bartolomé salió con Quiminza tomado del brazo, que no dejaba de refunfuñar.

Las gentes colmaban el terreno, pero desde las calles aledañas a la plaza seguían llegando.

La noticia había adquirido el poder de interrumpir cualquier actividad y sacar a los habitantes de sus casas.

En algún momento comenzaron a sonar los estallidos de la pólvora.

Se aplaudía gritando a una sola voz: «¡Nueva Granada!

, ¡virreinato!, ¡Nueva Granada!, ¡virreinato!

». Desde Santafé se había comunicado, en efecto, que estos dominios dejaban de ser un reino para convertirse en virreinato.

El rey de España lo había decidido y el nombre, que desde ahora podía emular al de la Nueva España y al de Perú, era la Nueva Granada.

La nominación tenía una cadencia entre prestigiosa y melancólica.

Por un lado, remitía a uno de los centros urbanos de la madre patria donde se cruzaban, entre la batahola y el murmullo, lo árabe y lo ibérico.

Pero también hablaba de la fruta en cuyo interior rojizo se escondía el abigarramiento de un universo jamás descifrado.