El jardín del mundo 18
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José Diego las esperó en la portería acordada.

Había llegado de Madrid la noche anterior para alojarse en una de las celdas del monasterio que los jerónimos ponían en alquiler.

Dijo que era pintor y que, al otro día, visitaría las pinturas del palacio.

Habló de su comarca de origen con un sacerdote que había conocido en su juventud algunas ciudades del Nuevo Reino de Granada.

La conversación fue grata porque hubo una celebración por parte del español de los parajes que el indiano conocía.

Las planicies verdecidas de Chocontá. Las inmensas montañas que bajaban desde la neblinosa Santafé hasta las riberas ardientes del río de la Magdalena.

El religioso, al referirse a la catedral de Tunja, se basó en unos versos de Juan de Castellanos en los que se evocaban capillas, sepulcros y ornamentos que habían sido labrados con las manos de Fidias, Cimón y Policleto, y eran tan ricos y suntuosos como los de Sevilla y Toledo.

Cuando estaba recostado en el camastro de la celda, José Diego repasó los momentos vividos con Ana Micaela en torno a las pinturas del Bosco.

Cuántas veces no había escuchado los comentarios de su amiga sobre aquella tabla que iba a ver por primera vez.

Era un recuento no de lo que había sentido frente a su representación, sino de la vida del pintor flamenco, de la travesía que hubo de hacer la obra desde el taller del pintor hasta llegar al Escorial.

Ana Micaela se había enterado, a través de lecturas y conversaciones, de ese derrotero de diferentes propietarios hasta que Felipe II lo hizo trasladar del Alcázar Real al Escorial.

La joven se solazaba cuando se refería —suposiciones de una imaginación fascinada por la obra del Bosco— a los modos en que el tríptico había sido adquirido y visto por los nobles flamencos y españoles.

José Diego recordaba algunos nombres mencionados por la mujer: Felipe el Hermoso, Enrique de Nassau, Guillermo de Orange, el duque de Alba, Felipe II y fray José de Sigüenza.

Y cuántas veces no había hojeado los cuadernos de Ana Micaela en cuyas hojas desfilaban, como los figurines de un festín delirante, los personajes que poblaban el tríptico.

Un evento, no del todo imprevisto, aceleró el encuentro.

Ana Micaela temía que su padre apareciera en el palacio para frustrarles la visita.

Desde hacía unos días, don Íñigo de López se había opuesto a que se dieran más citas entre ellos.

Argüía razones de alcurnia, prejuicios geográficos, compromisos adquiridos para el futuro matrimonio de su hija, que humillaron a José Diego y enfurecieron a Ana Micaela.

Sometida a semejante situación, doña Sancha Mejía, su madre, trataba de mantener un cierto equilibrio en las relaciones.

Por un lado, simpatizaba con el americano y le parecía que cumplía con las demandas de su propia hija.

Y doña Sancha sabía, por el otro, que entregar el destino de Ana Micaela a un anciano terrateniente, como deseaba su esposo, era arrastrar a la familia a una desgracia.

Pero don Íñigo era de una terquedad imbatible.

Se movía en el terreno de los beneficios económicos y se había negado, como si esto fuera un motivo ultrajante, ante la posibilidad de que su hija única se casara con un pintor.

El hecho de que Ana Micaela terminara radicada en las Indias le resultaba, más que una posible aventura, la constatación de un peligro insalvable para la estabilidad de la familia.

A las carreras, los dos enamorados atravesaron el patio de los reyes y bordearon la basílica.

Los salones y los corredores los pasaron como un suspiro.

José Diego y Ana Micaela seguían al monje que, ante las súplicas de aquella, apremió los pasos.

Tenían poco tiempo para ver el tríptico.

Cuando llegaron a la galería de la infanta, el religioso se quedó atrás e hizo una señal para que ellos continuaran.

Ana Micaela aprovechó para tomar de la mano a José Diego.

Le pidió que cerrara los ojos y se dejara guiar hasta el frente de la obra.

El afuera se oscureció del todo mientras él caminaba con lentitud.

Al cabo de unos instantes se detuvo. Desde más allá de la oscuridad, emergió el susurro de la voz que dijo: «Mira, señor mío».

José Diego obedeció y sus ojos se llenaron de aquella ensoñación populosa del amor.