El jardín del mundo Cuarta parte #10
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Cuarta parte #10

Aquel era, en verdad, un mundo sin tiempo.

Y este no existía porque los descendientes de Adán y Eva lo destruían a través del juego interminable de sus cuerpos.

José Diego se detuvo unos instantes para detallar aquella lúdica libertaria con sus encantamientos.

Y donde ponía los ojos se le develaban el misterio y su sentido improbable.

Se preguntaba, a la vez, para qué buscar claves en donde no era necesario.

De qué servían los signos y sus significantes ante el espectáculo de lo diverso y la indagación de la totalidad.

Los hombres vivían anclados en la interpretación y las categorías, sitiados por sus relieves vaporosos como si estos fueran un bosque de espesura impenetrable.

Mientras que en el jardín no había entrado la pesadez de la crítica, ni la vaguedad del análisis, ni la imposición de la verdad.

Pero lo que lo hizo copiar algunas escenas fue la visión del infierno.

Reconocía la fascinación que el jardín central ejercía en Ana Micaela.

Porque ella, y esto lo corroboraba ahora con más claridad, pertenecía al dominio del juego y de la luz.

Él se sentía, en cambio, más atraído por la faz umbrosa de la existencia.

El matiz oscuro que ondeaba en el averno, con los rasgos rojos y amarillos de sus incendios, le pareció tan magnífico como insufrible.

Miraba, aterrado, a los pecadores condenados a vagar sobre puercas hondonadas.

Veía los demonios con cara de rata, pájaro y halcón y creía oír sus aullidos detenidos en la tabla.

Lo que reprodujo con rapidez, consciente de que en cualquier momento vendrían a decirle que el tiempo de la visita había terminado, fueron las torturas musicales.

El laúd cárcel. El tambor mazmorra. El arpa suplicio.

La enorme oreja que era atravesada por un puñal como si se estuviera afirmando que el peor de los castigos era el auditivo, puesto que el estropicio sin sentido era su único mensaje.

Mientras copiaba lo que Ana Micaela nunca copió, concluía que el infierno no estaba en el más allá de la muerte.

Ni siquiera sus escenas correspondían a los sueños de una humanidad abrumada por sus males físicos y mentales.

Las torturas y puniciones pertenecían a la vigilia del viejo mundo.

Y ahí estaban, para demostrarlo, aquellos que caían alienados ante los dados y los naipes.

Los que buscaban con ansiedad el placer en los garitos y burdeles.

Quienes comían en exceso y defecaban lo mismo.

Los prelados que descifraban las sagradas escrituras para tejer un abanico pútrido de consideraciones.

Y los que iban a la guerra portando los estandartes de un reino o de un imperio y terminaban presenciando cómo sus propias vísceras eran devoradas por demonios y alimañas.

El monje no había aparecido y José Diego, con el cuaderno repleto de los esbozos, creyó que ya era de noche.

Pero vio la luz del día por una de las ventanas cercanas y tuvo la seguridad serena de que la noche aún estaba distante.

«¿Lo ha visto todo?», le preguntó de pronto el sacerdote.

José Diego dijo que no lo sabía. «Su merced comprenderá que esa tabla no se termina de ver ni mucho menos de entender», agregó.

El sacerdote giró para mirar la obra y precisó que el cuadro del madroño le resultaba excesivo y que prefería la sobriedad de otras pinturas.

En silencio, se encaminaron hacia la salida de la basílica.

Con una inclinación deferente, se despidieron.

Cuando José Diego iba saliendo, un coro de voces niñas cantaba un aleluya y su eco, transparente y glorioso, se diseminaba por doquier.