Sexta parte
Era un pedrusco cuya forma remitía a un gusano enroscado sobre sí mismo.
A una espiral con inicio y fin pero que, en la mirada de José Diego Vargas, generaba una impresión de infinitud.
Lo había tomado en uno de sus paseos hechos por los alrededores de la Villa de Leyva.
Extenuado por la cantidad de encargos que debía hacer para las autoridades eclesiásticas de Tunja, había decidido darse algunas jornadas de descanso.
Mientras tuvo energías para realizarlo, y antes de instalarse en Chivatá, José Diego efectuaba el viaje desde Tunja hacia las planicies frescas que rodeaban a la Villa.
Era como trasladarse a otro tiempo. A una época dueña de una historia que se diluía en la mudez y el misterio.
El tramo poseía algo de arcano que agudizaba su condición pasajera.
De manera que la esencia del recorrido, hecho de inquietante transitoriedad, llenaba las expectativas del pintor.
A José Diego le seducía el hecho de reconocerse a sí mismo como la figura evanescente de un paisaje aún no nombrado.
Y al no conseguir una interpretación clara de lo que percibía, sólo veía, desde una especie de estupefacción sin palabras, las grandes moles minerales.
El verdor de Santa Cruz de Motavita quedaba atrás y aparecían las ondulaciones ambarinas del páramo de Sote Panelas.
El entorno iba tornándose más inhóspito hasta que los árboles reducían su presencia para darles paso a los matorrales.
Entonces iniciaba el descenso y la tierra se hacía todavía más seca.
Laderas de montes pelados se sucedían y surgían aquí y allá peñones de relieves agrietados.
José Diego se sentía diminuto y medroso y sostenía con firmeza las bridas de la bestia.
Traspasaba un manto de neblina y otro más serpen teando una senda rodeada por los precipicios.
Las horas transcurrían hasta que jinete y caballo llegaban a la planicie de Cucaita.
Allí José Diego pasaba la noche en su caserío silencioso y lograba atrapar un sueño poblado de criaturas raras.
Más abajo, tres ríos surcaban el valle donde se había construido la Villa de Leyva.
En uno de sus flancos se levantaban las montañas de Zaquencipa donde, en lo alto, se expandía la laguna sagrada de los muiscas.
Su nombre era Iguaque y de sus aguas había emergido, como una alucinación, Bachué, la mujer fundacional.
El pintor amaba esa leyenda en la que también confluía el incesto originario, pues de la diosa muisca y de su hijo descendía la especie humana.
Magdalena Chía se la había contado cuando era un niño de cinco o seis años.
«Todos venimos de allá, su pequeña mercé», le decía la indígena señalando hacia el sitio de la laguna.
José Diego sabía que en ese «todos» él estaba inmiscuido.
Hasta las elevaciones neblinosas del páramo el pintor en sus paseos ascendió varias veces.
Y era, cuando lo hacía, como si rindiera tributo a las enseñanzas de su nodriza.
Al llegar a la Villa de Leyva, aprovechaba para deambular por entre sus olivares.
Brisas tibias se desprendían de los follajes y el aire de la aldea era una de las formas de la complacencia y la alucinación.
El virrey y otros españoles notables de Santafé tenían en estos predios casas de descanso, pese a los orígenes militares de la Villa.
Zona de paso y abastecimiento de las tropas que iban y venían por el altiplano, su plaza central se mantenía ocupada por los regimientos.
Razón para que José Diego evitara esas latitudes y frecuentara mejor sus callejas limítrofes.
Recorría el empedrado de esas vías, bordeando siempre los muros blancos coronados con buganvilias rojas y naranjadas.
Luego, tomaba un respiro y se adentraba por el desierto de La Candelaria, donde se le iba aumentando la impresión de estar sumergido en otro tiempo.
Con los ojos entrecerrados por los rayos del sol, José Diego columbraba las nubes irisadas del firmamento, como si buscara en su perfil desvaído claves para comprender la extrañeza que lo invadía.
Fue en una de esas excursiones cuando reparó por primera vez en los guijarros.
Sospechaba que eran esculpidos por una mano sabia en la precisión de los detalles.
Los círculos y las rayas creaban simetrías y continuidades perfectas.
Detallándolos, José Diego pensaba que acaso había una matriz desde donde se desprendían todas las formas del cielo y de la tierra, y que ella era la que estaba fijada sobre las piedras.
