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Entre los bienes confiscados de Guillermo de Orange estaba el Tríptico de la creación .
La pintura, como otros objetos artísticos de relevancia, fue trasladada a España.
Así se evitó que el frenesí de la turba, en caso de que entrara al palacio, la destruyera.
La obra era un mueble discreto cuando estaba cerrado.
Pero, al abrirlo, dejaba ver su encanto ineludible.
Al duque de Alba, cuando lo vio, le pareció que poseía vínculos no con la herejía calvinista, sino con cultos propios de las comarcas distantes de la fe verdadera.
Aunque, apoyado en las valoraciones de quienes sabían de arte, el español lo tomó como una de las piezas más llamativas de su nuevo patrimonio.
A la vieja usanza, libros, pinturas, estatuas y joyas pasaron de unas manos a otras por causas de la guerra.
El futuro del tríptico, diferente al de quien lo había pintado, se forjó entonces un nuevo itinerario.
Embalada en un contenedor, la pintura se condujo a un barco de galeras.
Antes había esperado unas jornadas en una bodega del puerto de Amberes, entre el ir y venir de los estibadores, envuelta en las noches por el frío húmedo del invierno.
Hubo como un festejo, por el estropicio de la música y las voces de los marineros, cuando la llevaron a la embarcación.
Resultaba insólito que una pintura de esta clase fuese transportada en una nave que olía a zahúrda y cuyo destino era combatir en las batallas que el imperio español mantenía con sus enemigos.
Alguien se dio cuenta, no obstante, de que había una confusión.
Los estibadores no sabían dónde ubicar la carga.
Decían unos que debía ponerse al lado del palo mayor.
Otros, junto a los cañones. Otros más, cerca del trinquete de la proa.
Revisaron los documentos de nuevo y en tendieron que, en efecto, había un yerro.
El tríptico fue llevado otra vez a la bodega y esperó unos días para que un galeón, más acorde con su posición, lo transportara a España.
Fue una travesía especial. La embarcación navegó por las aguas del Mediterráneo que, como si se hubiera impuesto una pausa en el retumbar de los cañones, estuvieron mansas.
El firmamento gozó de un azul límpido y, en las noches, el vaivén de la nave estuvo ritmado con tanta lisura que cualquier calamidad de la naturaleza parecía lejana.
En la bodega, vigilada por varias antorchas, la pintura se preservó de la carcoma y el moho con aromas de romero.
Allí había también una serie de cajas de haya —de esta madera estaba hecho, asimismo, el contenedor que protegía la obra de Jheronimus Bosch—.
Eran los libros de las confiscaciones de Bruselas y Amberes.
Muchos de ellos llevaban imágenes. Xilografías y grabados que habían sido impresos con el minucioso esmero de los tipógrafos flamencos.
Otros habían sido escritos por Erasmo de Rotterdam, hombre de letras y teólogo cuyas ideas coqueteaban sospechosamente con la apostasía.