El jardín del mundo 3
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Los reinos de Europa no tardaron en encenderse.

La chispa propiciatoria fue Dios. O, mejor dicho, las formas en que los hombres se aproximaban a él.

En un sector de la Iglesia fluía desde hacía años, como un cauce ardoroso, el descontento por el despilfarro, la corrupción y la represión con que las autoridades religiosas controlaban la fe.

Era inaceptable que los mensajes del amor al prójimo, la paz entre los hombres y el renunciamiento a las riquezas materiales, enseñados por los Evangelios, estuviesen en manos de un grupo de burócratas siniestros.

Esos mismos que comían manjares exóticos, dormían en lechos holgados con sus amantes, vestían mantos de lujo, bendecían armas y cerraban negocios con los banqueros para acrecentar sus fortunas.

El descontento violento del pueblo y la respuesta brutal de las altas jerarquías se expandió como la peor de las pestes.

Ni la inteligencia ni el tacto de los más sensatos pudo frenar la devastación.

Fueron años tenebrosos en los cuales Dios asumió la faz de un mensajero más del mal.

Porque si era difícil albergar una esperanza en su misericordia y su bondad, mucho más lo era depositarla en la criatura humana, que se creía la única capaz de encauzar sus mandatos y detener el desorden generalizado.

El odio hacia los hombres dio entonces paso al odio hacia las imágenes.

El tríptico de Jheronimus Bosch, pese a que en sus escenas infernales reflejaba lo que ocurría en la realidad, guardaba silencio.

Estuvo clausurado en el palacio de Bruselas hasta que murió su propietario.

Fallecimiento que ocasionó un vaivén en el asunto de las herencias familiares.

La pintura pasó, primero, a René de Châlon, único hijo de Enrique de Nassau, quien tuvo un vínculo aguerrido y leal con el emperador Carlos I de España.

Pero Châlon murió pronto en combate, en el asedio de Saint Dizier.

Sus propiedades, por efecto de los testamentos nobiliarios, se trasladaron a manos de su sobrino, Guillermo de Orange.

Se ignora qué opiniones mereció a estos dos señores la obra de Jheronimus Bosch.

Quizás no tuvieron el tiempo necesario para verla en medio del fragor de sus vidas.

En todo caso, la rebeldía de Guillermo de Orange contra el dominio español en los estados flamencos hizo que el tríptico saliera de su mutismo palaciego.

No fue una salida de honor, sino el fruto de una confiscación vulgar provocada por la guerra.

Ahora bien, la contumacia de Guillermo de Orange surgió de una lenta y desesperada metamorfosis.

Educado para ser un representante del emperador español en Flandes, Guillermo escaló vertiginosamente en los puestos políticos y militares.

Carlos I no quería a los protestantes, quienes iniciaron su expansión en aquella parte de Europa guiados por las ideas de Lutero y de Calvino.

Pero los respetaba y fue indulgente en su trato.

Felipe II, al sucederlo, se distanció de esta política y emprendió una represión implacable contra los nuevos herejes.

Guillermo de Orange se indignó ante semejante persecución.

Él, que había sido formado en Bruselas por clérigos católicos tocados por las ideas de Erasmo de Rotterdam, y que defendía la libertad religiosa, terminó siendo el principal enemigo de España.

Felipe II, consciente de que su imperio debía fundarse en el freno de esa libertad pecaminosa, decidió ponerle precio a la cabeza de su enemigo.

Y, al mismo tiempo, lo despojó de sus tierras, de sus palacios y de su patrimonio.

Huyendo y buscando apoyo en los reinos de Flandes, Orange constató que, a lo largo de las batallas que iba perdiendo, la guerra la ganaría España.

Pero también entendió que su nombre quedaría como un símbolo perdurable de la resistencia ante el invasor.