El jardín del mundo Cuarta parte #11
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Cuarta parte #11

En Madrid pasó unos días más. Pagó lo que había quedado debiendo a don Fernando de Vargas por el hospedaje en la casa de San Ginés.

La suma era más simbólica que otra cosa.

El anfitrión le dijo, incluso, que no había necesidad de hacerlo.

Pero José Diego se negó. Don Fernando vestía con su usual circunspección lóbrega.

Portaba la golilla blanca y los anillos de plata y oro en los dedos largos como cuchillos.

Era un hombre de comentarios que parecían chispas en medio de la elegancia de su atavío negro.

José Diego lo apreciaba por todas sus intermediaciones.

Creyó una especie de deber familiar, ya que el sistema de las encomiendas unía a su familia con la de él, transmitirle su decisión de no seguir al mando de las propiedades de su padre.

La encargada, precisó el indiano, sería su hermana, de la cual don Fernando tenía el mejor de los conceptos.

Ella, como su hermano, recordó el español, serían siempre bienvenidos en Madrid.

José Diego, ante su hospitalidad, se atrevió a hablar del nuevo rostro de la ciudad que se le había revelado.

Don Fernando sonrió con bonhomía socarrona.

«Estaba vuesa merced tan sumido en la parte radiante de Madrid que la otra le pasó desapercibida», dijo.

Y agregó con el debido respeto: «Estar enamorado, querido amigo, es delicioso, pero es ver el mundo a través del sortilegio y el engaño».

Se dieron la mano para despedirse y culminaron en un abrazo.

Permanecieron unos instantes sintiendo cada uno el cuerpo del otro.

José Diego estaba conmovido y tenía los ojos humedecidos.

Fernando le palmoteó los hombros y lo animó citando a su muy leído Miguel de Cervantes: «El Nuevo Mundo es el refugio y amparo de los desilusionados en España».

A lo cual José Diego hizo un rictus de amargura y sonrió.

Antonio Martín, por su parte, le obsequió en la despedida una copia del manuscrito sobre sus cuatro pintores admirados. El maestro opinaba que, de sus propias pinturas y retablos, desperdigados por algunas casas y capillas de Madrid, no quedaría mayor cosa.

«El olvido», sentenciaba, «es el más fiel compañero de las obras de arte».

Pero juzgaba que el libro que había escrito podría conservar su frescura con el paso del tiempo.

Creía que, al lado de los manuales serviles de la pintura, como el de Francisco Pacheco bajo las órdenes de la Inquisición, sus interpretaciones oteaban de un mejor modo el porvenir.

Lo de Pacheco lo seguían los aprendices de pintura en todo el imperio porque había datos, consejos, explicaciones interesantes que orientaban en el descubrimiento de la pintura.

Pero un manual así carecía de lo esencial de la actividad que ambos realizaban.

En ninguna de sus páginas se asomaba la palabra libertad o algo que se le pareciera.

Y no existía porque para Pacheco y sus patronos quien debía modelar el arte era la obediencia a la religión.

Para Martín no había una divisa más estrecha.

El arte debía respetar la tradición. Esta era una de sus esencias porque una pintura sin pasado era una pintura descarriada.

Pero desconocer el rostro de lo nuevo y sus circunstancias impredecibles significaba desposeerlo de su más alto encantamiento.

Con todo, atendiendo los consejos de Pacheco, algunos pintores habían logrado expresar la belleza.

Pintando temas requeridos por la Iglesia, relacionados con la devoción exigida al feligrés, supieron definir lo sublime y crear imágenes de lo indecible.

Y esa también era una de las formas de cultivar la libertad.

Acatar la orden y, mientras se creaba entre la vigilancia y la represión, no decaer un instante en la búsqueda de la epifanía.

Mejor dicho, y esta resultaba siendo la enseñanza que había dejado Diego de Velázquez, se podía ser servil en el trato con los otros, pero hacer lo que se quisiera en la factura de su propia obra.

José Diego escuchó esa última velada con el silencio atento del discípulo.

Estaban solos en el taller. Tomaron una sopa de migas y tomate, comieron las consabidas aceitunas de Campo Real y apuraron un vino de Castilla, que el maestro había comprado para la ocasión.

Hablaron de las pinturas amadas, de la comunicación continua y problemática entre la metrópoli y sus reinos, de los secretos que develaban los colores, hasta que los sorprendió el alba.

Un gallo cantó y a su canto sucedieron otros más lejanos.

Preludiaban la llegada de la luz y las últimas y definitivas palabras que diría Antonio Martín.

En algún momento —ya la claridad se había diseminado por el taller como un manto tibio—, el maestro tomó las manos del discípulo.

José Diego las sintió vigorosas en su aspereza.

Allí, amalgamados en la piel, se percibía la frecuentación de los pigmentos, los aceites y las maderas.

Mirándolo a los ojos, Martín le dijo: «Caro Diego, la libertad y el amor han estado y estarán juntos.

Nunca se tornan caducos porque son el motor incesante de toda creación.

El precio de mantenerlos intactos es temerario.

Vuesa merced ha perdido lo más fundamental de la vida y sólo os quedará la evocación del amor, que es otra forma de poseer al que se ha ido.

La amargura os acompañará como una impronta adversa, pero espero que haya de suavizarse con el paso de los años.

Quiero pediros, con todo, que recordéis algo esencial.

Nuestro oficio no es nada si no está fundado en la rebeldía.

Ella no existe afuera, como ambos lo sabemos.

La han sabido expulsar los emisarios de la Iglesia y los príncipes y reyes que gobiernan desde la guerra.

Infausta ella y maldita la otra. Pero así sea ardua de encontrar en el exterior, la rebeldía podéis plantarla y cultivarla en la propia morada.

Sé que vuesa merced ya ha recogido su semilla.

Por ello creo que el propósito de mi enseñanza se ha cumplido.

Ahora lleváosla para vuestro reino. Ese que tantas veces me ha sido descrito como el reflejo de la amplitud y el deslumbramiento.

Y procurad que ella os dé fuerzas para seguir viviendo».