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Sigüenza prefería las obras devotas del pintor.
Ante ellas se sentía más sosegado y menos desabrido.
La que se le permitió colgar en su celda era un Jesús con la cruz a cuestas.
Al fraile lo conmovían el rostro del Cristo y su mirada ingenua.
Observando aquel semblante diáfano, rodeado por un grupo de hombres prosaicos, Sigüenza pasó las últimas horas de su vida.
Con todo, antes de corresponderle la muerte, incluso años antes de que terminara de escribir la historia de la orden jerónima, debió padecer la persecución del Santo Oficio.
Felipe II se molestó cuando supo de las acusaciones de la Inquisición arrojadas sobre su monje de confianza.
Reprochaban el carácter seco y arrogante de Sigüenza.
Las homilías en las que citaba verdades del Evangelio desprovistas de toda retórica.
Su admiración por el humanista Benito Arias Montano y, en esta dirección, su velado interés por Erasmo.
Era verdad que Sigüenza había leído al teólogo de Rotterdam, por consejo de su maestro Montano, y que algunas de sus conclusiones sobre la perversidad de la nobleza, los atropellos de la guerra y la corrupción del clero remitían a las denuncias que había hecho el flamenco.
Sigüenza elogiaba, de igual modo, su erudición bíblica y el conocimiento que tenía del hebreo y del griego.
Pero él no podía ser más claro frente al luteranismo cuando este planteaba la idea de arrebatarle a la Iglesia la vitalidad de sus sacramentos.
La necesidad de guardar piedad por los santos y las reliquias no despertaba ninguna duda en el monje jerónimo.
Sin embargo, el tribunal de la Inquisición, empujado por las denuncias que provenían del Escorial, decidió abrir la investigación.
Antes lo había hecho también con Benito Arias Montano, ya que en su persona había caído la responsabilidad de organizar el inmenso material de la biblioteca.
Montano leía y hablaba varias lenguas y vagaba con demasiada libertad por los libros de Erasmo.
Por esta razón, en un imperio asediado por la herejía, era necesario entablarle un juicio.
Felipe II intervino e impidió que cualquier duda prosperara sobre su bibliotecario insigne.
Pero con Sigüenza, que gozaba también de la protección del soberano, el tribunal dio un paso más arriesgado y se atrevió a convocarlo a Toledo.
Cuando fue avisado, el fraile tomó sus pocas pertenencias y partió del Escorial.
Tal vez se le permitiría regresar pronto.
El monje se llevó varios libros, la pluma y el tintero, sus manuscritos y papel para seguir escribiendo su historia conventual.
¿De qué otro modo, fuera de orar, leer y escribir, sortearía los ásperos días que le esperaban?
Al llegar, fue recluido en el monasterio de la Sisla.
La celda era húmeda y penumbrosa. Aunque se le permitió leer y escribir en ella.
Oprimido por el encierro, pidió que lo dejaran caminar, al menos una vez a la semana, por el bosque de chaparros que circundaba al monasterio.
La solicitud fue atendida y la frescura de la arboleda le prodigó algo de alivio.
Pero Sigüenza debió pasar varios meses respondiendo interrogatorios severos.
Le reclamaron por frases dichas en sus sermones.
Por las lecturas y sus interpretaciones.
Por el asueto excesivo, dedicado a mirar pinturas disolutas.
No hubo, por fortuna, ningún asomo de tortura por parte de los inquisidores, ya que la sombra del rey planeó durante el proceso.
Sigüenza, ante la dimensión de las críticas que le hacían, pasó noches en que su sueño se pobló de moho y temor.
Soñaba con el traquear de las máquinas de la Inquisición, con los alaridos de las víctimas, con las sentencias demoledoras de los inquisidores.