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Pero antes de aquella confiscación, estalló la furia iconoclasta.
De una fracción del calvinismo partió la orden.
Había que destruir toda imagen que representara a Dios, porque Dios y su visibilidad significaban idolatría.
Y a esta causa se añadía otra. Las regiones de Flandes estaban hartas del imperio español y de la Iglesia católica.
Exhaustas de los impuestos elevados que las autoridades de Felipe II exigían para financiar sus guerras.
Sus élites se sentían exasperadas ante el poder de los clérigos que, en vez de ayudar a los pobres, pagaban grandes cantidades de dinero para el lujo de sus iglesias y conventos.
Irritadas de ver en los puestos del poder no a los señores de su tierra, sino a los voraces funcionarios de España.
Enfurecidas, por último, de las asechanzas de la Inquisición contra los seguidores del nuevo cristianismo.
Los diques de las leyes no pudieron contener el resentimiento colectivo.
Las revueltas iniciaron en Saint-Omer y en Steenvoorde.
Luego se propalaron, como un polvorín, por Gante y Amberes, por Ypres, Tournai y Valenciennes.
Sobre iglesias, conventos y monasterios se precipitaron las turbamultas.
Estaban armadas de palos y picos, de hachas y garrotes.
Los nobles flamencos no intervinieron para detener los motines porque sus peticiones, entre las que se encontraba la de reducir las persecuciones religiosas, habían sido pasadas por alto por el monarca español.
En lugar de ellos, milicias urbanas y grupos de maleantes se encargaron de conducir el torrente popular.
Las iglesias fueron saqueadas de pinturas, estatuas y sillerías.
A las primeras las quemaban. A las segundas las decapitaban.
A las terceras las astillaban con martillazos.
El tropel cogía las escaleras para subir a los lugares más elevados de la devoción religiosa.
Allí amarraban con las sogas las estatuas de los santos para arrojarlas al piso.
La rabia era tanta que algunos escupían y meaban y lanzaban sobre los escombros las heces tomadas de los canaletes.
Si Jheronimus Bosch estuviera vivo habría llorado frente al enardecimiento ciego del pueblo.
Y habría sentido impotencia al saber que muchas de sus pinturas, ubicadas en los coros y en las capillas —las torres de Babel, las arcas de Noé, los Jonás y las ballenas, los infiernos y los san Antonios—, terminaron siendo pasto de las llamas.