Sexta parte #3
Solía tocar estos temas con su hermana y su esposo, con sus ayudantes del taller y con algunos amigos de Tunja, que no eran muchos.
Pero lo hacía sin enervarse, tratando de conservar la posición del escéptico.
Entendiendo que este era un dominio embrollado porque lo sesgaban opiniones ardorosas.
Quizás fuera cierto que el resultado del encuentro de los dos mundos —el europeo y el americano— revelara la ausencia de una victoria verdadera.
Así lo consideraba su tío, Ricardo León Castillo.
Ambos bandos, decía este, cargaban sobre sus hombros el fardo del fracaso.
Los indígenas habían perdido sus tierras, sus dioses, sus lenguas.
Los españoles, a su vez, se hundieron en una vorágine de codicias brutales y desencantos inabarcables.
De esa trabazón desolada y rencorosa había nacido un mundo nuevo al que se le trataba de pintar, no obstante, con tonos solemnes y brillantes, propios de la altivez de los ricos emergentes y de la naturaleza que los circundaba.
La Corona, José Diego lo sabía, había intentado dirigir la conquista hacia una buena relación entre el rey y sus súbditos americanos.
Pero lo que terminó engendrando fue una criatura anómala y agresiva.
Quiso que en esas jornadas de invasión no participaran malhechores, y a las Indias llegaron bandidos de toda laya.
Ordenó enviar militares expertos y quienes intervinieron fueron mercenarios insaciables o gentes que desconocían el uso de las armas.
Deseó que en la repartición de las nuevas tierras no mediaran abogados aviesos y el enorme territorio conquistado a punta de sangre y fuego terminó administrado por una caterva de tinterillos y leguleyos brumosos.
Alimentado por sus lecturas y a partir de la honda empatía que sentía hacia los indígenas, José Diego se decía, alejándose de la posición de su tío, que la conquista había tenido un evidente grupo victorioso: los españoles.
Ellos se habían adueñado arbitrariamente de tierras que no les pertenecían.
A los hombres indios los esclavizaron en las minas con la idea de que eran seres inferiores y desprovistos de ánima.
A las mujeres indias las violaron y las preñaron.
Y se dieron a robar joyas, a despojar templos, a saquear sepulturas.
Y, vapuleados por una ambición desmedida, se fueron labrando sus propios infortunios.
¿Cómo negar que la conquista de América había sido no una simple canallada, sino la más enorme de las catástrofes humanas?
¿Que fue una serie de asesinatos, secuestros, extorsiones y torturas imposible de olvidar con el paso del tiempo?
Pero ¿qué conquista, en el devenir de las civilizaciones, había sido mansa con los sometidos?
, se preguntaba José Diego. Y se respondía que todas, las griegas, las romanas, las persas, las chinas y las árabes, habían sido pavorosas, pero la que España había ejercido sobre los indígenas de América gozaba de un distintivo único por su crueldad y su desmesura.
Aunque la mayor parte de los descendientes de los conquistadores tomaban esas expediciones como una exacerbación del coraje y el logro prominente de su propia fe.
Creían que sus abuelos habían realizado una guerra justa contra infieles y la sangre derramada y las ruinas dejadas por sus empresas bélicas justificaban holgadamente el nacimiento de una nueva civilización.
Opinaban, levantando los hombros con altiva indiferencia, que todo parto producía dolores, que ningún recién nacido entraba a la vida con suavidad y que a todo alumbramiento lo signaban la incertidumbre y el trauma.
José Diego pudo haber asimilado estas paradojas de la historia y vivir su porción de tiempo, beneficiándose de la fortuna prodigada por el grupo de los vencedores.
De cualquier modo, él lo había hecho y con creces.
Y ahí estaba como prueba su viaje a la capital del imperio para formarse en el oficio de pintor y retablista.
El trato respetuoso que mantenía con las órdenes religiosas y con quienes regentaban el poder en el Nuevo Reino de Granada era otra muestra de su posición afortunada.
Pero para él era claro que debajo de las nuevas poblaciones, que ahora transcurrían con vigor, había un montón de ruinas.
Piedras y más piedras que impedían, a su manera, que la memoria de los derrotados fuese sepultada completamente.
Como integrante de las familias encomenderas de Tunja, se esperaba que José Diego obedeciera y aceptara lo ordenado por los de su clase.
Y él, ciertamente, había obedecido y aceptado.
