Cuarta parte #7
Fue como si se le hubiera caído un velo.
Aunque José Diego, en el colmo del desencanto, iba comprendiendo que no era ninguna novedad.
Simplemente veía lo que siempre había estado allí.
Se sintió burlado por ese otro perfil de Madrid y se avergonzó de su propio candor.
Porque, más inobjetable que cualquier otro elemento de la ciudad, se le presentaron los pícaros.
Infinita fauna de ciegos con su lazarillo, de prestidigitadores y estafadores, de aguadores y esportilleros.
Y junto a estos surgían quienes daban más estridencia a toda esa vocinglería: los músicos ambulantes, los pregoneros y vendedores de alfileres, los figoneros, los cortadores y los alcahuetes.
Las chusmas de mendigos, que eran las más ubicuas, exponían sus lepras de verdad y sus llagas de mentiras y sus hinchazones reales y sus tullimientos simulados.
Había desalmados que alquilaban niños para martirizarlos y vivir del sufrimiento ajeno.
O que los enceguecían con fuego, o los lisiaban a punta de garrotazos para ponerlos a pedir limosna en las puertas de las iglesias.
Antes, José Diego creía que unos y otros merodeaban sólo por San Ginés, por la puerta de Guadalajara, por la plazuela de Herradores y por el Lavapiés.
Ahora se los encontraba en todas partes.
Mal olientes y andrajosos, regurgitados a la capital del imperio por sus guerras aparatosas, llenaban el vacío de las horas jugando a los naipes, haciendo filas para pedir comida en los recintos de la caridad, armando aquí y allá la camorra y el jaleo.
Y reacios a trabajar no por la precariedad de los pagos, sino porque creían que cualquier labor les envilecía la honra o la prosapia que decían tener.
Oprimido por esta hampa parlanchina, José Diego se daba a la fuga.
Pero giraba por una esquina, convergía en una plazuela, se introducía por alguna travesía que veía sin nadie, y terminaba estrellándose con las otras muchedumbres.
Las que iban detrás de un canónigo y adoraban la imagen de una virgen dolorosa o de un santo martirizado.
El murmullo de los rezos, como una cantinela insufrible, le torturaba los oídos.
Los capirotes, lóbregos y puntudos, le erizaban, como en la infancia de Tunja, los vellos de la espalda.
Y es que él rechazaba, y más aún en aquellos días de gran desengaño, cualquier aceptación beata del padecimiento.
No quería saber nada de la sumisión, ni de la resignación, ni de los golpes de la mea culpa , ya que todo esto impedía que una humanidad siempre sufrida tuviera su diminuto goce de felicidad terrestre.
Con Antonio Martín había conversado varias veces sobre la religiosidad propagada por España a la manera de una teatralidad variopinta.
Para el maestro de Medellín todo eso no era más que una parafernalia del martirio llevada a la luz pública para afirmar una fe.
Una fe extravagante en un judío que había sacrificado su condición divina para redimir los pecados de los hombres.
Allí, en ese hombre humilde y esa fe, existían un consuelo y una esperanza plausibles.
Porque, desde el principio de la vida hasta el fin de la muerte, se vivía por y para el dolor y resultaba necesario un apoyo procedente del más allá.
El problema era que a esa credulidad fogosa y a sus manifestaciones la vapuleaban la vigilancia, el castigo y una obcecación sin pausa por hundirse en la desgracia.
Su maestro lo previno de no introducirse en aquellos desfiles insuflados por el fanatismo.
Pero José Diego, desatendiéndolo, terminaba en ellos atraído por las variaciones del color y de la forma.
Ahora que se las volvía a encontrar, no podía negar que semejantes representaciones del suplicio lo imantaban.
Permanecía ratos largos ante los hombres que se ponían coronas de espinas.
Frente a las mujeres que se golpeaban los pechos macilentos.
Junto a adolescentes cenceños que ofrecían sus tórax y espaldas marcados por la autoflagelación.
«¡Pobres desdichados!», se decía José Diego.
«Arrepentidos porque caminan y respiran, porque comen y beben, porque orinan, defecan y fornican, porque sueñan e imaginan».
Y es que él, guiado por Magdalena Chía, había entendido que no había pecado en disfrutar la desnudez con los sentidos.
Recordaba cuando Ana Micaela le decía que esas gentes que vestían de negro todos los días portaban encima de sus carnes ramas de espinas para sofrenar cualquier atisbo de molicie.
Hasta que una tarde, como un preámbulo al término de su último recorrido por Madrid, se topó con una escena callejera.
