Cuarta parte #3
La muerte de su padre no lo había tomado desprevenido.
Desde antes de su partida a Madrid, don Honorio Vargas manifestaba las dolencias de la vejez.
Las torturas de la gota le impedían dedicarse en persona a cobrar los tributos encomenderos.
Y es que aquella mala salud y el desinterés del hijo en continuar sus negocios habrían de marcar un nuevo derrotero familiar.
José Diego, al saberse poco apto para estas administraciones, prefirió dejarlas en manos de su hermana María de las Mercedes.
Fue ella quien asumió la tarea de cobrar los reales o aceptar las mantas de algodón y lana, las gallinas y las verduras que los indígenas daban como tributo.
Don Honorio, vástago de los conquistadores de Tunja, había sido de esos súbditos que, beneficiado por ser la suya una encomienda otorgada por el fundador de la ciudad, Gonzalo Suárez Rendón, vivía en constante desacuerdo con la Corona.
La política de los reyes españoles, a partir de las denuncias de varios frailes, que señalaban la avidez de los encomenderos, era proteger a los nativos y preservarlos de la esclavitud.
De tal manera que los nuevos propietarios de la tierra se vieron ante ordenanzas que, de cumplirse adecuadamente, reducirían sus riquezas.
Aquel ancestro de José Diego se había sublevado, junto a los demás conquistadores del Reino de la Nueva Granada, dirigidos por Gonzalo Jiménez de Quesada, contra las leyes reales y exigía que los dominios indígenas le pertenecieran a perpetuidad.
José Diego sopesaba, contrariado, el celo de sus antiguos familiares.
Don Honorio se había ocupado de los indígenas velando por su bienestar material y espiritual.
Y en cuanto a las relaciones de su hermana con la servidumbre muisca, ellas se caracterizaban por la benevolencia y la caridad.
José Diego, en cambio, había decidido mantenerse al margen de esas tributaciones y, gracias a su talento para la pintura, logró que don Honorio aceptara su vocación.
Si su hijo quería dedicarse al arte y así favorecer la expansión de la fe católica por el Nuevo Mundo, lo apoyaría sin vacilaciones.
José Diego, más que nadie, era consciente de esa suerte de paradoja en la que se anclaba su vida y su oficio.
Por un lado, ser parte de una élite dueña de los territorios que antes habían pertenecido a los muiscas.
Y, por el otro, beneficiarse de una aristocracia venida a menos que luchaba por la permanencia de sus privilegios.
El pintor pensaba que la riqueza de los conquistadores era mal habida.
Y así hubo de planteárselo a su hermana, la vez que se reunieron para tratar el asunto de la herencia paterna.
Ella alegó ser parte de una descendencia honorable, de una valentía y una fe ejemplares, añadiendo que la ley de España los amparaba.
José Diego, apoyándose en las ideas esgrimidas por su maestro de Medellín, consideraba que las leyes eran un conjunto de artificios ideados para proteger a unos pocos y someter a la mayoría.
Y Dios, la Iglesia, los monarcas, en sus ilimitadas y santas sapiencias, actuaban como si fueran los garantes de ese orden de cosas.
Él, que había leído, no dudando de su veracidad, las denuncias de los frailes Antonio de Montesinos y Bartolomé de las Casas, que afirmaban que la conquista había sido cruel y devastadora, no discutió con su hermana.
Era consciente de que se necesitaría mucho tiempo para que el pasado de las Indias se justipreciara de otro modo.
Pero puso en claro que no quería entrometerse en el cobro de los tributos encomenderos.
Poseía el derecho, como hijo varón, de heredar las propiedades de don Honorio.
Y como ya no existían responsabilidades con la madre, y su hermana deseaba seguir administrando los bienes familiares, él no asumiría tales funciones.
Su única pretensión, en esto fue categórico, era vivir de su oficio.
A pesar de estas apreciaciones conflictivas, entre los dos hermanos había confianza.
Ante la muerte de doña Ofelia Castillo, cuando José Diego era una criatura de pocos meses, María de las Mercedes se ocupó de prodigarle afecto.
