Cuarta parte #5
Cercada por flamas, que le volatizaban cualquier pensamiento y conjetura, fundida en un grato placer, ella le pidió que entrara de nuevo.
Abrió las piernas y él se acomodó para que la penetración fuese progresiva.
Entonces fueron sintiendo que el tiempo se ampliaba y el espacio desaparecía.
La cama, de repente, se desguarneció en su madera por la agitación de los movimientos.
Las paredes de la casa comenzaron a venirse abajo.
Madrid entera, con sus iglesias, palacios y conventos, inició también su derrumbamiento.
Era como un cataclismo que se suspendía para luego recogerse en una especie de implosión.
Desde esta brotaban las piedras y el ladrillo y el maderamen se desintegraba.
Ana Micaela y José Diego gritaron su desgarramiento feliz, uniéndose todavía más, como si el uno quisiera permanecer por siempre en el cuerpo del otro.
Estando ya en Tunja, el pintor se aferró a la idea de que su amor sería capaz de enfrentar cualquier obstáculo.
Pero esta pretensión, pese a su solidez, no tardó en quebrantarse.
José Diego pronto recibió un par cartas en las que Ana Micaela hablaba de sus decisiones.
En la primera, mencionó el convento del Corpus Christi.
Se había refugiado allí porque no había tenido otra opción al repudiar el matrimonio con certado.
En la segunda, explicaba su desesperación ante la magnitud de un encierro poblado de penitencias tortuosas.
Al final de esta segunda carta, ella se esperanzaba con el plan de escapar del convento y viajar al Nuevo Mundo con Vicenta del Carmen.
José Diego respondió pidiéndole paciencia.
Temía por la seguridad de las dos mujeres.
El tramo de Madrid a Santiago de Tunja estaba lleno de peligros.
Podían ser atacadas por los salteadores que iban y venían por los caminos.
Y el otro trayecto, el del mar, era demasiado largo para dos mujeres solas y en los barcos podían ser violadas por los marineros.
En las últimas líneas de esa carta, que nunca llegó a manos de Ana Micaela, José Diego prometía que iría a Madrid lo más pronto posible para buscarla y traérsela consigo.
María de las Mercedes aceptó ayudarle con los gastos para el nuevo viaje.
José Diego pagaría la deuda a su regreso.
Los contratos para hacer retablos y pinturas para las iglesias de la provincia de Tunja se avizoraban fructuosos.
Había uno para Hamacá. Otro para Boavita.
Uno más para Toca. Las gestiones con las comarcas de Vélez y Pamplona también se presentaban halagüeñas.
Eran encargos para pintar la pasión de Jesucristo y algunas escenas del Antiguo Testamento.
A José Diego le gustaban, por su fabulosa invención, los episodios del diluvio, de la torre de Babel, del paso por el mar Rojo.
No había que desconocer su inclinación por pintar vírgenes dando la leche de su seno al niño Jesús.
Estas vírgenes, desde un principio, las hizo tomando como modelo el rostro de Ana Micaela, o el de alguna indígena que veía en sus paseos por la ciudad y sus alrededores.
José Diego, por lo demás, evitaba pintar vidas de santos porque no creía mucho en ellos.
Fundado en las ideas de Erasmo y los iluminados, iba a misa los domingos y, en ocasiones, pasaba semanas sin hacerlo.
No acostumbraba a confesarse. Situación que, con el paso de los años, habría de ser más extrema.
En el taller de la calle de La Quimera se había hecho marcar, incluso, un anillo con la oración: «En Dios sólo confiar».
Único aro de plata que portaba en el dedo pulgar de su mano derecha.
En su fuero interno, además, descreía del culto excesivo a las reliquias, por ser depositarias de supersticiones ridículas.
Y su lectura de los textos santos se concentraba sólo en los Evangelios.
Estas lecturas las realizaba en castellano y no en latín, puesto que creía que el mensaje de Cristo podría llegar a más lectores en las traducciones a las lenguas vulgares.
Convencido del mensaje del teólogo de Rotterdam expresado en su Querella por la paz , José Diego practicaba un pacifismo categórico.
Casi todos sus familiares, amigos y conocidos en Tunja y Santafé se le burlaban en las narices cuando él exponía sus ideas sobre las bondades de la paz y glosaba las alianzas pantanosas entre los emisarios de la palabra de Dios y los guerreros.
Pero como era un pintor que cumplía con los requisitos exigidos por sus clientes, las cosas no iban más allá de discusiones a puerta cerrada.