Atraído por la sucesión de las líneas y su anhelo de convertirse en curvas, fue coleccionando los pedruscos.
De diferentes dimensiones, de tonalidades que iban del blanco al negro y del ocre al gris, fueron invadiendo su taller.
Él los ponía en las mesas, en las repisas, en el suelo, al lado de los caballetes.
Las superficies, incluso, se acomodaban con justeza a la concavidad de sus manos.
Con una de ellas, al cubrirla con sus dedos y palpar su primitiva rugosidad, recordó el verso de Garcilaso que Ana Micaela le había murmurado en su oído: «Mi alma os ha cortado a su medida».
Entonces la caricia de la piedra y la reminiscencia de la mujer se hacían una sola cosa capaz de suspenderlo en la nostalgia.
Desde su regreso de Madrid, José Diego nunca había dejado de evocar a la mujer amada.
Ante la persistencia de estas recordaciones, resolvió no casarse.
Es posible que al huir de los deberes matrimoniales que le proponían —su hermana María de las Mercedes insistía en que por razones de herencia familiar y para sortear el desamparo en la vejez debía comprometerse— demostrara fidelidad por su amor malogrado.
Sin embargo, en un par de ocasiones, transcurrido un tiempo prudente después de la muerte de Ana Micaela, acogió los consejos de su hermana.
Galanteó a un par de doncellas tunjanas, descendientes de criollos notables.
Ambas buscaban las comodidades del hogar y sentían un cierto interés por el retablista.
Pero eran ajenas a su oficio y en sus cotidianidades no había resquicio por donde los libros se asomaran.
Sin haberse comprometido demasiado con ellas, José Diego desbarató los vínculos con tacto tratando de no dejar huellas de resentimiento.
En el fondo de sí mismo, era consciente de que no encontraría otra persona que pudiera llenar el vacío dejado por Ana Micaela.
Por años frecuentó a Ricardo León Castillo, su tío escritor.
A través de él estaba enterado de lo que se escribía en el Reino y más allá de sus fronteras.
Sus conocimientos de Quevedo y Cervantes, de Juan de Castellanos y Hernando Domínguez Camargo fueron debidos a sus palabras y a los préstamos de libros que el tío le hacía.
Pero también fue Ricardo León quien le aconsejó leer a Bartolomé de las Casas y a los teólogos que defendían a los nativos de América contra la avidez de los encomenderos.
Las conversaciones fueron muchas y gozaron del don de la controversia.
Similar a lo que pasaba en el taller de la calle de La Quimera, en los paliques que mantuvo en la casa de su tío, en el barrio Las Nieves de Santafé, surgían balances críticos sobre el Nuevo Reino.
Ricardo León no tenía pelos en la lengua para hablar de la mediocridad de los espíritus que cundía en la capital.
La falta de interés por la lectura y la displicencia por el mundo de los libros era tan proverbial como aplastante.
La corrupción de los funcionarios de la burocracia neogranadina descollaba.
El único interés de esas personas, a juicio de Castillo, consistía en cobrar los impuestos en sus feudos rústicos y aburrirse interminablemente en medio de una neblina que también parecía interminable.
Los naipes jugados, el rapé sorbido, la habladuría sostenida en la envidia y la mezquindad y las ocasiones en que estrenaban sus ropajes negros —herencia de la moda española implantada desde los tiempos de Felipe II— interrumpían las jornadas moldeadas por el toque de las campanas y los rosarios de los días y las noches.
Tío y sobrino poseían la suficiente confianza para tratar el tema de sus inclinaciones religiosas.
Ambos admiraban a Erasmo y profesaban simpatía hacia algunos iluminados españoles.
Suponían, a veces, sobre lo que habría pasado si en el Nuevo Reino de Granada algo de los pensamientos esclarecidos del flamenco se hubiera esparcido.
«Sin duda», opinaba Castillo, «seríamos menos sumisos y arribistas, menos ruidosos y erráticos y, acaso, más comprensivos y ecuánimes a la hora de convivir con los demás.
Mejor dicho, seríamos menos españoles». José Diego cultivaba, asimismo, una relación cercana con su hermana y su esposo, jurisconsulto que gustaba de los óleos y sabía comentar las obras de la filosofía, la historia y la literatura.
Cada domingo se reunían en la casa familiar de la calle Real y almorzaban los cuchucos de trigo, las mazamorras y los ajiacos, que eran la predilección de José Diego.