El jardín del mundo 12
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José de Sigüenza recorría los pasillos del Escorial con un interés renovado.

Se levantaba en la madrugada y sus labores, que iban de las oraciones a los sermones, y de la lectura a la escritura, lo mantenían despierto hasta tarde en la noche.

Lo suyo, fuera de las obligaciones religiosas, era la indagación de las fuentes orales para escribir una historia de la orden de los Jerónimos.

Se había propuesto efectuarla no sólo porque él pertenecía a ella, sino porque era la petición que Felipe II había expresado para la posteridad gloriosa del monasterio.

Sigüenza había llegado al Escorial entre el primer grupo de los monjes y, dada su formación letrada y su talento en la oratoria, se le encomendó, por un lado, que diera los sermones, y por el otro, la tarea de escudriñar el pasado.

Los pasos del fraile eran lentos y apesadumbrados.

Las ojeras que le rozaban los pómulos, las cejas hechas de un pelambre espeso y la mirada profunda pronunciaban su melancolía.

El cabello escaso brotaba de las orillas de una tonsura de perfecta redondez.

La barba y el bozo prolongaban en el semblante la demacración provocada por los ayunos y las largas jornadas de estudio bajo los velones.

Sigüenza era propenso, cuando observaba las pinturas del Escorial, a cubrir su cabeza con la capucha marrón de su hábito.

Solía hacerlo en las horas más quietas porque se sentía incómodo cuando alguien se detenía a mirar lo que él miraba.

Tenía permiso, además, para detallar las imágenes a cualquier hora desde que el rey lo había designado como su consejero áulico, el amanuense principal del monasterio y el encargado de velar por los libros de su biblioteca y las pinturas de su colección.

Para escribir sobre el Tríptico del madroño —así lo bautizó Sigüenza—, este había indagado en las opiniones de su rey y en lo que habían escrito otros sobre el Bosco y su obra.

Como se movía con destreza en los vericuetos de los libros, el fraile encontró algunos testimonios que le fueron de utilidad.

Al pararse frente a los cuadros del pintor flamenco, se preguntaba, apoyándose en Dominicus Lampsonius, autor de un opúsculo sobre la pintura alemana: ¿Qué ha visto tu ojo atónito?

¿Qué límites has cruzado para entrar al averno más profundo?

Sin contestar con precisión, Sigüenza creía que el universo del Bosco fluctuaba entre la comicidad y la locura.

En sus obras predominaba una propensión al dislate y a la fantasía.

Por este motivo, le era evidente establecer correspondencias entre el libro de Erasmo sobre la estulticia y la obra de su pintor admirado.

Sigüenza, sin ser erasmista, apreciaba la erudición del teólogo y disfrutaba, como pocos, su sentido del humor.

Pero más allá de cualquier similitud, en el Bosco respiraba otro mensaje.

Para desentrañarlo, José de Sigüenza miraba una y otra vez la pintura que, bien lo sabía él, su rey habría de contemplar en sus instantes postreros.

Lo primero que se propuso el monje, cuando inició las pesquisas, fue despojar la obra de cualquier aire de herejía.

No faltaban, entre los residentes del monasterio, los que opinaban que en esas pinturas se mostraba al pecado de diversas maneras.

Se veían referencias a la lascivia, a la envidia, a la cólera, a la avaricia y a los otros pecados capitales.

Pero si existían era para conducir al vidente hacia la práctica de un catolicismo virtuoso.

Sigüenza reconocía que las sospechas heréticas que recaían sobre el Bosco surgían de la parte central del Tríptico del madroño .

De sus escenas colectivas se desprendía el reflejo de la incomprensión y el escándalo.

Estaban, por otra parte, quienes decían que el mismo Felipe II, siendo su estima hacia el Bosco tan alta, se había empantanado con la herejía visual.

El rey era, sin embargo, el más intachable paradigma del creyente por su fervor firme y el cumplimiento de sus deberes para con la Iglesia.

Por los sermones provistos de un conocimiento pleno de las Sagradas Escrituras, por las interpretaciones lúcidas sobre las pinturas, por esa manera suya tan afable con los libros de la biblioteca, y por la amistad que lo unía al monarca, José de Sigüenza fue premiado con algo más.

Se le permitió tener en su celda una de las pinturas del Bosco.

El fraile, bajo la aprobación de Felipe II, que lo animó a efectuar tal tarea, había clasificado las obras del flamenco en tres grandes grupos: aquellas en que Jesús y la Virgen eran los protagonistas primordiales, las dedicadas a los santos y las que se ocupaban de los disparates.

Guiados por esta delimitación, el rey y el monje pasaban largos ratos conversando sobre la simbología de las imágenes.

Hablaban de las metamorfosis de los hombres y los animales.

Se apoyaban en Pitágoras y Platón, que escribieron fábulas ricas en esas transformaciones.

Solían pararse delante de La carroza de heno y El tríptico del madroño y, señalando la escena correspondiente, decían que el león remitía a la soberbia, el tigre a la venganza, los puercos a la lujuria, los peces a la tiranía, los pavos a la vanagloria, los lobos a la gula y los asnos a la estupidez.

Luego, se daban a interpretar los juegos lúbricos de la parte central.

Ambos coincidían en que esas aberraciones desembocaban en los castigos que esa misma humanidad debía padecer en el infierno.

De tal modo que para Felipe II, como para Sigüenza, el tríptico podía leerse de izquierda a derecha.

Lectura afianzada en la idea de que el mundo de los sentidos era el del pecado y que su permanencia en la tierra llevaba al castigo.