Cuarta parte #4
Esta cordialidad, tejida entre ambos, fue una de las razones que lo llenaron de esperanza cuando él tuvo que volver a Santiago de Tunja.
Doña Sancha lo despidió diciéndole que lamentaba la muerte de su padre, pero que el destino debía ponerse en manos del Señor.
«Desde aquí, vuesa merced», le prometió, «haré todo lo posible para que Ana Micaela lo acompañe.
Si ese es el deseo de mi hija, no habrá mayor insensatez para nosotros que oponerse a su voluntad».
Y es que, con la actitud de don Íñigo, el amor apasionado de los dos jóvenes había crecido con fuerza.
Ana Micaela enfrentó varias veces a su padre diciéndole que nada ni nadie la separaría de José Diego.
Pero, aconsejada por su criada y su madre, acató las primeras prohibiciones del señor de la casa.
Aceptó no verse con José Diego por un tiempo.
Dejó de ir, incluso, al taller de Antonio Martín, que era el sitio donde había iniciado todo.
Simuló obedecer estas imposiciones porque sabía que, a veces, podía violar el cerco que la rodeaba.
Cerco que fue haciéndose más asfixiante en la medida en que don Íñigo ordenó vigilar los movimientos de su hija.
Adonde fuera Ana Micaela con su dama de compañía, había un guardia cerca.
El culmen de la crisis sobrevino cuando se organizó el casamiento con el viejo agricultor del Escorial.
La conjunción del sitio que guardaba El jardín del mundo con un hombre al que la joven repelía le incrementó la indocilidad.
La madre intervino para apaciguarla. Pero doña Sancha, al justificar el comportamiento de su hija ante don Íñigo, se vio sometida a una decisión tiránica.
Lo único que pudo decirle doña Sancha a su esposo fue que aquel matrimonio planeado con tanta obcecación provocaría una desgracia en el porvenir de su hija.
Esto se lo había dicho con voz firme y mirando los ojos fríos de don Íñigo.
Pero doña Sancha había sido educada para la sumisión y terminó doblegada ante la voluntad férrea de su esposo.
De tal modo que la represión del uno y la resignación de la otra suscitaron en la hija un resentimiento intenso.
Ana Micaela no comprendía que su amor por José Diego pudiese generar un rechazo tan radical.
Pronto la ternura y el respeto hacia sus padres comenzaron a desmoronarse.
Y una de las formas en que se dio este cambio fue a través de un silencio inamovible cuando estaba frente a ellos, que se interrumpía, con llanto e injuria, al verse a solas con Vicenta del Carmen.
Las peticiones de diálogo que José Diego le hizo al señor López fueron negadas.
No hubo poder humano ni divino que permitiera un acercamiento entre los dos hombres.
El neogranadino envió mensajes escritos.
Tocó varias veces el gran portón de la casa sin que se le permitiera entrar.
Finalmente, por la intermediación de don Fernando de Vargas, doña Sancha acudió al palacio de la plaza de la Paja.
Pero esa vez fue sola. El señor de Vargas se incomodó con la ausencia de don Íñigo, que, según su esposa, había tenido que hacer un urgente viaje de negocios.
José Diego preguntó ansiosamente por qué Ana Micaela no había venido.
Doña Sancha habló de un malestar en la hija y, como vio que el indiano se impacientaba, lo instó a tranquilizarse.
Sugirió que lo mejor, en adelante, era que los dos interrumpieran sus encuentros.
Ella había permitido, arriesgando demasiado, que se vieran a escondidas.
Pero al darse cuenta de que el ambiente de su casa se había deteriorado tanto por las ansiedades de ese amor, aconsejaba la espera.
Este interregno fue aprobado también por don Fernando de Vargas.
Los enamorados, en cambio, lo aceptaron a regañadientes.
Fue en medio de este vaivén de solicitudes y negativas, y esperados encuentros postergados, que le llegó a José Diego la noticia de la muerte de su padre.
En una carta de María de las Mercedes, entregada por el mismo don Fernando, se pedía un regreso de su hermano a Santiago de Tunja.
Era menester resolver aspectos legales concernientes a la herencia familiar.
Ana Micaela, cuando se enteró de que José Diego debía regresar a las Indias, fraguó una cita.
Le hizo llegar a José Diego una misiva a la casa de la calle de San Ginés, a través de Vicenta de Carmen y Jacinto Perucho.
Este, sabedor de las cuitas de su señor, se había atrevido incluso a esbozar un plan temerario.
Para el gaditano las cosas no podían ser más claras.
Si no había unión de los enamorados por las buenas, se acudiría a las malas.
Proponía el rapto de Ana Micaela y la huida hacia América.
