El jardín del mundo 5
67%

5

El duque de Alba llegó a Bruselas para controlar el caos social y la desobediencia de los flamencos.

Pero no fue enviado por Felipe II para negociar, sino para escarmentar.

Desbarató, de entrada, los pactos que Margarita de Parma —la regente española que él desplazó— había establecido.

Presionada por la dimensión de los eventos y las peticiones de los líderes protestantes, ella pudo establecer algunos acuerdos que favorecían la libertad religiosa.

Actuó así porque su carácter era conciliador y pensaba que no había mejor camino que el diálogo.

Convino, a partir de sus negociaciones, que era necesario detener y ejecutar a varios líderes de las revueltas callejeras.

El parecer de Calvino y sus dirigentes señalaba que las imágenes que representaban al Dios de los católicos no había que destruirlas, sino simplemente quitarlas de los espacios públicos.

Pero, frente a la cuestión religiosa, Felipe II se erigió en Flandes como el más intransigente de los reyes.

Su compromiso, que nada ni nadie quebrantaría durante su largo mandato, era impedir la irrigación de la herejía y castigarla con severidad.

Por ello mismo, creyó que la persona indicada para hacerlo era Fernando Álvarez de Toledo, el duque de Alba.

La política del duque, al llegar a Bruselas, fue clara: corazón abierto para los obedientes, mano dura contra los insumisos.

Tal apertura, sin embargo, jamás se realizó.

Desde un principio, desoyendo los consejos de Margarita de Parma, reestableció los designios del rey.

Instaló el Tribunal de los Tumultos, llamado por los flamencos «el barracón de la sangre», y desde él sembró el pánico en toda la región.

Hizo entender, amparado por su ejército de mercenarios, que todos los habitantes de Flandes eran sospechosos de insubordinación y apostasía.

La vigilancia se tornó opresiva. Las detenciones y confiscaciones de bienes fueron el pan cotidiano.

Las condenas no pararon. Miles de personas fueron obligadas a tomar el camino del exilio.

Para sostener a sus batallones, el duque había elevado los impuestos de la población sometida.

Su encarnizamiento alcanzó a los más altos señores de la nobleza, entre ellos al conde de Egmont y al de Horn, ejecutados por azuzar la herejía y la asonada, y a Guillermo de Orange, quien debió huir despojado de todos sus bienes.

La orden de Álvarez de Toledo fue que se levantara, finalmente, una estatua suya en Amberes.

En esta ciudad, uno de los centros de la sublevación, se había firmado antes el acuerdo de la libertad para el culto calvinista, eliminado tajantemente por el duque.

En una de sus plazas se puso la estatua del español y en la base de piedra —que habría de ser orinada por los gatos, cagada por los perros y denigrada por los mendigos— se escribió una leyenda: «Al duque de Alba que extirpó la sedición, redujo la rebelión, restauró la religión, afianzó la justicia e instauró la paz».