El jardín del mundo 17
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Así como algo de su sensibilidad se había ampliado al ver El jardín del mundo —con ese nombre empezó a llamarlo Ana Micaela—, su vida se transformó aún más cuando conoció al pintor de la Nueva Granada.

Fueron, de algún modo, situaciones análogas.

Impactos hondos del sentimiento enraizados en la visibilidad.

El día en que se vieron por primera vez, en el taller de Antonio Martín, Ana Micaela había amanecido con ganas de beberse el cielo de Madrid.

Este era de un azul tan irrevocable que, al mirarlo desde la ventana de su habitación, pensaba que lo único real que existía era ese arriba hecho sólo para sus ojos, y que lo restante eran meras contingencias, pasajeras ilusiones, espejismos vanos.

El pintor se llamaba José Diego Vargas Castillo, y desde ese primer encuentro supo que lo amaría hasta más allá de la muerte.

A ella le encantaron sus ojos, cuya tonalidad cambiaba según las sinuosidades de la luz.

A veces eran verdes. A veces del color de la miel.

Otras se volvían de un café casi negro como su propio cabello.

Este último le atraía porque parecía indomable y a Vargas Castillo le gustaba dejárselo ajeno a las exigencias del peine, o hacerse una delgada cola que le llegaba hasta la cintura.

También estaba su piel ligeramente cobriza, que Ana Micaela solía imaginar al lado de la blancura de su propio cuerpo.

Y las manos largas y venosas y el cuello elevado y fibroso que la llenaban de desmadejamientos.

Y, finalmente, estaba el semblante en que lo español se untaba de lo de allá.

Esa otra cosa que José Diego definía como la propia marca de su reino y que ella, de eso se convencía más a medida que pasaban los días, anhelaba conocer.

Se miraban ansiosamente en el taller. Como si fueran viejos conocidos, hablaban sobre esos mundos delimitados por los rezos en las iglesias, las batallas en los campos y los viajes interoceánicos.

Ella supo que él despreciaba la guerra y que, justificado en ese desdén, había decidido no portar armas.

Él, a su vez, se enteró del rechazo que ella sentía por la clausura de las monjas.

Pero, más que rechazo, lo de Ana Micaela era indignación.

«Sabía, su mercé», le decía José Diego, «que para una gran batalla se matan miles de vacas y cerdos para alimentar a la soldadesca asesina, y se talan los bosques para hacer las máquinas de la guerra, y se funden las campanas para hacer cañones».

Ana Micaela, por su lado, le explicaba lo que acontecía con las mujeres cuando eran obligadas a escoger la vía religiosa.

El encierro que sufrían. Los altos muros exteriores.

La prohibición de que durmieran en espacios con balcones y ventanas.

Las rejas en los locutorios y las densas cortinas en las iglesias.

«Las condenan al silencio», decía con ira contenida.

«Y para colmo de males no las dejan leer, o solo permiten que lean lo que los clérigos ordenen».

La criada los acompañaba en sus caminatas por los alrededores de la plaza Mayor.

Y sin que Ana Micaela se lo pidiera, los dejaba solos cuando ambos se aventuraban por algunos jardines.

A Vicenta también le encantaban la dicción neogranadina de Vargas Castillo y sus maneras cordiales en el trato.

Una vez lo sorprendió acariciándole la mano a Ana Micaela y se sonrojó como si ella fuese la agasajada.

Días más tarde, mientras daban un paseo por la plaza del Rey, junto a la casona de las siete chimeneas, lo vio oliéndole el cuello entre las risas de ella y sonrió con complicidad.

Estaba convencida de que eran una bella pareja, por lo que hacía todo lo posible para propiciar los encuentros y que estos se desarrollaran según los deseos de Ana Micaela.

Fue Vicenta la intermediaria para que las cartas de los enamorados llegasen a buen puerto.

Fue ella, por último, quien organizó los detalles para que el encuentro de los dos se diera sin tropiezos en el Escorial.