Él mismo, en compañía de algunos de sus compañeros de andanzas, garantizaría la protección de los dos en el itinerario.
José Diego, ante la magnitud de la oferta, la apartó sin vacilar.
Pero, ya establecido en Tunja y ocurridos los acontecimientos trágicos, lamentó no haberle hecho caso a Jacinto Perucho.
Todo pasó con la rapidez que provocan los atropellos del deseo.
Ana Micaela le propuso un lugar donde podían verse.
La casa de los alrededores de la puerta de la Vega se la había aconsejado Vicenta del Carmen.
Pero la sugerencia, en realidad, provino de doña Sancha.
Frente a las súplicas de su hija, la madre había aceptado que los jóvenes se vieran por última vez.
Se trataba de una de sus propiedades, que, por aquellos días, estaba al cuidado de un par de criados.
Era lo único y lo último que podía hacer para aquietar los tormentos de su hija y José Diego.
Si no había logrado convencer a don Íñigo, la vez en que habló de sus temores, al menos podía facilitar unos instantes para que ese par de enamorados desdichados se dijeran adiós.
Doña Sancha asumía las consecuencias del encuentro.
Y así se inclinara a pensar que su complicidad permitía un alivio, no desconocía que con su anuencia provocaría un incendio de los sentimientos.
Doña Sancha ordenó a la servidumbre, a través de Vicenta del Carmen, que dejaran entrar a su hija con su acompañante y que los dejaran solos por un rato.
Don Íñigo había salido en la madrugada a su propiedad del Escorial y regresaría tarde en la noche.
Como los guardias tenían órdenes de vigilarla y de impedir, con la violencia si fuera posible, la proximidad de José Diego, varios compañeros de Jacinto Perucho se encargaron de entretenerlos con cualquier escaramuza.
Así que, cuando el ama y la criada se dieron cuenta de que los guardias no las perseguían, tomaron el coche que las llevó hasta la calle de Santa Ana.
Desde allí caminaron con premura hacia la puerta de la Vega.
Esta se había clausurado, lo cual hacía que sus alrededores se vieran solitarios.
Vicenta del Carmen verificó que la habitación estuviera preparada como lo había ordenado doña Sancha.
Luego, mirándolos, entre solemne y risueña, les solicitó que fueran felices por esos breves momentos en que estarían juntos.
Ambos la besaron. Ella en la mejilla. Él en la mano.
Cerraron la puerta con cuidado, temiendo que el ruido de sus goznes despertara la sospecha de algún vecino.
La sirvienta se retiró al solar trasero.
Vicenta conocía bien esos dominios. Antes de ser criada había sido esposa en dos ocasiones y con sus maridos tuvo goces y desvelos.
Ahora les correspondía gozar y desvelarse a esas dos criaturas que estaban hechas la una para la otra, según su juicio.
Así lo entendieron ellos cuando se contemplaron en la completa desnudez.
José Diego la tomó de la mano y la hizo girar para observar mejor la forma de las nalgas, la curvatura de los senos, el ombligo coronado por una hilera de vellitos casi imperceptibles.
Pero antes de desvestirse se habían besado.
Las bocas se supieron embelesadas en la sensación de lo líquido y lo muelle.
Y cuando supieron que, por fin, estaban solos, protegidos de las asechanzas del afuera, se hundieron en los fuegos del deseo.
Al entrar en ella por primera vez, algo inesperado hizo que José Diego no se derramara con la torpeza del neófito.
Respirando profundo la acarició con una minucia renovada.
Con los dedos, con la nariz, con la lengua.
Enseguida aspiró los cabellos y evocó los de La Virgen de la leche de Berruguete.
Después pasó al rostro. Sus propias caricias le hicieron pensar que eran como un pincel que trazaba las facciones amadas.
Bajó por el cuello y se detuvo en los pezones sonrosados.
Mientras ella le acariciaba los muslos con la palma de las manos, él se dejaba llevar por la delicia.
Ana Micaela hizo un gesto de vergüenza cuando él le solicitó oler su pubis.
Le vino a la mente la ocasión en que sorprendió, desde la puerta entreabierta, a sus padres en la habitación.
Los había espiado preguntándose cómo podían hacerse esas cosas con tanta ropa encima.
Ahora, desnuda frente a José Diego, sentía pena por ellos.
Y, sobre todo, por doña Sancha, incapaz de asumir el amor como Dios la había traído al mundo.
De pronto, la vacilación y la vergüenza se le astillaron en mil pedazos ante aquella reminiscencia.
Ana Micaela, dejándose llevar por su amado, no sólo le dejó oler sus zonas íntimas, sino que permitió que le saboreara sus fluidos.