El jardín del mundo 16
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No esperaba encontrarlo en el palacio porque nadie le había hablado de él.

Pensó, en primera instancia, que era un mueble sin mayor interés puesto por simple decoración en la galería que iban a cruzar.

Con la idea de buscar los Tiziano, tan venerados por Martín, Ana Micaela pasó de largo el recinto.

Fue Vicenta del Carmen la que se dio cuenta.

El mobiliario, al parecer, era una pintura más.

Ana Micaela, volviendo sobre sus pasos, se acercó, atraída por la luz que entraba por la ventana y tocaba el mueble.

Lo primero que vio fue un círculo en brumas.

Las nubes arremolinadas dejaban caer rayos blanquecinos sobre una tierra sembrada de árboles enanos.

El paisaje, en el que ondeaba la amplísima soledad de lo primigenio, parecía flotar sobre unas aguas aún más solitarias.

La joven percibió que, en una apertura extrema, en la parte alta de la izquierda, había una especie de rey que sostenía un libro.

Entendió, al leer las dos frases en latín que encabezaban la pintura, que lo representado era el mundo recién creado.

«¿La niña desea que lo abramos?», preguntó la criada.

Ana Micaela sonrió y pensó que, de hacerlo, cometerían una impertinencia.

Fisgonearon en la galería y se dieron cuenta de que el monje se había ido.

Entonces estiraron los brazos y enfrentaron el tríptico.

La muchacha hizo un gesto de asombro al ver aquella realidad iluminada por el color.

«¡Virgen mía!», dijo Vicenta santiguándose.

Ana Micaela sentía que la mirada no le bastaba para abarcar aquel espectáculo multitudinario y que, al mismo tiempo, el tiempo no era suficiente para verlo todo.

«¿Y esto qué es?», se dijo impresionada.

Más que un deseo repentino, fue una orden definitiva que recibió desde más allá de su conciencia.

Le pidió a Vicenta que le pasara el cuaderno y los grafitos y dijo que fuera a buscar una silla.

Ana Micaela se paró delante de la obra y comenzó a dibujar.

Dibujó, con trazo veloz, el elefante, el unicornio, el jabalí.

Y cuando Vicenta trajo la silla, se sentó para continuar la faena.

La criada la dejó sola para no interrumpirla.

Las hojas del cuaderno se fueron llenando con las figuras del panel central.

Ana Micaela dibujó el hombre que caminaba, como un equilibrista, sobre un pistilo gigantesco suspendido en el vacío.

El pico de pájaro que daba una mora silvestre a tres hombres hambrientos.

El que abría los brazos para abarcar un bosque espeso.

Dibujó al que escuchaba embelesado el sonido tumultuoso de la naturaleza.

A los dos, con rostros vegetales, que se paraban en las manos.

Al que bendecía unas nalgas con un ramillete de flores rojas.

Lo que estaba dibujando, cuando llegó el fraile para decirles que era la hora de la salida, era el círculo de hombres y mujeres que adoraban una fresa gigantesca.

Ella rogó que le diera un rato más para poder mirarlo todo de nuevo y así tratar de llevarse un recuerdo más nítido de lo visto.

Pero el joven de mirada atormentada dijo que desobedecer las órdenes del padre superior le acarrearía problemas.