Cuarta parte #9
José Diego pensó que se toparía con un lugar luctuoso.
A los objetos, en efecto, los envolvía una especie de recogimiento entristecido.
Pero el aroma suavizaba el duelo. El sitio estaba lleno de cangilones de diferentes tamaños sembrados de flores.
Había claveles, dalias, rosas y amapolas.
Doña Sancha le pidió que se sentara en una de las poltronas.
Él dijo que no quería molestar y que su destino era llegar al Escorial antes del anochecer.
La mujer solicitó un poco de paciencia porque lo que iba a entregarle era sólo de él y de nadie más.
José Diego guardó silencio pese a que el corazón le había dado un vuelco.
Y tuvo que sentarse en uno de aquellos muebles que tenían en su espaldar las oscuras fauces de un lobo.
Era un libro grueso y de tamaño mediano que se titulaba Poesías de don Garcilaso de la Vega .
Al tomarlo en sus manos, el indiano reconoció su falsedad.
Hecho de madera de ciprés, a su lomo lo cubría un diseño enrevesado de florecillas de lis y hojas de acanto.
Recordó que Ana Micaela le había hablado varias veces del poeta.
De sus viajes por Europa y África luchando en batallas tumultuosas contra los infieles.
De la muerte en un combate interrumpiendo de golpe la que pudo haber sido la obra más excelsa de la poesía española.
De sus sonetos y églogas en los que se expresaba la cuita del enamorado frente a la ausencia permanente de la persona amada.
En los instantes de la intimidad compartida, Ana Micaela había acudido a versos que a él le parecieron todavía más bellos cuando ella los recitaba con su seseo delicioso y las jotas levemente agitadas por el ansia.
José Diego, sin abrir el libro, se atrevió a decir que agradecería por siempre a doña Sancha el gesto de obsequiarle las poesías de Garcilaso que tanto quería Ana Micaela. La mujer se quedó mirándolo a los ojos.
Replicó que allí no había ningún poema de Garcilaso.
Acaso un verso y nada más. Aprovechando que el libro era una caja vacía, su hija había ocultado allí sus propios escritos.
«¿Es un diario entonces?», preguntó José Diego conmovido.
«No», respondió doña Sancha, «acaso sean poemas, pensamientos, un soliloquio dividido, en realidad no sabría decir qué es».
Él preguntó si los había leído. Ella volvió a sostenerle la mirada con algo de arrojo.
«Poseen», pensó José Diego, «el mismo destello de los de Ana Micaela».
«Empecé, lo confieso, pero no fui capaz de terminar», respondió la mujer sin denotar rubor o incomodidad alguna.
«Creo que es vuesa merced quien debe leerlos».
El indiano se quedó pensativo. El silencio de la tarde, instalado en aquella sala, se interrumpió con el rebuzno de un asno lejano.
Ambos comprendieron que esos resoplidos tristes marcaban el fin del encuentro.
José Diego se levantó sosteniendo el libro con firmeza, se inclinó ante doña Sancha y salió.
Al día siguiente, en la mañana, se dirigió al Escorial.
A la luz del velón de la posada donde pasó la noche, había leído los escritos de Ana Micaela.
La sucesión de los textos breves y el poder de sus palabras claras y precisas no le afectaron el sueño.
Le hicieron dormir, al contrario, con un relajamiento inesperado.
Acompañado por el eco de algunos de esos escritos, que eran como glosas de El jardín del mundo , subió al caballo.
Mientras el palacio iba agrandándose ante sus ojos, divisó las montañas de la sierra.
Eran secas y peladas, así en sus alrededores hubiese fuentes de buena agua rodeadas de peñascos cárdenos.
Los monjes jerónimos fueron apareciendo progresivamente.
Algunos hablaban con los campesinos y pastores.
Otros, sentados en lajas aplanadas, leían libros devotos.
Unos más conversaban con los viandantes y orientaban a los jinetes y los cocheros que llegaban.
Después, ante un sacerdote de edad provecta, José Diego presentó la carta de recomendación que le había conseguido don Fernando de Vargas.
Le dijeron que debía esperar porque era necesario diligenciar el permiso.
Esto demoraría un rato ya que la persona indicada para otorgarlo se ocupaba en menesteres de la biblioteca.
José Diego preguntó si podía visitar entre tanto la basílica.
La vez pasada, por la premura del encuentro con Ana Micaela, no lo había hecho.
Sabía que allí estaba uno de los retablos más notables del imperio y él, cuya profesión dependía de esos artefactos, quería aprovechar la espera.
El monje dijo que bien podía hacerlo. Se acercó para indicarle el camino y José Diego sintió el rastro descompuesto de su aliento.
