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Al morir el duque de Alba, parte de la herencia pasó a manos de Hernando de Toledo, su hijo bastardo.
Este había nacido de una relación que su padre, en tiempos de la soltería, tuvo con una joven molinera.
Hernando, que heredó de su madre el garbo y la simpatía, se ganó desde temprano el afecto de su progenitor.
Cuando alcanzó la edad necesaria, fue compañero y consejero en las misiones políticas y militares.
Felipe II estimó esta lealtad y lo honró con varios títulos.
Lo hizo prior de Castilla y de León, virrey de Cataluña, capitán de la provincia de Entre Duero y Miño y consejero de Estado.
Hernando de Toledo estuvo, además, en el lecho de muerte de su padre, en Tomar, y se encargó de los funerales.
Enterado de las obras de arte dejadas por el descendiente del duque de Alba cuando este también murió, Felipe II envió a sus hombres para que se informaran sobre ellas.
Por esos años, el monarca escudriñaba los rincones de Europa tras las pinturas más preciadas y las reliquias más extrañas.
Las salas de su palacio en el Escorial debían llenarse de formas y colores para expulsar de su seno el vacío abismal que dejaba la ausencia del imago.
Comitivas de humanistas iban y venían por los monasterios y castillos rastreando lo que podía colmar la sed religiosa y artística del rey.
La que sopesó las obras de Hernando de Toledo, en Madrid, fue tan entusiasta en sus comentarios que el mismo Felipe II decidió ir a la subasta para mirar lo que habría de comprar.
Primero quiso ver el tríptico en soledad.
Durante el tiempo que estuvo encerrado con él, nadie dijo una palabra en las inmediaciones del recinto.
La orden había sido que se guardara el más férreo de los silencios.
Vestido, desde las zapatillas hasta su bonete, de un negro categórico, el monarca entró con pasos lentos a la sala.
Se aproximó a la pintura y los ojos apesadumbrados, dueños del azul de los aceros, se llenaron de los paisajes y las multitudes.
El verdor del paraíso lo colmó. Gozó de la amplitud luminosa de los días iniciales y de la desnudez de la primera pareja antes de que se envileciera con la degustación del placer.
Por un momento, la mirada siguió los cabellos ensortijados de Eva.
Supuso que su condición era la de la ninfa y no la de la virgen.
Se sintió atraído por la estructura enhiesta de la fuente, que poseía algo de verga erguida.
Como si una voz interna le reconviniera por el símil, se encontró con el búho que lo oteaba desde un círculo inquietante.
Y se dejó arrastrar por las gentes que jugaban, entre la inocencia y el desafuero, con su propia desnudez.
El monarca no sabía qué pensar mientras pasaba de una escena a otra.
Hasta que, al entrar en los suplicios de la parte derecha de la obra, comprendió que el infierno era la más cierta posesión de la humanidad.