El jardín del mundo 8
71%

8

Le aconsejaron que dejara la obra en el Alcázar Real, pues este era su lugar de residencia y desde allí velaba por el equilibrio de su imperio fragoroso.

Pero Felipe II se negó. Quería morir en el Escorial y ser enterrado allí junto a sus padres.

En realidad, se sentía desamparado si se desprendía de la obra del Bosco.

Además, estaban la carroza de heno, un grupo de ciegos que se guiaban en una senda barrancosa, una danza popular, una bruja rodeada de disparates y la piedra de la locura.

El monarca las había comprado a los herederos de su cortesano, Felipe de Guevara.

Este, otro hijo ilegítimo de la nobleza de esos años, había recibido de su padre, Diego de Guevara, uno de los embajadores de Felipe el Hermoso, un conjunto pictórico que no sólo concernía a Jheronymus Bosch, sino a otros pintores flamencos.

Así que La variedad del mundo —tal fue el nombre que le pusieron los españoles— no tenía por qué dejarse sola en los espacios del Alcázar.

Y es que, al llegar a su nueva morada, el tríptico comenzó a saberse acongojado.

Quizás era el bullicio de los pasos de la servidumbre lo que lo incomodaba.

El Alcázar tenía dos patios vastos en torno a los cuales se explayaban las galerías, los salones, los pasadizos y las habitaciones.

Todo era agitado por una corte de marmitones y fregonas, de capellanes y barberos, de bufones y enanos.

A estos se unían los arrumacos, ora melindrosos, ora autoritarios, de la jerarquía burocrática.

Era como si, sometidos por este ir y venir intermitente, no se pudiera mirar las fuentes frescas, el ornato de las puertas y ventanas, las escaleras primorosamente diseñadas y las pinturas excelsas de las que estaba ahíto el Alcázar.

Sin embargo, en los instantes del recogimiento de las noches y los amaneceres, cuando no había nadie el tríptico se entretenía con una compañía especial.

Quién sabe de dónde vino la decisión de ponerlo justo al frente de un lienzo tan silencioso y apartado.

Lo llamaban Arnoldo, el fino, con su mujer .

Felipe II lo había heredado de su tía, Margarita de Austria, quien, a su vez, lo recibió de Diego de Guevara.

Este último había sido paje en la corte de Felipe el Bueno, escudero de Carlos el Temerario, maestro de hotel de Juana la Loca y mayordomo de Carlos I.

Uno de esos hombres, en fin, que iba de palacio en palacio y, fuera de servir a los poderosos de los reinos, coleccionaba obras de arte.

La variedad del mundo y Arnoldo, el fino, con su mujer se contemplaban pues desde una distancia de pocos metros.

El tríptico siempre estaba abierto y era una de las pinturas más visitadas del Alcázar Real.

Pero la pareja de burgueses flamencos también atraía las miradas.

Eran un hombre y una mujer que se tomaban de la mano en una habitación secreta.

De pie hacían un juramento de fidelidad delante de dos testigos.

Estos últimos emergían, como presencias espectrales, de un espejo que había detrás de los esposos.

La escena era apacible. Todo lo que sucedía se murmuraba con una transparencia única.

Pero ese todo pertenecía a las coordenadas de lo innombrable.

Fuera de los dos testigos, que presenciaban el matrimonio desde el espejo que traspasaba el tiempo, había un perrito a los pies de los protagonistas y un par de zapatos de invierno maculados por el barro.

Había también unas naranjas maduras al lado de una ventana por donde se introducía el fragmento de un día opaco.

Y una lámpara con una de sus bujías encendida.

Y unos muebles cuyo color rojo irrigaba el cuarto de nostalgia y daba a entender que el embarazo de la mujer era el fruto de un vínculo leal.

Las dos pinturas, aprovechando la soledad de las noches frías del Alcázar, se contemplaban.

Arnoldo, es verdad, miraba hacia abajo con cierta languidez, mientras elevaba su mano derecha para jurar.

La otra recibía, entre tanto, la de su esposa.

Ella observaba el signo prometedor de un futuro estable con la seguridad de quien se sabe amada.

Pero ¿quién podría afirmar que la inmovilidad de las imágenes, cuando se trata de miradas, es decisiva en las pinturas?

Porque, desde el lado de La variedad del mundo , dos personajes se atrevían a desviar sus ojos hacia el sitio donde estaban los recién casados.

Como si con ese gesto levantaran un puente hasta la intimidad de la alcoba vagamente iluminada.

En la parte central del tríptico, hacia abajo y a la derecha, aparecía el único personaje ataviado en la desnudez generalizada del jardín.

Señalaba tal vez a su esposa que, a sus pies, miraba una manzana que su mano había tomado.

El hombre, con cierta malicia, les decía a Arnoldo el Fino y a su mujer que él era el único que había pintado la felicidad que embarga a los seres humanos cuando ellos desconocen el paso del tiempo y la pesadez de la historia.

Y estaba el hombre árbol cuyos ojos melancólicos iban dirigidos también hacia la pequeña tabla de los enamorados.

Con un rictus amargo de la boca, afirmaba, así fuera incapaz de mover la cabeza, que un amor de esa índole, respetuoso y tierno, jamás podía ser parte de los ámbitos del infierno.