Cuarta parte #8
«¿Y si me hubiera quedado en Sevilla?», se preguntó José Diego mientras salía de la plaza Mayor y se enrumbaba hacia la plaza de la Cebada.
Suponía, como si esto fuese un escudo que podía protegerlo de la horrible Madrid, que en Sevilla reinaba el buen gusto de los azulejos y la frescura de las fuentes.
Su opulencia arquitectónica se notaba hasta en el trazado de las cárceles y los burdeles.
Sobre ella se deslizaba el río Guadalquivir cuyo nombre era como decir un poema de agua y alfanjes confabulados.
En la Sevilla que él había recorrido lo árabe otorgaba siempre un singular prestigio.
Bullía de talleres donde retablos preciosos eran tallados para que fueran conducidos y puestos en las iglesias del Nuevo Mundo.
De Sevilla, cómo olvidarlo, era Juan Bautista Vázquez, el autor del retablo más entrañable de la catedral de Tunja.
En Sevilla a los indianos se los trataba con un mayor respeto y una más grata indulgencia.
Abundaban en la ciudad y había una especie de hermandad americana que capoteaba bien los obstáculos provenientes de los españoles.
Su tío Ricardo León le había dicho, citando a Lope de Vega, que Sevilla era el valor del mundo y el humano cielo.
La tierra de Jauja, copiosa en calles y en ornamentaciones de plata y oro de las Indias.
Si José Diego se hubiera quedado allí, su formación habría sido tal vez más plena y habría intervenido de un mejor modo en el ir y venir de los retablos y las tablas al óleo que desde hacía más de un siglo se daba entre Sevilla y Santafé, Cartagena y Tunja.
Pero estas elucubraciones se esfumaron al recordar lo dicho por Antonio Martín de que un pintor en España, así fuese el principal del Alcázar Real, poseía menos estatuto que un bufón, ganaba menos que una menina y comía en la cocina las sobras con la servidumbre.
Y cómo pasar por alto que Sevilla, se lo había dicho don Fernando de Vargas, era como el paraíso de todos los facinerosos.
Delincuencia en la que los indianos no faltaban.
En cualquier parte al transeúnte se le robaba y estafaba.
«Te saludan cordiales, te hurtan tus pertenencias y van apurándote el puñal», opinaba por su lado Martín, que descreía de toda propaganda pía en torno a las colectividades humanas.
Y sentenciaba: «Donde hay dinero, como en Sevilla, hay putas y ladrones a granel».
Era como si José Diego se espabilara porque caía en la cuenta de que su existencia, lo que sabía y amaba, lo perdurable y refrescante, se había fraguado en Madrid compartiendo con algunos de sus habitantes.
Emergían las figuras de su protector y de su maestro que, cada uno a su modo, lo habían conducido hacia Ana Micaela.
La veía a ella, vivaz y luminosa, surgiendo tras la sucesión de los días y las noches al otro lado de la puerta de la casa del taller.
Y se veía a sí mismo abriendo esa puerta sin saber que entraba por ella el amor de su vida.
Como la primera vez que había ido al Escorial, José Diego decidió alquilar un caballo.
Suponiendo que enfrentaría un desaire más, se encaminó a la propiedad de los López.
No perdía nada. Acaso podría escuchar aspectos nuevos sobre los últimos días de Ana Micaela.
Así la recordaría con mayor precisión en caso de que allá alguien quisiera hablar con él.
Partió de la calle de La Quimera temprano en la mañana.
Desde su llegada, se había alojado en la casa de Antonio Martín, quien intentaba consolarlo con su plática atravesada de comentarios irónicos.
José Diego quería ver de nuevo El jardín del mundo y rendir una especie de tributo no a Jerónimo Bosco, sino a la mujer que había muerto.
Precavido, obtuvo de Fernando de Vargas una recomendación para que lo dejaran entrar al palacio del Escorial.
Si miraba de nuevo la obra, creía, iba a tener más fuerzas para regresar a su reino americano.
Tomó el Camino Real de Valladolid. El primer tramo estuvo lleno de coches, carretas y jinetes.
Pero, a medida que fue dejando atrás los dominios yermos que rodeaban a Madrid, el viaje se hizo más acogedor.
Cuando iba acercándose a las estribaciones de la sierra de Guadarrama, gozó de la condición de ser el único transeúnte por un largo trecho.
Hacia el collado de Villalba, en una encrucijada señalada por tres chopos centenarios, se desvió por la dehesa.
Los bosques de quejigos brillaron de verdor entre la tonalidad ambarina de las bellotas.
El horizonte se tramó de grandes encinas.
Estaban puestas allí para estimular la mirada y lanzarla a la contemplación maravillada de sus follajes.
Una de ellas, la más anchurosa de ramas, obligó a José Diego a detenerse.
