El jardín del mundo 15
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Los años pasaron. Una generación de humanos sucedía a la otra como lo hacían las hojas y las flores en los árboles, y las olas y los peces en el mar.

Los monarcas del mundo morían y eran reemplazados por otros que conservaban en su sangre el legado de los privilegios.

El imperio español se había fortalecido en los últimos cien años, según unos.

Otros pensaban que aquel andamiaje de validos, clérigos y generales, que hacían la guerra con una pasión enfebrecida y reprimían la libertad y el libre albedrío por doquier, había iniciado su derrumbe.

En el Escorial crecía una honorabilidad grave que se concentraba en sus mausoleos.

Varios reyes y reinas y sus descendientes reposaban en sepulcros de oro y mármol.

Mientras tanto, el viento de la sierra soplaba afuera con regularidad inquebrantable.

En ocasiones, era frío y fatal. En otras, dulce y lleno de una tibieza que los jardines y las fachadas de palacio y sus nuevos habitantes agradecían.

El tríptico del madroño continuaba en la galería de la infanta y, después de la muerte de ella, nadie osó moverlo de allí.

Quienes veían la pintura no decían nada diferente a lo que había escrito en su momento el fraile José de Sigüenza.

Cada mañana alguien pasaba, infaliblemente, para sacudir el polvo del gran mueble.

Estaba prohibido, por otra parte, tocar sus imágenes y sólo el que era diestro para esos menesteres podía hacerlo.

Se limpiaba con el material requerido las suciedades que el tiempo depositaba en su transcurrir.

Otras veces, las tres partes se volvían una y la perspectiva grisácea de la creación del mundo quedaba como un testimonio de que el tiempo se había detenido para que la aparición del primer hombre y su mujer no fuera aún posible.

Un día se abrió de nuevo el tríptico y sus escenas quedaron dispuestas para que volvieran a ser contempladas.

Era como si cada uno de los personajes de la obra adquiriera una quietud expectante.

La pareja primordial sonreía agradecida ya que Dios había decidido que no era buena la soledad para ninguna de sus criaturas.

A su lado, los animales se desplazaban con una vivacidad singular, como también resultaba única la refulgencia verde del árbol del conocimiento, del bien y del mal.

El agua poseía una perennidad fresca en su manera de estar fluyendo y el cielo se extendía ante los ojos como el reflejo de su transparencia.

Y si esto sucedía en la parte de la izquierda, en el centro emergía una jubilación inacabable.

La descendencia de Adán y Eva hablaba, reía, jugaba porque no había otro modo de festejar el efímero acaecer de la existencia.

Incluso, los tonos opacos del infierno se presentaban, en el panel derecho de la tabla, con un mayor brillo y el pavor de las condenas parecía solicitar una mirada que fuera capaz de eludir la opresión de lo visibilizado.

Esa mañana, Ana Micaela de López, maja y noble de alcurnia, salió de la casa de campo de su padre en dirección al Escorial.

Luego de una hora de recorrido, la joven pudo descender del carruaje y entrar a ese mundo que anhelaba descifrar.

Desde hacía un tiempo seguía clases con Antonio Martín, un judío converso originario de Extremadura, que gozaba de respetabilidad en el círculo de los pintores de Madrid.

Él le había recomendado a la joven visitar el palacio para que viera las maravillas que se exponían allí.

Que se detuviera en Tiziano y en Velázquez.

Y que, sobre todo, mirara hasta la saciedad El descendimiento y El calvario de Van der Weyden.

Ana Micaela creía a pie juntillas en esas recomendaciones y logró el permiso para entrar al palacio.

Su madre, con la aprobación un poco a regañadientes del padre, hacía todo lo posible para que su hija única tuviese una educación esmerada.

Ana Micaela sabía tocar la vihuela y encantaba a las oyentes con sus interpretaciones de obras de Luis de Millán y Luis de Narváez.

Hablaba con soltura el francés. Leía con devoción a Garcilaso de la Vega.

Y, como no quería ser una simple ama de casa, y en esto su madre la acolitaba, seguía la senda que antes de ella algunas mujeres señalaban.

Ana Micaela admiraba, por ello mismo, la pintura de Sofonisba Anguissola y las novelas de María de Zayas.

Consideraba, a sus veintiún años, que las mujeres debían educarse para liberarse de la vigilancia en que las mantenían los hombres.

Don Íñigo, el padre, un hombre de negocios agropecuarios y de gran fortuna, dejaba que su hija se entusiasmara por aquellas veleidades de la juventud.

Pero ponía en claro que, más que la educación y los deleites del arte, el deber matrimonial esperaba a la vuelta de los días.

Junto a quien había sido su cuidadora en los años de la infancia y su dama de compañía en la adolescencia, Ana Micaela hizo el viaje al Escorial.

El matiz del firmamento mañanero se emparentaba con el que envolvía su ánimo exaltado.

Con Vicenta del Carmen celebraban, desde la ventanilla, el paso veloz de los gazapillos en busca del vivar.

El olor desprendido del polen de los campos excitaba la nariz y los ojos de la chica.

Los perfiles de la sierra se veían tan próximos que ella creía que con sólo estirar la mano podían palparse.

La criada miraba con embeleso a «mi niña» —así la llamaba— pensando que no había otra criatura más despierta, inteligente y hermosa que la que tenía al frente de sí.

Ana Micaela sonreía y sus labios rojos, ligeramente carnosos, competían en fulgor con los ojos celestes.

Pero era el pelo, rojizo y ensortijado, lo que acaso llamaba más la atención cuando su presencia ocupaba los espacios.

Mientras el carro brincaba por el camino de tierra, la mujer apretaba la bolsa en la que estaban el cuaderno de los esbozos que hacía y un par de grafitos afilados.

Un monje jerónimo las esperaba en la puerta situada bajo la biblioteca.

Las saludó con una inclinación de respeto y les pidió el papel de la autorización.

Era cenceño y alto. La cabeza la llevaba tapada con la capucha del albornoz.

Ana Micaela constató que tenía un rostro aún adolescente.

Sus ojos, estremecidos por los ayunos y la abstinencia de la carne, la miraban fijamente.

Los tres atravesaron los pasillos y los patios hasta llegar al lugar donde aparecían las primeras pinturas.

Ambas mujeres sólo tenían ojos para impresionarse con la grandiosidad taciturna de los ámbitos.

Y todo lo que iban encontrando —las columnas, las ventanas, las techumbres, las puertas— imponía la mudez.

Se les indicó dónde estaban El descendimiento y El calvario de Van der Weyden.

Ana Micaela quedó deslumbrada por la armonía triste de las diez personas participantes en el acto.

Le llamó la atención el vestido de María, cuyos pliegues azules se desparramaban por el suelo como si ellos fuesen la más desconsolada de las lamentaciones.

El Cristo estaba en la mitad de la escena y en su cuerpo delgado había un no sé qué de feminidad impostergable.

Ana Micaela se sintió atraída por la barba incipiente del crucificado, que se acrecía más con la muerte.

Unos pasos más adelante, vio El calvario .

Sus blancos sobrios y adoloridos la ensimismaron todavía más.

El silencio que flotaba allí estaba tan materializado que creyó palparlo en el color terracota de la pared del fondo.

No supo decirse qué era más logrado, si los tres seres humanos que dialogaban en torno al sufrimiento, o ese muro lleno de una tonalidad vibrante y sosegada.