Sus pinturas las hacía para diferentes comitentes.
Allí no sólo estaban los ámbitos clericales.
En Tunja algunos señores importantes también requerían decoraciones profanas para los salones y habitaciones de sus casas.
De tal suerte que José Diego, al principio de su nueva estancia en la ciudad, y para atender tantas solicitudes, había abierto un taller en la calle del Escribano.
Fue un período de muchísimo trabajo, porque sus propuestas de pintar en las moradas privadas jardines con animales exóticos de Europa, África y Asia, y mezclarlos con los del Nuevo Reino de Granada, habían sido aceptadas por sus dueños.
Pero antes de partir hacia Madrid, José Diego recibió una nueva carta.
Pernoctaba en Santafé, en vísperas de la salida para Honda.
Quien le escribía ahora era Antonio Martín.
Al quebrar el lacre, que cerraba el papel, un escalofrío lo invadió.
La epístola era breve. En palabras cargadas de dolor y tristeza, el maestro contaba el trágico fin de Ana Micaela de López.
A José Diego se le nublaron los pensamientos cuando comprendió lo que había leído.
La cabeza se le acaloró y luego fue como si la hoja fría de un puñal entrara en su cerebro.
El mensajero, que le había entregado la carta, quiso sostenerlo, pero su ayuda llegó tarde.
José Diego perdió la conciencia y se derrumbó.
Antonio Martín narraba de oídas. A la manera de un eco despedazado, los hechos habían llegado a su casa de la calle de La Quimera.
El maestro, por su lado, había tratado de que don Íñigo de López no interrumpiera el aprendizaje de su hija en las técnicas del dibujo.
En una misiva respetuosa, realzó el talento de Ana Micaela para las artes y ponderó su inteligencia.
Pero don Íñigo, despectivo ante cualquier respuesta, se mantuvo inflexible en su decisión.
Solicitado por su discípulo, Martín había concertado un encuentro con Fernando de Vargas.
Esa vez conversaron en el taller sobre las posibles maneras de morigerar el comportamiento de un padre que era más áspero en la medida en que el amor de los dos jóvenes crecía.
Tanto Fernando de Vargas como el maestro pintor concluyeron, como ya lo había propuesto la madre de Ana Micaela, que lo mejor era ser prudentes y esperar.
Y así se lo aconsejaron a José Diego cuando este viajó al Nuevo Reino de Granada.
Pero, ante la muerte de Ana Micaela, aquella prudencia le pareció al americano lo peor que pudo haber hecho.
José Diego se recuperó del primer impacto generado por la noticia, y lo que sucedió en los días siguientes fue el inicio de un resentimiento amargo.
Desconsolado, concluyó que él y todos los demás estaban errados, y que sólo Ana Micaela tuvo y tendría por siempre la razón.
Porque la única posibilidad, justamente por sus alcances temerarios, debió haber sido la huida juntos de Madrid.
Y más tarde, el viaje hasta Sevilla, protegidos por Jacinto Perucho y sus compañeros.
El matrimonio allí y, con el permiso de la Casa de Contratación, en caso de que este fuese necesario, el traslado al Nuevo Reino de Granada.
En algún momento lo cimbró la vacilación.
¿Para qué regresar a Madrid cuando de la ciudad había desaparecido su más alto sentido?
Muerta Ana Micaela, era como si todo lo que favorecía la comunicación entre Europa y América se hubiera desvanecido.
Los caminos y los puentes. Las tarabitas y los barrancos.
El gran río de la Magdalena y sus embarcaciones.
El océano con sus días de quietud y de vientos fuertes.
Aquel derrotero, que había enlazado con vigor dos territorios distantes, se evaporó ante José Diego y tomó la apariencia de un desplazamiento absurdo.
Sopesó su ímpetu y comprendió que carecía de él.
En el pecho la opresión se le fue instalando y empezó a llorar.
Era el llanto del fracasado, del impotente, del desolado.
En la posada de Santafé maldijo su tibieza y el ridículo convencimiento de sí mismo.
Se avergonzó de su orgullo neogranadino y de su pacifismo fácil.
No supo cuántas veces despotricó contra la altivez de los españoles, que lo medían todo desde una honorabilidad rancia y represiva.
Sin embargo, al final de aquella noche sin sueño, fue emergiendo algo distinto en su conciencia.
Las lágrimas se le secaron y se llenó de una calma extraña.
Entonces entendió que su única obligación, para con su amor malogrado, era volver a Madrid.