El jardín del mundo Cuarta parte #6
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Cuarta parte #6

Entre una versión y otra, José Diego reconstruyó los últimos días de Ana Micaela.

Doña Sancha narró la pesadez diaria del claustro con sus ayunos, rezos y labores manuales.

Vicenta del Carmen se refirió a la palidez del rostro, a las mejillas macilentas y a las ojeras prolongadas.

También dijo de los papeles que escribía.

Las cartas a José Diego fueron interceptadas por la abadesa del convento, obediente a las órdenes de don Íñigo.

La clausura se había vuelto insoportable.

Ana Micaela era expansiva y alegre y, siendo educada en la holgura y el mimo, hubo de protestar por las exigencias rudas del encierro religioso.

Vicenta contó, asimismo, las pretensiones que tenía su ama, cada vez más acuciosas, de escaparse del convento.

No había peor cárcel, ni más aciago destino, que desatender el llamado del amor.

La cotidianidad del convento era la mayor afrenta al deseo vital de Ana Micaela.

Pero, al darse cuenta de que su intransigencia hacía los días más intolerables, terminó aquietándose.

Al mismo tiempo que comenzó a ser sumisa, se dio a indagar en los caminos de la fuga.

Reconoció que había horas sin nadie y ligeras pausas en la rigurosidad de las faenas conventuales que se podían aprovechar para llevar a cabo el plan.

Ana Micaela se dio cuenta de que escaparse por la puerta principal era imposible porque cerca estaba la puerta tornera y esta permanecía vigilada a toda hora.

En la capilla de las misas y los rezos no encontró ningún pasadizo alternativo.

En la cocina y en el comedor colectivo, como en las salas de costura y las otras actividades manuales, tampoco había sendas salvadoras.

Durante las horas de luz, debido al flujo permanente de las residentes del convento, era improbable tramar cualquier escape.

Hasta la medianoche se extendía un control riguroso de quienes regían el convento.

Pero en los instantes que anticipaban el alba, entre las tres y las cuatro de la mañana, Ana Micaela comprobó que del corredor de su celda hasta el solar, donde estaba la huerta, no había nadie.

Allá estaba el laurel que ascendía hasta más arriba del muro.

Ana Micaela escalaría ese árbol, se deslizaría hacia aquel muro y saltaría al otro lado, donde Vicenta del Carmen la aguardaría acompañada por uno de sus hijos.

En la fase inicial, el plan consistía en esconderse en la casa de la puerta de la Vega.

Cuando la acechanza de los hombres de don Íñigo de López perdiera intensidad, las dos mujeres tomarían rumbo hacia Sevilla y de ahí al puerto de embarque.

No podía ser más atrevido lo que se proponían.

Alguien, en su sano juicio, se arredraría ante un horizonte semejante.

Pero Ana Micaela era imbatible en su resolución y estaba convencida de que entre el encierro de la condena y el afuera de la libertad, así este poseyera relieves adversos, prefería el segundo camino.

Con el dinero que su madre le había dado, y que guardaba consigo la criada, se pagarían los gastos del viaje.

Juan Perucho, contactado por la criada, las acompañaría hasta Sanlúcar de Barrameda.

Y lo demás, la seguridad hasta llegar a Tunja, dependería de la voluntad de Dios.

Vicenta del Carmen la vio aparecer en la tapia a la hora prevista.

Atravesó en compañía de su hijo la calle y se colo caron abajo para recibirla del mejor modo.

El joven sostenía un farol y la sirvienta el albornoz con que cubriría a su ama.

El coche, conducido por Perucho, estaba aparcado cerca de la plaza de la Villa, a una distancia adecuada para no despertar alarmas en tiempos en que eran usuales las evasiones de esos sitios.

Se veía fácil descolgarse del muro hasta llegar al suelo.

Pero Ana Micaela, que no se había quitado el hábito al treparse al laurel, se enredó con las piernas y, al intentar pasarlas al otro lado de la pared, hizo un movimiento torpe.

Entonces cayó de espaldas al vacío. La criada, en la media luz del amanecer, no pudo contener el grito.

El muchacho, lanzando el farol a un lado, intentó detenerla con los brazos, pero no pudo.