Agradecido por el árbol, parecido a una divinidad portentosa, se resguardó bajo su sombra.
Luego, los montes de la sierra de Guadarrama fueron apareciendo por uno de los flancos.
Tener tan cerca a estos seres ondulados lo embargó de una impresión de libertad.
Pero esta se interrumpió cuando se vio frente a los linderos de las fincas del Monesterio y del Campillo, que años antes habían pertenecido a Felipe II.
Incómodo por saberse en predios de familias poderosas, preguntó a un carretero, que transportaba gallinas, por la casa de Íñigo de López.
Como el sendero que conducía a la propiedad no estaba lejos, José Diego aminoró el ritmo y dejó que el caballo descansara.
La casa era rústica y de una sola planta.
Dos ventanas resguardadas de hierro se situaban a cada lado de la puerta.
Era la herencia que don Íñigo había recibido de sus padres y estos de los suyos.
Un manojo de generaciones, propietarias de la morada, retrocedían hasta los tiempos en que la España cristiana había combatido contra los ocupantes islámicos.
José Diego tomó al animal de la brida y, como no vio a nadie, avanzó hasta la entrada.
Pintada de verde, la puerta era de roble y estaba claveteada.
En el dintel, como una flor pétrea, se había tallado el escudo del apellido López.
En la calidez tranquila de la tarde, el neogranadino siguió el diseño que enaltecía el linaje.
Vio el casco de la armadura medieval coronado por gruesas plumas amarillas y rojas.
Estas se prolongaban hacia los lados formando en su descenso los contornos de la heráldica.
En el centro rectangular estaban los dos lobos de cuya ferocidad, asociada al origen romano, descendían los exponentes de esas familias diseminadas por España y el Nuevo Mundo.
José Diego sonrió con tristeza al suponer qué hubiera pasado si en vez de ser un Vargas, su apellido fuera el de Ana Micaela.
O qué hubiera pasado con los descendientes de ambos en caso de que se hubiesen casado.
Nada distinto a lo que había ocurrido porque el continente americano, por su lejanía y su barbarie, habría ensuciado la supuesta pureza de esos inicios lejanos.
Con estas divagaciones, José Diego aumentaba la extrañeza que sentía frente al asunto de la dignidad de los apellidos y su trasunto en títulos, certificados y escudos pomposos.
Ajeno a la jactancia que estas representaciones del poder conferían, él no se había interesado en escudriñar mucho su estirpe.
Era consciente de que los privilegios que poseía en el Nuevo Reino de Granada estaban enraizados en la España que él amaba pero que desde hacía un tiempo comenzaba a repudiar con fuerza.
En eso consistía, entre otras cosas, ser un español urdido en los márgenes del imperio.
Dejó de mirar los lobos ubicados a los pies de los dos pinos de sinople porque escuchó detrás los pasos de alguien.
Al voltearse, un hombre viejo, cargado con utensilios de arar, le preguntó en qué podía servirle.
Se presentó quitándose el sombrero. Precisó que era un pintor proveniente del Nuevo Reino de Granada y dijo que buscaba al señor López.
El propietario, se le respondió, había salido hacia Madrid.
«¿Y doña Sancha de Mejía se encuen tra?», preguntó sin albergar esperanza de que la mujer estuviese allí.
Pero el sirviente aprobó con la cabeza, descargó los utensilios y le pidió que esperara.
Doña Sancha conservaba el luto cuando apareció antecedida por el sirviente.
Se veía más baja porque esta vez no tenía los chapines con que había atendido sus visitas en la casa de Madrid.
Esos chapines —José Diego hizo la repentina asociación— que la hacían cercana a los condenados a la hoguera evocados en las pértigas del auto de fe.
Quizás por esta asociación se inclinó ante ella respetuosamente.
El mayordomo había desaparecido mientras transcurría el saludo.
A pesar del negro apretado de la saya entera, de las mangas largas y la mantilla que tapaba el cabello, había algo de fresca simpatía en la madre de Ana Micaela.
José Diego creía, de hecho, que este rasgo de su carácter era lo que los había aproximado.
A solicitud de la señora, dieron un paseo por el jardín.
Fue una caminata poblada de silencios. Doña Sancha, mientras iba formando un manojo de claveles blancos, recordó que a su hija le gustaba llenar la casa de flores.
«Eran la expansión de su alma», dijo la madre.
José Diego consideró que ese era un acertado distintivo de la mujer que seguía amando.
De pronto, en algún momento, doña Sancha dijo que tenía algo para él.
«¡Ah! ¿Diríase que su mercé me esperaba?
», preguntó José Diego. «Por supuesto», respondió ella.
«Tarde o temprano sabía que iba a venir.
Sólo albergaba la ilusión de que estuviésemos solos».
Y, con una mano, lo invitó a entrar a la casa.