Él había crecido bajo su protección y también bajo los cuidados de Magdalena Chía.
Fue gracias a esta complicidad fraterna que José Diego contó su historia de amor.
María de las Mercedes entendía algo de esas conmociones, ya que por causas semejantes había interrumpido sus votos en el convento de Santa Clara.
Después de verlo maldecir el carácter arrogante de Íñigo de López, ella puso las cosas en su sitio.
«Sólo un milagro traerá a Ana Micaela a Tunja», concluyó.
Y dijo que para los españoles peninsulares los americanos eran «súbditos de segunda categoría».
Le pareció, además, comprensible que el padre prefiriera casar a su hija con uno de allá, rico y de linaje puro, y no con un recién llegado sin mayor fortuna.
La hermana fue clara cuando le mostró a José Diego las tres alternativas que tenía.
La primera consistía en esperar la posible realización de aquel milagro.
La segunda era olvidar a Ana Micaela y buscar esposa por lares más cercanos.
El pintor era un buen partido para cualquier doncella.
Entre las familias de Santafé y Tunja podía, incluso, echar redes y correr con buena suerte.
Pero José Diego no tenía ni sentidos ni imaginación para otro idilio.
Por lo tanto, creyó que lo más sensato era esperar un tiempo.
Si la actitud de don Íñigo continuaba inamovible, volvería a Madrid y, contra viento y marea, se traería a Ana Micaela.
«Esta es, justamente, la tercera salida: que su mercé se la robe», dijo la hermana.
«Pero ¿usted es capaz de hacer eso?», preguntó con incredulidad.
«Hasta donde tengo entendido, su persona no tiene idea de envainar una espada ni de cargar una escopeta».
Él, ante la ironía femenina, levantó los hombros con desdén y respondió: «Pero puedo pagar a quienes hacen esas cosas».
Don Íñigo de López tenía fundamentos para casar a su hija con un mejor partido.
Había elegido a un anciano, socio suyo en los negocios agropecuarios.
Ana Micaela se lo había contado a José Diego en una de las citas clandestinas que tuvieron antes de que este regresara a Santiago de Tunja.
Esa vez el llanto de ella se había desbordado y la indignación fue tanta que juró que primero se mataría que casarse con un hombre que sólo le despertaba repugnancia.
Doña Sancha, para sosegarla, y sin medir las consecuencias que insinuaba con esta actitud, había propiciado las citas entre los dos enamorados.
Contenta de su función de celestina, Vicenta del Carmen siguió todas las indicaciones de sus dos amas hasta que el señor de la casa, dándose cuenta de las artimañas, prohibió los encuentros terminantemente.
Don Íñigo alegaba que una mujer de la categoría social de su hija se degradaría al desposarse con un indiano.
América, para él, pese a que de allí procedieran el oro y la plata que enriquecían al imperio, significaba el atraso, la degeneración y la barbarie.
Pensaba que los españoles que habitaban esas tierras, y sus descendientes mestizos, eran una caterva de arribistas que, sin ser ilustres por ningún lado, se las daban de tales con los aspavientos de los ricos emergentes.
Esas distancias y sus peligros suscitaban, en menor medida, la preocupación en doña Sancha.
La madre, empero, no padecía el peor vicio de los españoles: la soberbia y el desprecio hacia los demás.
Al contrario de su marido, había quedado fascinada, desde un principio, ante las historias del americano.
Se maravilló cuando este le contó de aquel pozo sin fondo formado por la derramada chicha ancestral.
La madre de los hermanos muiscas, había dicho José Diego, al enterarse de su amor malsano, se enfureció y terminó arrojando a Noncetá el cántaro lleno de una bebida sagrada.
Doña Sancha se dejaba envolver, asimismo, por la musicalidad de los nombres muiscas: Cómbita, Sáchica, Motavita, Tinjacá, Turmequé.
Y aunque ella era incapaz de dejar a un lado la sospecha de que en esas tierras vivían indios salvajes y españoles depravados, José Diego le había atenuado estos juicios negativos cantándole algunas canciones de cuna que lo arrullaron en su infancia.