La joven se golpeó el cráneo y tuvo una muerte instantánea.

En el rostro, hermosamente demacrado por las noches sin sueño, los ojos abiertos a un día imposible, se perfiló un gesto de aterrada perplejidad.

José Diego lo primero que hizo, al arribar a Madrid, fue visitar la tumba.

Estaba en la iglesia de San Justo, próxima a la residencia de los López.

Procuró hablar con don Íñigo, creyendo que el dolor los acercaría un poco, pero el padre permaneció incólume en su desprecio.

La muerte de su hija lo había cimbrado en un orgullo todavía más plúmbeo y sólo quería separar de su vida, definitivamente, la presencia del indiano.

Varias veces, incluso, se le había atravesado la idea de deshacerse de él.

Pero el código hijodalgo de su moral se lo impidió.

Los padres, sucedido el fallecimiento de Ana Micaela, habían decidido trasladarse a la casa situada en el camino al Escorial.

José Diego, por su parte, y ante ese repudio sin tregua, imaginó también una venganza.

Madrid era una ciudad de malandros. Mandar a matar a alguien no costaba mayor cosa, así los asesinados fueran personas notables.

Unos pocos maravedíes bastaban para que alguien surgiera de las tinieblas y ultimara de una estocada al que se comportaba indebidamente.

Al funcionario de la corte que le era infiel a su esposa con una o dos o tres queridas.

Al joven linajudo, ebrio de aventuras, que se metía con mujer ajena.

Al obispo en busca de adolescentes imberbes.

Al anciano, miembro de alguna orden seglar, capaz de gastar una fortuna por horadar un himen doncel.

Y estos ajusticiamientos pocas veces sucedían en aposentos privados.

Al contrario, se disparaba en las plazas y las fuentes cuando la gente bailaba y cantaba.

El puñal emergía en el alboroto de los mentideros y en las naves de las iglesias.

Y era raro el amanecer en que no se encontrara el cadáver desangrado de quien había traspasado los códigos morales del deseo.

Aquellos crímenes de Madrid alcanzaban su límite cuando los esbirros, acompañados de un sacerdote, le decían al futuro muerto que le obsequiaban la suerte de confesar sus pecados.

José Diego había concebido un plan de retaliación.

Pero, al mismo tiempo, se había asqueado ante lo que su resentimiento tramaba.

Tenía una pugna permanente entre aceptar su condición de amante fracasado y buscar una acción vindicativa que lo ayudara a capotear mejor su porvenir.

Buscó, en todo caso, a su llegada, a Jacinto Perucho y le pidió ayuda para cometer el desagravio.

Perucho sonrió con una mezcla de morriña y cansancio ante la solicitud.

José Diego había notado que, desde su último encuentro, la boca del gaditano se había desdentado aún más y el cuerpo mostraba señales de decrepitud.

«Vuesa merced sabe que encargos así son como pan comido para nosotros», dijo.

Divisó a sus compañeros que, a esa hora, merodeaban el templo, y precisó que por menos de lo que él pagaría se podía despachar al conde más encumbrado.

Jacinto, que había colaborado en el fallido escape de Ana Micaela, ahora pensaba que no valía la pena enredarse la vida en venganzas nocturnas.

No era cobardía, le aseguró. Quizás tenía que ver con la lasitud que consumía su cuerpo.

O con la conclusión de que, a pesar de la deshonra, no tenía sentido mancillar la conciencia con otra injusticia más.

José Diego, con una dolencia que lo menguaba, escaso de lumbre y despojado de esperanza, se lanzó una vez más a deambular por Madrid.

Tardó varios días en desasirse de su propia penumbra.

Pero cuando lo hizo, una nueva urbe se le reveló.

Una atravesada de huertos abandonados y llenos de maleza.

La asediada por casuchas miserables y cuyas edificaciones, construidas a la topa tolondra con materiales deleznables, propiciaban los incendios.

José Diego miraba y lo que encontraba no era la elegancia sobria de una superficie o el frenesí de un contorno arquitectónico, sino lo mustio y lo polvoriento desperdigado por doquier.

E, insoportable y aún más mísero, el olor de los quesos podridos, el de los licores avinagrados, el del orín del gato y el perro, el de la mierda de los caballos y los seres humanos.