Atravesó el zaguán situado bajo la biblioteca.
Las piedras del patio de los Reyes eran severas y el roce con la intemperie las llenaba de años.
En su mitad se perfilaba una hendidura por donde emergía el olor de las cloacas.
Una leyenda contaba que en ese punto exacto se ahondaba una de las entradas al infierno y que Felipe II, para exorcizar semejante apertura, había mandado construir el templo.
Pero decían que el olor, en vez de desaparecer con la edificación, se había acrecentado.
Cuando ascendió las escaleras, oteando en el arriba las esculturas de los seis reyes de Judá, la pestilencia desapareció.
José Diego palpó una de aquellas columnas toscanas buscando con ello asir algún relieve del poder.
Al entrar a la basílica, se despojó del sombrero, cuidando que las plumas de pavo real no se estropearan.
Como nunca iba armado, no dejó nada en ninguna parte.
En el coro lo que empezó a prevalecer fue una humedad espesa calentada por el fuego de los cirios.
En tanto avanzaba hacia la capilla mayor, José Diego recordó a Juan Perucho y se preguntó cómo un credo de místicos harapientos y profetas magros, que caminaban descalzos por territorios infértiles, repeliendo la riqueza material y denunciando la codicia y la ambición, había desembocado en esta fastuosidad cortesana.
Entonces lo vio. Era tan alto que parecía rozar el infinito.
Como cualquier retablo, estaba empotrado en el fondo de la nave.
Se dividía en tres cuerpos y un ático. En él todo era riguroso y, a la manera italiana, melancólicamente espléndido.
El espacio que lo delimitaba se desvanecía para que la mirada se topara con el más allá.
José Diego pasó del matiz broncíneo de las esculturas y del jaspe sanguíneo de las columnas a un azul impoluto.
La visión lo conmocionó, las piernas le flaquearon y tuvo urgencia de arrodillarse.
Pensó, prosternado, que el orden y la simetría del retablo eran sus atributos más extraordinarios.
Cuando le pasó la turbación y se limpió con la manga del jubón los ojos llorosos, el horizonte de la majestuosidad fue dando lugar a la insinuación de los detalles.
Estuvo mirando, desde la banca donde se había sentado, los lienzos del martirio de san Lorenzo, la flagelación del Señor y el Jesucristo con la cruz a cuestas de Federico Zuccaro.
Eran pinturas de un acabado admirable, pero no lo asombraron del mismo modo que el retablo.
Dibujó en su cuaderno las estatuas de los cuatro evangelistas de Pompeo Leoni, ubicadas en los extremos del segundo cuerpo.
Alguien, de pronto, le tocó el hombro. Era el monje, que decía que ya podía pasar a los antiguos aposentos reales.
José Diego reaccionó como si hubiera sido sorprendido en un acto íntimo.
Guardó el cuaderno con premura y bajó la cabeza porque se había sonrojado.
Con el clérigo apenas compartió unas pocas palabras.
A José Diego le incomodaba la fetidez desprendida de su boca.
Tomaron hacia el lado izquierdo del presbiterio de la basílica y llegaron a la que había sido la habitación de Felipe II.
En ese tramo, José Diego vio con sorpresa, porque no los había visto en su primera visita, a niños barriendo los pasillos y limpiando las ventanas y las puertas, y a hombres negros cargando fardos de sábanas y llevando canastos de vituallas.
Más adelante, al frente del cuarto del monarca, encontraron el de la infanta Isabel Clara.
En la galería de esta última seguía expuesto el tríptico.
Esta vez a él le pareció más pequeño. De entrada, percibió que el espacio donde se movía el vidente era una circunstancia que la pintura creaba a su arbitrio.
El monje le hizo una señal con las manos para que avanzara y lo dejó solo.
La multitud parecía ser la causa de la confusión que desplegaba la pintura.
Tantos personajes —el modelo de un hombre y una mujer reproducidos hasta el vértigo— impedían la comprensión del mensaje de la obra.
Como si ella se hubiese realizado para que fuera observada e interpretada mil y mil veces más sin ofrecer una clave definitiva.
José Diego podía hacer un recuento de todos los personajes, pero la manera en que estaban allí —individuales, en pareja o agrupados— les otorgaba un no sé qué de extravío perpetuo.
Ana Micaela prefería la parte central en la que el jardín se manifestaba.
«Ahí está expresada», decía ella, «como en ninguna otra obra, la felicidad de los hombres».
Pero ¿en qué residía la singularidad de esa dicha?
, le preguntaba José Diego. Y ella respondía que en la ausencia de todo límite.