Sexta parte #2
Pero ¿existía realmente un vacío dejado por Ana Micaela?
Él, más que nadie, comprendía hasta qué punto estaba solo y, a pesar de la muerte de ella, no se percibía como un hombre desdichado.
La remembranza de la mujer, en todo caso, se hizo tan recurrente que terminó dándose cuenta de que esa presencia invisible impedía que se sintiera sin amparo.
Tales evocaciones, en realidad, estaban llenas de reencuentros vívidos.
Los dos iban y venían, con la misma periodicidad de los viajes, por los territorios de Tunja como si fuesen una pareja consumada.
Y así José Diego envejeciera con los años, ella seguía gozando del prestigio de estar detenida en los días que habían pasado juntos en Madrid.
Cuando iba a la Villa de Leyva, por ejemplo, para contemplar las naturalezas muertas de otro tiempo, quien lo acompañaba era la Ana Micaela del Escorial.
Con el parasol blanco y el abanico y la saya entera y la blusa del mismo color.
En los diálogos sobre las obras que él realizaba, la Ana Micaela del taller de la calle de La Quimera irrumpía como una exhalación mágica.
Mientras que, en las punzadas repentinas del deseo, se revelaba la desnudez maravillosa de quien se le había entregado sin vacilaciones.
Por su talento, la disciplina y la formación que había tenido en España, José Diego no tardó en labrarse un nombre en el Nuevo Reino de Granada.
Fue la época en que, a la calle del Escribano, lugar donde instaló su taller, llegaban muchachos con el fin de ser sus aprendices.
José Diego terminó seleccionando a dos. El uno, Bartolomé Niño, era un mulato corpulento y alegre, oriundo del valle de Sogamoso.
El otro tenía parentesco familiar con Magdalena Chía y se llamaba Quiminza Camacho.
Ambos sabían leer y escribir y usaban ruanas de lana y sombreros de algodón.
Entre las actividades de la enseñanza estaban las de visitar las casas señoriales, los templos y los conventos.
José Diego, provisto de los permisos requeridos, les aconsejaba a los discípulos dónde ver y cómo hacerlo.
Eran paseos en que las tres cabezas se elevaban mientras la voz del pintor decía lo que para los dos muchachos —el uno alto y de porte vigoroso y el otro bajo y de contextura menuda— resultaba tocado por la novedad.
Iban a observar el retablo de los Pelícanos de Pedro Caballero, en el que la madera daba testimonio de la hermosura ajena a cualquier ornamentación ostentosa.
Miraban el techo misterioso de la capilla de los Mancipe.
Contemplaban el resplandor abigarrado de motivos vegetales de la capilla de Nuestra Señora del Rosario.
Y los azules y los rojos de los arcos y las paredes de la Iglesia de Santa Bárbara.
A veces, se dedicaban a detallar las puertas de las casas, y los fascinaba el diálogo de las heráldicas familiares con las aldabas animales.
En otras ocasiones, la tarea consistía en ver columnas.
Entonces era la delicia de las policromías doradas, el festín de las cariátides mestizas, la condensación sublime del llantén, la piña y la fe cristiana.
Bartolomé y Quiminza se sentían desbordados porque era necesario asimilar un montón de términos y confrontarlos con el adentro y el afuera de las edificaciones.
«Esto es una arcada», señalaba José Diego, «y aquello una pilastra.
Allí está la arquivolta. Observen, sus mercedes, el almizate y el capitel, el nudillo y el modillón».
Y no habían alcanzado a asimilar el concepto, cuando el pintor señalaba ese arco toral, aquellos fustes, el harneruelo y el alfarje.
Luego asistían a la develación de lo gótico, lo renacentista y lo mudéjar en el frontispicio de una casa, en la techumbre de una nave, en el baldaquino de…
«¿Baldaquino?», preguntaba Bartolomé, atolondrado ante la cascada informativa.
Mientras que a Quiminza lo único que le quedaba más o menos claro era que él debía llenar los va cíos de una superficie que parecía temerle a la ausencia de todo sentido.
El clero, por su parte, se sentía satisfecho porque el maestro Vargas Castillo cumplía con los preceptos de sus catequesis.
Los religiosos aprobaban la belleza hispánica de sus vírgenes y el candor acrisolado de sus ángeles indígenas y negros.
Por lo general, José Diego y sus dos ayudantes ejecutaban para los conventos de las monjas clarisas cristos agónicos poblados de heridas y copias de Nuestra Señora de Chiquinquirá , obra de Alonso de Narváez.
