El jardín del mundo 10
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Sus últimos días fueron infernales. Las llagas volvieron a aparecer como flores malignas.

Encima de la rodilla le salió una apostema injuriosa.

Cuando se la limpiaban, un líquido repugnante salía de su relieve verdoso y llenaba dos escudillas cada día.

El martirio del cuerpo se hizo tan intolerable que no era posible cambiarlo de posición en la cama.

La espalda y las nalgas del rey se entumecieron y él no podía, en la intensidad de sus suplicios, discernir dónde y cómo le dolía.

Sólo se daba cuenta de que vivía para el dolor y de que cualquier otra realidad del mundo se situaba en un punto ajeno a él.

Como era necesario alimentarlo, los médicos le prescribían menjurjes vegetales y caldos de pollo.

Sumiso y sin decir nada, Felipe II los tragaba y, al cabo de un momento, le arremetían flatos y deposiciones asquerosos.

La servidumbre, acosada por el olor, intentaba cambiar las ropas.

Pero no podía, porque con el más mínimo movimiento temía que el rey se precipitara al fin.

Y para todos era lamentable que el hombre más poderoso del imperio se hubiera convertido en un muladar de espanto.

A veces, cuando creía hallar un intervalo de sosiego, se comparaba con Job.

Él, como el judío desgraciado, fenecía en medio de sufrimientos atroces.

Job lo había hecho entre la ceniza y el polvo.

Felipe II lo hacía anegado en sus propias heces.

¿Por qué atravesaba estos martirios?, se preguntaba.

Como respuesta le llegaban dolores todavía más insoportables.

Acaso, se decía, sus desabrimientos eran proporcionales a la potestad y la riqueza que lo rodeaban.

Job había sido un judío adinerado. Él, por contra, era el rey de España que se había defendido del enemigo de la reforma protestante y había llevado la verdadera fe a los salvajes de América.

Pero ¿y si el infierno que estaba vivien do fuera el castigo por haber sido un soberano abusivo con los herejes?

¿Si la fundación de los reinos en las Indias significase, sobre todo, una oleada de conquistas crueles cometidas por España contra los nativos?

Su conciencia se congestionaba por estos interrogantes y pasaba horas cavilando hasta que los padecimientos del cuerpo lo embestían y él deseaba morirse de una vez por todas.

Postrado en la cama, envuelto en un marasmo que parecía no tener fin, el monarca se aferraba a una oración: Pater, non mea, sed tua voluntas fiat .

Un día confesó sus últimos pecados. Estaba tan enflaquecido que la proximidad de la muerte era irrefutable.

Ya no había ningún lugar en ese cuerpo de donde el dolor pudiera sujetarse.

La confesión fue tan lenta que duró tres días.

Al cabo de los cuales Felipe II, después de recibir la extremaunción, comulgó.

Tragó la hostia con dificultad. El rey, poco antes, había repetido para sí los pasajes que le leyeron del Evangelio.

Pronunciaba cada palabra comprendiendo que las letras le iban clarificando el final de su vida.

Estaba deletreando el «amén» cuando entrevió que alguien, diferente a todos los concurrentes, irrumpía en el aposento.

Era, lo supo de inmediato, la muerte. Sospechó, en principio, que era un detalle de la tabla de los pecados capitales del Bosco que, en el trance que vivía, había adquirido una dimensión especial.

Pero la tabla estaba a su derecha, y la muerte surgía, envuelta en un manto opalino, por la izquierda.

Felipe II, como parte de su instinto de defensa, acercó más el hueso y el pellejo de san Sebastián a su nariz y los aspiró.

Con la otra mano apretó el pedazo de costilla de san Albano.

Sobre el furúnculo del muslo pidió que le pusieran el brazo momificado de san Vicente Ferrer.

El rey había ordenado que trajeran las reliquias para enfrentar los dolores.

Los frailes las colocaron en los muebles y en la cama del rey.

Durante horas desfilaron por el aposento, entre oraciones y cantos litúrgicos, huesos y trozos de tela, crucifijos y mechones de pelo, que iban de los clérigos a las manos del agonizante y enseguida a su nariz para que los oliera y a su boca para que los besara.