El jardín del mundo 9
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De estas guisas, y de otras más subrepticias, dialogaban las dos pinturas, hasta que Felipe II, sintiendo que la enfermedad se le agudizaba, decidió irse para el Escorial.

Cada vez más lo extenuaban el ajetreo babélico del Alcázar y el de sus labores administrativas.

El juicio de los médicos, ante el progreso de la gota, proponía el clima más amable de las cercanías de Madrid y el sosiego del palacio.

Allí nada le faltaría al monarca para enfrentar sus últimos días.

Estaban los aposentos para el reposo. La basílica para las jaculatorias.

La biblioteca para las lecturas. El monasterio que lo llenaba de satisfacción porque, dándole su apoyo, indicaba la dimensión de su fe.

Y el mausoleo donde reposarían sus restos hasta la llegada del juicio final.

Felipe II siempre estuvo atento a la construcción del Escorial.

Emocionado, había asistido a sus actos fundacionales: la puesta de la primera piedra, la misa inaugural de la basílica, la ceremonia para la entrada de los monjes jerónimos al monasterio.

Se ocupó con esmero del transporte de sus reliquias y sus cuadros.

Cuando llegó el turno a las obras de Jerónimo Bosco, decidió hacer el viaje con ellas al Escorial.

Ordenó que el carruaje donde iba con su comitiva se situara atrás del carromato que transportaba La variedad del mundo y la tabla de los pecados capitales, que eran sus obras dilectas.

Felipe II quería, en principio, que ambas se colocaran en su habitación.

Pero el tamaño del tríptico lo impedía. Consultó con el arquitecto sobre la posibilidad de ampliar el aposento.

Las observaciones que se hicieron en torno a la conservación del equilibrio arquitectónico del palacio fueron desoídas por el rey y su obsesión por rodearse de los objetos idolatrados no se aminoró.

Sólo Isabel Clara, la hija, lo convenció de que La variedad del mundo debía ponerse en una galería cercana.

Tal galería, justamente, separaba las piezas del padre y de la hija.

El monarca aceptó que, junto a los huesos y las prendas de algunos santos, se ubicara Los siete pecados capitales al lado de su cama.

Esos pecados que él había cometido y que ahora, avizorando la muerte con claridad, asumía con la conciencia de quien se sabe condenado al fuego depurador del purgatorio.

La gota fue agudizándose en los últimos meses, y el cuerpo de Felipe II se tornó flácido de carnes.

El pus se le acumulaba en las extremidades.

Tenía fuertes dolores, y más dolorosas todavía eran las extracciones del líquido que los médicos tenían que hacerle.

Unas llagas hediondas le nacieron entre los dedos de las manos y los pies.

Y fue un cuadro lamentable ver que un vientre tan desguarnecido, y por efecto de la hidropesía, se hinchara de manera tan grotesca.

El rey, sabiendo que se trataba de las pruebas del Señor y aceptándose como el gran pecador del mundo, aguantaba los suplicios con paciencia y poca queja.

Quienes lo rodeaban se sobrecogían por la dimensión de los padecimientos y por la capacidad de resistencia del rey.

Un día ya no pudo apoyarse en el báculo y Felipe II se sintió incapaz de velar por ese gigantesco y tumultuoso imperio que gobernaba desde hacía años.

Entonces se dijo que la hora de trasladarse a su palacio sepulcral había llegado.

Se le diseñó una silla cómoda para que estuviera la mayor parte de su vigilia.

Ella podía cargarse a partir de palos y, a la vez, deslizarse sobre ruedas.

Sentado en su silla se le llevó al Escorial en un viaje que duró seis días.

Al pasar por Fresneda, Valdemorrillo y La Granja, y hacer las paradas respectivas para orar y dormir, Felipe II, a pesar de sus suplicios, se puso contento.

Mostraba las manos a los súbditos, que algo habían mejorado por los tratamientos, y, orgulloso, las juntaba temblando en señal de gratitud por los favores recibidos.

Una vez en el palacio, y antes de que lo arremetieran los tormentos más extremos, pidió que lo condujeran a la cele bración de la misa en la basílica.

Al final dispuso de un rato para mirar con devoción el libro litúrgico de los cantos.

Los criados lo sostuvieron para que el rey se incorporara.

Alguien le pasó con lentitud las páginas del mamotreto sobre el facistol.

Él gozó al ver la escritura coloreada en los pentagramas amplios y bisbiseó los neumas que serpenteaban por el papel en busca de la vacía plenitud de la divinidad.

Los que estaban cerca escucharon los cantados susurros del monarca y uno de ellos, un monje de nombre José de Sigüenza, derramó lágrimas de emoción misericordiosa.

Más tarde, lo llevaron a la biblioteca, donde tuvo fuerzas para hojear un par de libros que había leído en esos días en que cada hora era modelada por la curiosidad feliz de los aprendizajes.

Era cierto que su amor por los libros y el arte incomodaba a las autoridades de la santa Inquisición.

Pero él era así y nada ni nadie podía quitarle su inclinación por la belleza.

Qué otro consuelo, pensaba, existía para enfrentar la existencia sórdida y fatigante de todos los días.

Con voz apenas audible, pidió que le trajeran el Tratado de geometría de Durero y la Crónica del mundo de Schedel.

Los observó consciente de que sería la última vez y considerando que, si se le diera la oportunidad de transitar a una nueva vida, y se le propusiera la alternativa de escogerla, señalaría la de un ilustrador anónimo de libros para coleccionistas.