Pero si quienes comandaban las obras eran las órdenes religiosas, prevalecían las escenas de vida de Francisco de Asís, Domingo de Guzmán y Antonio de Padua.
Una vez, los dominicos de Tunja le solicitaron la que terminaría siendo una de sus obras más encomiadas.
Era una procesión de Viernes Santo transcurrida en la plaza Mayor.
Para hacer los bocetos —la obra final fue un óleo sobre lienzo de grandes proporciones— José Diego se sentó en un balcón de una de las casonas del frente de la catedral.
Desde allí observó a los monjes que desfilaban con sus hábitos y los emblemas eclesiásticos.
Las estatuas santas —Jesús con la cruz a cuestas, la flagelación con la columna y la crucifixión— eran cargadas por hombres descalzos y trajeados con capirotes, cíngulos y crespones.
Los funcionarios civiles portaban cirios en compañía de sus oficiales.
Al lado de las andas, sacerdotes y penitentes martirizaban sus espaldas con ramas espinosas.
La casa de Gonzalo Suárez Rendón, el fundador de Tunja, y la misma catedral hacían el fondo del lienzo.
Por encima de estas fachadas, José Diego pintó un entramado de pequeñas colinas.
Pero, recordando el cuadro de Velázquez que había contemplado en el Alcázar Real, se representó a sí mismo, sentado en uno de los balcones de la casa fundacional.
Se pintó, mejor dicho, pintando la escena que pintaba, y puso las letras de su nombre sobre cada uno de los balaustres.
La obra no impresionó por este detalle, sino que suscitó loas por el fervor religioso que desplegaba.
Los descendientes de los encomenderos Salguero, Sánchez, Ruiz, Mújica y Maldonado deseaban para sus casas escenas bucólicas o episodios de la conquista.
Frente a lo primero, José Diego les proponía jardines estimulados por el que había visto en el Escorial.
En ellos ubicaba, como fuente central, las pilas del mono de los patios neogranadinos.
En ocasiones, con la aprobación del propietario, trazaba el pozo de aguas sin fondo recordando así el incesto inicial de los muiscas.
Hacía, igualmente, las figuras creadas por Dios.
La jirafa, el elefante y el rinoceronte los reproducía a partir del tratado de Juan de Arfe y Villafane y los grabados de Durero que había conseguido en Sevilla.
Y el guacamayo, el venado y la garza los pintaba según lo visto con sus propios ojos.
Tal mezcolanza de criaturas convivía distante de las agresiones del instinto.
Y entre las selvas y los riachuelos trazados, hacía guayabos, plátanos y palmeras en los que revoloteaban los loros, las garzas y los tucanes.
Frente al pasado de la conquista, esos mismos señores exigían que se mostrase la valentía y dignidad de sus ascendientes y se plasmara en las paredes la simbología de las virtudes católicas.
Aquellos habían llegado al territorio muisca para salvar a los indígenas de la crueldad de sus caciques enemigos y de sus creencias diabólicas.
José Diego los escuchaba y en el muro reproducía una batalla en la que los indígenas combatían con los españoles.
En otro transcurrían las pacificaciones en las que zipas y zaques se prosternaban ante los victoriosos.
En otra más estaban los curas, con sus biblias y los estandartes de su fe, para empezar la evangelización.
En un último fresco, al lado de la vigilancia imponente del ancestro del cual descendía quien lo homenajeaba, se representaba el bautismo de la colectividad indígena.
Por abrirse un espacio y por el gusto que le deparaba su oficio, José Diego encumbró muchos recintos tunjanos, representando la espada y la cruz como emblemas del triunfo hispánico.
Pero, al hacerlo, lo invadía la duda. Porque, más allá de las conmemoraciones de los vencedores, él no podía pasar por alto que habían ocurrido jornadas de pillaje.
José Diego no era ingenuo y pensaba que la grandeza de unos pocos significaba la tragedia para la gran mayoría.
Llegar a esta conclusión le costó el distanciamiento de lo que ponderaban las altas jerarquías de la provincia.
Separó el destino de su familia y trató de ponerse en el lugar de los indígenas, de los descendientes de los negros africanos, de la mayor parte de los mestizos y mulatos que padecían las miserias del Reino.
Entonces, descentrado de su rango privilegiado, constató que tras el triunfo celebrado por el establecimiento emergía la conciencia desgarradora de la derrota y una necesidad adolorida y resentida de superarla.