Sin embargo, su obediencia, mientras más pasaban los años, le iba forjando unos límites.
Límites que se nutrían de algo que tenía contornos de rebeldía.
¿Por qué había sido así? Quizás porque en sus afectos la balanza se inclinaba más por los vencidos que por los vencedores.
O porque había sido amamantado por una indígena y sus canciones de cuna y sus leyendas, y de allí germinaba, como un manantial inextinguible, su apego por los aborígenes del reino.
O porque los paliques con Ricardo León, su tío irreverente y letrado, o los consejos de su maestro en Madrid, lo supieron encauzar hacia una suerte de reprobación de todos los sometimientos.
José Diego daba vueltas en torno a las dinámicas de muerte y nacimiento, de arrasamiento y florecimiento que acaecían en los procesos de conquista.
Se preguntaba si se podían parar las empresas humanas estremecidas por la ambición de las riquezas materiales.
Por momentos estaba seguro de que nada ni nadie podía hacerlo.
Ni dios, ni los dioses, ni el rey ni el papa, ni la historia misma, que eran quienes daban sentido al tiempo y al espacio.
Muy al contrario, estas instancias se imbricaban entre sí y señalaban la ruta de la pérdida en los unos y la de la ganancia en los otros.
Aunque después de las imposiciones de la conquista por las armas había sucedido la imposición de un mundo por las letras, las leyes, las imágenes y la cruz.
Anclado en esta oscilación interpretativa, José Diego se sentía tironeado de un lado y de otro.
Como si su condición de ser americano fuese, en esencia, vivir en medio de una paradoja permanente.
Un episodio de Madrid, entonces, se le venía a la mente.
No sabía precisar en qué momento había ocurrido.
Lo ubicaba antes de la aparición de Ana Micaela, y no después, porque desde que ella entró a su vida toda la realidad de la ciudad fue absorbida por el amor.
A la tertulia lo llevó don Fernando de Vargas.
Su anfitrión pretendía, quizás, aclimatarlo a los vientos de la capital, que eran efervescentes y alborotados.
Su memoria ponía a la calle de la Encarnación como el sitio del cenáculo.
Lo presidía una señora de alta cuna, respetada por sus conocimientos de la historia, la filosofía y la literatura.
Había escrito opúsculos sobre los avatares del imperio español, al cual sopesaba como el más encumbrado dechado de civilización.
Entre sus obras se encontraban hagiografías de santos españoles que le atraían muchos lectores.
La mujer se llamaba Urraca del Peñasco y Ayuso, y su último libro era un mamotreto en el cual ponderaba la grandeza de los conquistadores de España.
Doña Urraca era una dama de gestos perentorios.
Desde que la vio y la escuchó, José Diego tuvo la impresión de que a un jayán cerril lo gobernaba la mente de una aristócrata.
Con una voz de jotas tajantes, desde que inició la reunión, hinchó sus elucubraciones de un arresto particular.
Departían en la sala de una residencia distinguida, pero el joven pintor se sentía como en una plaza pública.
El mensaje era claro. España debía, por obligación moral, enfrentar decididamente la imagen deplorable que caía sobre el imperio desde que los herejes de Lutero y de Calvino se habían apoderado de Europa.
Esta imagen, falaz y premeditada, procedía de los modos en que los enemigos de España sopesaban la conquista de América.
Eran los flamencos, los ingleses, los franceses, y muy pronto, y aquí miraba con desaire a José Diego, los súbditos americanos los responsables de tamaña desvergüenza.
Había una campaña que tildaba a los conquistadores de ávidos y corruptos y crudelísimos con los indígenas, y en el centro de ella se erguía un personaje detestable.
Del Peñasco y Ayuso se refería a él con un ensañamiento paradigmático.
Se trataba de Bartolomé de las Casas. En el sacerdote, como en su Brevísima relación sobre la destrucción de las Indias , residía lo que según la señora era el relato más desquiciado escrito sobre la conquista.
De las Casas, partidario de los reformistas, se había inventado exterminios donde hubo encuentros filantrópicos entre indígenas y españoles.
Estos últimos, decía la mujer, habían llevado a América la lengua, la religión, los hospitales, los templos, las universidades, las vías, los puentes y las armas más avanzadas para defender un orden social basado en la paz de los ciudadanos y en el amor al prójimo.
Y, con voz gárrula, Del Peñasco y Ayuso concluía que los conquistadores no habían sido ni asesinos ni bandidos, sino héroes y santos.