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El Tríptico de la creación —así lo llamaba Jheronimus Bosch— permaneció varios meses en el taller, a la espera de que su dueño mandara a recogerlo.
Felipe el Hermoso había fallecido sin pagar la totalidad del costo.
Las causas del deceso del monarca, decían los rumores, eran varias.
El incidente había pasado en Burgos, donde el joven regente negociaba herencias con Fernando el Católico, su suegro.
Felipe había jugado a la pelota y, luego de tomarse un vaso de agua fría, se tropezó con la muerte.
Se rumoraba, asimismo, del envenenamiento por parte del suegro, nada afecto a que un flamenco dicharachero, además de buen mozo y sagaz, metiera sus narices en las acaudaladas herencias españolas.
Algunas hablillas, por otro lado, señalaban la peste.
En pocas horas, fiel a su costumbre, la enfermedad se había encargado de parar los arrestos del noble.
Y cómo olvidar a quienes ponían la lujuria y los banquetes continuos como las raíces de esa temprana muerte.
Enrique III de Nassau, enterado del pago no efectuado, se interesó en el tríptico.
Quería aderezar su matrimonio con una pintura que tratara los asuntos del amor.
Aquel speculum nuptiorum tan promovido en las clases elevadas y susceptible de guiar en la senda de la vida conyugal.
Nassau pretendía hacer de su palacio en Bruselas un lugar donde confluyera lo más granado del arte.
Más que las empresas políticas, a él le interesaban las artísticas y, por tal motivo, estimulaba la pintura en los reinos gobernados por él y su familia.
Nassau era un hombre de cuerpo membrudo y carácter expansivo.
Lo inspiraba el buen humor y proclamaba sin mayores rodeos que los placeres de la vida eran preferibles a las mortificaciones de la muerte.
Un día, después de asistir a una de las reuniones en la Cofradía del Cisne, de la cual era uno de sus integrantes más reputados, decidió visitar el taller de Hertogenbosch.
Quedó atónito cuando vio el tríptico y no vaciló en pagar lo que faltaba.
Incluso, incrementó la suma de dinero, gesto que Jheronimus Bosch agradeció con largueza.
A Nassau le atrajo, en principio, la gran cantidad de personajes.
Era como si toda la humanidad fuera convocada a los tres paneles.
Pero concluyó que, a pesar de las escenas del centro, terminaba imponiéndose un carácter moralizante en el vidente.
En tanto felicitaba al maestro por haber realizado obra tan extraordinaria, dijo que las imágenes entre más deleitaban más enseñaban.
Y es que, para las cuestiones de la mundanidad y el didactismo, Nassau era una persona que sabía interpretar lo que veía.
Una mañana de invierno, varios hombres sacaron la pintura del taller.
Junto a la puerta estaban las dos criadas de Aleid, que se habían asomado para curiosear.
Provenientes de la plaza de Hertogenbosch, un corro de viandantes presenciaba los esfuerzos de quienes ponían aquel armatoste en el carruaje.
Por fortuna, se había tomado en cuenta la solicitud de Jheronimus, ya que no era una simple carreta la que iba a transportar el tríptico.
Lo amarraron con fuerza y lo cubrieron con mantas de lana colocando en sus flancos almohadones protectores.
El pintor subió al carro con Schmitt para verificar cada detalle relacionado con la seguridad de la obra.
Hasta percibió que en el interior del vehículo había una especie de tibieza grata y se lo agradeció al cochero con un apretón de manos.
Cuando desapareció el carruaje de la vista, un gran peso se desprendió de su cuerpo.
Algo fundamental se había ido de su espíritu y Jheronimus se sintió vacío.