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En una de las sesiones del juicio, el inquisidor preguntó por sus vínculos con Erasmo.
Sigüenza contestó que había leído sus libros.
Los permitidos, por interés teológico y literario.
Los prohibidos, exigido por el oficio de bibliotecario del Escorial.
Le inquirieron si estaba de acuerdo con las determinaciones del Santo Tribunal al respecto de las obras del teólogo flamenco y sus contenidos heréticos.
Él afirmó sin vacilación. «¿Y por qué entonces», arremetió el juez, «vuestras prédicas expelen el tufillo de los Iluminados?
». Sigüenza dijo que su tono en las homilías era humilde y sobrio y así creía acogerse al carácter de los Evangelios.
«¿Y vuestras críticas burlonas frente a la riqueza y al santo boato de la Iglesia?
¿No os parece que todo eso procede del demonio de Rotterdam?
», insistió el prelado. Sigüenza dijo que era posible que en sus palabras hubiera quedado un remanente de sus lecturas erasmistas, y se arrepentía de ello.
Pero señaló que él trataba de seguir los mojones otorgados no por los teólogos, sino por la palabra de Dios.
Precisó que, a pesar de sus faenas letradas y sus comentarios sobre obras pictóricas, veía en la sencillez del redentor el único fanal.
Y añadió, inclinándose ante las autoridades, que la burla no era, en sí misma, una actitud herética y que, a veces, el mensaje moral tamizado con humor entraba con más eficacia en los sesos de los hombres.
Fue justamente la intervención de la pintura lo que hizo que el tribunal abordara el tema del Bosco.
Varias de las denuncias, en especial las de los priores Diego de Yepes y Cristóbal de Zafra del Escorial, adversarios de Arias Montano y que profesaban inquina contra Sigüenza por su carácter agriado y la protección que le otorgaba el rey, decían de las muchas horas que este último pasaba observando escenas de indudable carga pecaminosa.
Según ellos, que habían sido convocados a Toledo para que dieran su testimonio, mirar lo corrompido era impregnarse de corrupción.
En general, acusaban a su compañero de monasterio porque su palabra y sus ojos estaban contagiados de herejía o susceptibles de serlo.
Él escuchó con la cabeza baja. Estaba perplejo por los límites que había alcanzado el proceso.
Se dio cuenta, de súbito, de que los largos instantes de soledad que pasaba frente a las pinturas habían sido vigilados.
Una honda incomodidad, mezclada con vergüenza y tirria, lo sobrecogió.
Pero se dijo, sonriendo con ironía, que, si él fuera condenado por herejía, Felipe II tendría la misma represalia ya que, en su compañía, había pasado horas mirando las obras del Bosco.
Cuando le correspondió el turno para defenderse, Sigüenza replicó que era cierto que a veces leer confundía porque la lectura no era más que una confrontación con la complejidad de ciertos pensamientos.
Pero quien leía encauzado por el prejuicio y la envidia se extraviaba en la senda de los aprendizajes.
Agregó que, en esas tablas, y muy especialmente en la del Tríptico del madroño , él leía muchísimas cosas más de lo que leía durante días y noches en los libros impresos.
Y evocando a su monarca, baluarte y defensor de la fe católica en el orbe, se atrevió a levantar los hombros con desdén.
Dijo que sólo argumentaciones premeditadas podían afirmar que lo pintado en la tabla central de aquella obra suscitaba el pecado.
El jardín de esos goces impúdicos se había hecho para señalar al cristiano cuáles eran los perfiles del mal y cuáles los del bien.
Mejor dicho, y así culminó Sigüenza su intervención, las escenas de placer del tríptico actuaban como un espejo cuyo reflejo era un mundo más abominable en la medida en que allí se vivía en el pecado de la carne sin tener ninguna conciencia de sus peligros.
Al cabo de seis meses de encarcelamiento, fray José de Sigüenza fue autorizado para regresar al Escorial.
El Tribunal de Toledo reconoció que su fe no tenía mácula.
El rey mani festó su regocijo ante una decisión que no había dictado ninguna sentencia.
La mayor parte de los compañeros del monasterio recibieron al monje con amabilidad.
Él reanudó sus compromisos con la biblioteca y la escritura de la historia de su congregación.
A veces se tropezaba, en los pasillos o en la basílica, con los priores que habían testimoniado contra él.
Saludándolos con deferencia, Sigüenza intentaba ocultarles su íntimo desprecio.
Sabía que la humildad, necesaria para alcanzar la sabiduría de los Evangelios, le era del todo lejana.
A pesar del abrazo y el beso que le dio Felipe II cuando se encontraron, y seguro de que tenía la libertad para leer lo que quisiera de la gran biblioteca y pararse delante de cualquier pintura para mirarla, a Sigüenza lo roía la amargura.
Luego fue premiado con la regencia del monasterio.
Se sintió agradecido sabiendo que algunos de los monjes de su congregación lo despreciaban por su genio adusto y por sus críticas a quienes interpretaban la palabra de Dios apoyados en la pompa y la vanagloria.
Su dirección duró varios años. Poco antes de morir, dejó el cargo y la mirada se le volvió más torva y arisca.
Como si no aceptara que se le hubiera visto como un sospechoso de apostasía.