Parecía un cuadro de los que pululaban en las iglesias de la ciudad.
Era un hombre de elevada estatura, con barba rala y ademán resignado, que miraba hacia arriba con ojos suplicantes.
Allá, junto al Dios misericordioso que lo contemplaba, estaban también los ojos de José Diego.
Las rodillas eran dos llagas sanguinolentas.
En los brazos y costados, descubiertos por los guiñapos, irrumpía la misma carnosidad putrefacta.
Y tras ella iban las bocas de un par de ancianas que lamían la herida para alcanzar la salvación.
Los pasos culminaron en la plaza Mayor. Desde allí José Diego había iniciado su correría por Madrid y en ella terminaba.
La verdad fue que se dejó arrastrar por lo que tantas veces no quiso observar.
Un denso rumor se escuchaba desde la distancia.
Llegaba hasta los alrededores de la puerta de la Vega, donde José Diego había visitado la casa en la que Ana Micaela se le había entregado.
La construcción, que atisbó desde afuera, le pareció ahora desahuciada.
La cerca de Madrid, por ese lado, estaba hecha con ladrillo y argamasa y bardada con zarzas y cambroneras.
La gran puerta sellada y la desidia de esos límites lo atribularon.
Se irritó aún más cuando, como un puñetazo, le llegó una vaharada de aguas sucias.
Entonces fue a la plazuela del Cordón y dio vueltas en torno al convento donde Ana Micaela había vivido sus últimos días.
Pasó por la puerta Cerrada y desembocó en la calle de Toledo.
El rumor se acrecentó. Una fuerza superior a su voluntad lo fue ganando progresivamente hasta que llegó a la plaza Mayor.
Allí transcurría un auto de fe en un tablado diseñado para la ocasión.
José Diego pensó en una gigantesca feria.
En una misa campal. En un desfile solemne y macabro en el que confluían todos los estamentos del poder.
Y no le costó saber que había llegado, por fin, al centro del horror.
Los señores de la nobleza y sus mujeres permanecían sentados y en un orden que los atavíos foscos hacían aún más riguroso.
La servidumbre femenina, tocada de bonetes grises, se ocupaba de los invitados más niños.
En el centro estaba el rey, de salud frágil y musculatura enclenque, con su esposa y su progenitora.
Debajo de ellos el gran inquisidor, circundado de sus altos prelados, se apoyaba en un báculo inmenso.
El hombre, sin embargo, era pequeño y menudo.
A su izquierda, sobre las gradas, se distinguía un horizonte de golillas blancas.
Delante había una multitud de tonsurados.
A la derecha, en el sitio donde esperaban los reos, sentados con gesto de orgullo oportunista, estaban los familiares de los funcionarios de la Inquisición.
Quienes serían ajusticiados se veían coronados con gorros estrafalarios y portaban sambenitos y corozas en los que se habían plasmado torpemente las llamas y los textos condenatorios.
Se notaban las huellas sórdidas de la tortura en los rostros de los culpables.
Los ojos irritados, los pómulos lívidos, las bocas reventadas, los cabellos ensopados y revueltos.
Por último, del gentío brotaban muñecos de madera, trajeados con los mismos atuendos de los prisioneros presentes, que se sostenían en pértigas altísimas.
Remitían a los pecadores ausentes y a los que, amparados por una suerte milagrosa, habían logrado huir.
José Diego se ubicó cerca de los asnos que, más tarde, llevarían los condenados a las afueras de la ciudad.
Allá, próxima a una de las grandes puertas donde se hacían las hogueras, la plebe celebraría el fuego capaz de limpiar los pecados o conducir a los infiernos.
El olor del estiércol, por fortuna, lo alejó del que se desprendía de los incensarios, pues la esencia de aquella santidad a José Diego le daba náuseas.
«Prefiero mil veces la bosta», pensó, y permaneció un rato junto a ella, presenciando una dinámica de castigos en la que los victimarios expresaban sin ningún obstáculo su dominación despiadada y las víctimas recibían el peso de sus leyes inclementes.
En ocasiones, a las sentencias sucedían los cánticos.
A los chasquidos y silbidos, los aplausos y las exclamaciones.
Entre una catarata de rezos, que era como un zumbido torturante, se pronunciaron las condenas.
Y luego de que el toque de las campanas señaló la culminación del auto, sobrevinieron más insultos.
José Diego miró a un par de muchachos. Tenían atadas las manos y eran llevados a las carrozas.
En sus rostros lampiños y amoratados clamaba, como un estigma vergonzante, el pecado de la sodomía.