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De pronto, Felipe II sintió que ya no le dolía el cuerpo.
Había pedido a Dios que, en la antesala del fin, hubiese un alivio.
Comprendió entonces que se le recompensaba.
Disfrutó hasta tal punto la fortuita mejoría que creyó estar muerto.
Pero abrió los ojos y vio a su hija al lado de la cama.
Más allá distinguió al fraile José de Sigüenza, que oraba.
El monarca tenía en una mano la candela de Nuestra Señora de Montserrat y en la otra un crucifijo que había sido de su padre.
Entonces, al besar la cruz, recordó La variedad del mundo .
Como una última dádiva que se le otorgaba, evocó el cielo azul, las praderas verdes, las fuentes pletóricas de agua.
Una necesidad de verlo por última vez lo acució.
Con un susurro, llamó a su hija. Isabel Clara, acercándose, tomó su mano flaca y frágil.
Ya no pesaba casi nada. Y, respetuosamente, se inclinó para escucharlo.
Hubo una agitación en el cuarto, que ya estaba envuelto en el silencio reverente que antecede a la muerte.
«Es muy grande el tríptico, vuestra señoría, para este espacio tan reducido», se atrevió a decir Sigüenza.
Pero la infanta, sin atender su consideración, dijo que la obra debía meterse en el cuarto a como diera lugar.
Giró de nuevo hacia su padre susurrándole que ya mismo cumplirían su solicitud.
Los pasos de los sirvientes se apresuraron y fueron a buscar la obra.
Diez de ellos la cargaron y la condujeron hasta donde el monarca agonizaba.
La variedad del mundo, en efecto, no podía entrar.
Uno de los prelados presentes consideró que, si salían todos de allí, el aposento se ampliaría.
Con rapidez el recinto fue evacuado y se intentó introducir la obra.
El rey alcanzó a observar la conmoción que había originado su petición y algo parecido a una sonrisa se dibujó en los labios resecos.
Sigüenza propuso que metieran sólo una de las partes.
Los sirvientes volvieron a cargar el tríptico.
Lo hicieron introduciendo, primero, el lado dedicado al infierno.
La infanta supo, al ver que su padre frunció el entrecejo, que era el otro extremo el que se debía entrar.
Los sirvientes respiraron profundo y levantaron de nuevo la pintura.
La voltearon en la galería aledaña hasta que la parte del paraíso se ubicó en la proximidad de la cama del monarca.
Para mirarla, Felipe II inspiró el poco aire que le quedaba.
Abrió más sus ojos y fue ascendiendo desde el lago de los animales inauditos hasta ese firmamento que muy pronto, terminado ya su tiempo, él acaso merecería.
A medida que fue observando aquel fragmento de pintura, un sosiego de albricias se le extendió por el cuerpo.
Ahí estaban la pareja fundacional y el Señor uniéndola con sus manos.
El árbol del conocimiento, un drago semejante al que había visto hacía años en la isla de Tenerife.
Pero el de allá era gigantesco y no poseía ni la dimensión humana de este ni los ramajes quiméricos que había pintado Jerónimo Bosco.
El rey quiso sumergirse en las aguas diáfanas de la fuente y aunque no lo hizo, puesto que no le alcanzaba la energía, se deslizó sobre su superficie.
Avanzó con torpeza entre los cisnes blancos y los patos impávidos.
Salió tembloroso del agua por entre el unicornio y el ciervo cuyos ojos de fábula vislumbraban la arboleda cercana.
El rey, mientras daba el primero de sus tres últimos resuellos, empezó a atravesar la amplia pradera matizada de verde.
Al iniciar el segundo, logró escalar las montañas del horizonte.
Eran azules como los diamantes más puros.
Culminaba la tercera exhalación cuando miró hacia arriba.
Con la sed visual que lo caracterizaba, se bebió las nubes de un tirón.
Mientras iba saliendo el alma de las miserias corporales, la mirada de Felipe II se fue tras el vuelo de los últimos pájaros que sesgaban el horizonte.