El jardín del mundo Cuarta parte #2
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Cuarta parte #2

Entre los viajeros había un comerciante que vendía libros.

Era oriundo de Rionegro y entre los dos se estableció de inmediato una simpatía.

Se llamaba Augusto Campuzano y conocía de tablas y de lienzos.

De hecho, cuando tomaban unas totumas de guarapo en el descanso en San Miguel de las Guaduas, tocaron el tema de la pintura.

Campuzano habló de lo mucho que le gustaban los pastores melancólicos de Murillo y los apóstoles descarnados del Greco.

En algún momento, se refirió a Alonso Berruguete.

José Diego abrió más los ojos cuando su compañero le habló de La Virgen de la leche , detallándole su templete íntimo de capiteles corintios y arcos de medio punto bajo el cual la madre amamantaba al niño.

El pintor de Tunja ponderó, maravillado, el rojo intenso de la saya abierta que contrastaba con el blanco de la túnica.

Y sólo para sí, evocó los cabellos ensortijados que tanto se parecían a los de Ana Micaela.

Campuzano le pidió que lo dejara mirar los libros que traía desde Madrid.

Cuando se compartieron los objetos de tapas duras, aquel le mostró a José Diego los suyos.

Eran obras devotas —como la Imitación de Cristo de Kempis—, de filosofía —allí estaba Vidas paralelas de Plutarco— y también de poesía y teatro —Francisco de Quevedo y Lope de Vega predominaban—.

Pero, como un destello, apareció un ejemplar de los Adagios de Erasmo de Rotterdam, que el pintor compró de inmediato.

Al dárselo, Augusto Campuzano no vaciló en decirle que tuviera cuidado, porque la obra estaba prohibida por la Inquisición.

José Diego, reconociendo el riesgo, lo guardó en uno de los baúles en que había un espacio que se mimetizaba con la madera y en el cual guardaba un par de libros más: el Elogio de la locura del mismo Erasmo y el Catecismo de Juan Valdés.

Le dijo a Campuzano que él, con tal de leer al más preclaro de los pensadores cristianos, asumiría cualquier peligro.

Y, recordando el dicho de su maestro Antonio Martín, sentenció: «Quien dice mal de Erasmo o es fraile o es asno».

Después, bordeando los trigales de Facatativá, Campuzano le habló del proyecto que, desde hacía un tiempo, le rondaba los pensamientos.

El comerciante quería editar la obra de un tal Rodríguez Freyle, que giraba en torno a la fundación de la capital del Nuevo Reino de Granada.

José Diego algo había oído hablar del escritor.

El tío Ricardo León ponderaba su humor malicioso que sabía atrapar la atención del lector con sus anécdotas de crímenes pasionales y corrupción administrativa.

El caso es que Campuzano, convencido de la singularidad del libro en el panorama de las crónicas de Indias, quería editarlo con ilustraciones.

El comerciante tenía contactos con impresores de Madrid a quienes había logrado despertarles un interés favorable.

Los familiares de Freyle, muerto hacía años, estaban de acuerdo con la edición porque se evitaban las futuras tergiversaciones de un manuscrito que, en su circulación azarosa, se les escapaba de las manos.

Campuzano concebía, pues, la impresión de un número limitado de ejemplares a partir de una previa lista de compradores.

En Santafé, Antioquia y Cartagena existían ya algunos interesados en hacerse al libro.

Como el diálogo con el pintor fluía con espontaneidad, el comerciante de libros le pidió que le hiciera conocer su oficio.

José Diego le pasó uno de sus cuadernos.

Observaron los dibujos aprovechando que las bestias de carga se abrevaban y los viajeros desentumían los cuerpos en una posada de Fontibón.

José Diego explicó que eran bocetos para retablos y murales que propondría a sus futuros clientes.

De pronto, Campuzano, al hojear el cuaderno, le propuso ilustrar el libro de Rodríguez Freyle.

José Diego se sorprendió. Pese a su cos tumbre de dibujar sobre lo que leía, nunca le habían planteado algo parecido.

Espoleado por el entusiasmo del recién conocido se mostró disponible.

Pero señaló que estaría en Tunja y que desde allí le sería difícil conseguir el manuscrito.

Campuzano dijo que eso no debía ser motivo de preocupación.

Él guardaba consigo, en su casa de Santafé, una copia que podía pasarle.

«¿En dónde habrán quedado esos bocetos?», se preguntaría años después José Diego en medio del desorden de su taller.

Ese taller que había decidido instalar en la casa familiar de Chivatá cuando había empezado a sentir que la vida en Tunja lo ahogaba.

Reconocía, en todo caso, que la de Augusto Campuzano, como otras más, había sido una empresa frustrada.

Cuántos retablos pedidos que no se concretaron.

Cuántas pinturas que tampoco se hicieron por el incumplimiento en el pago de sus solicitantes.

Aunque eso no era del todo cierto, ya que algo había quedado de las ilustraciones de Freyle en los murales que pintaría en sus últimos días.

Y con respecto a su labor en Tunja, el trabajo de sus manos se diseminaba en las catorce iglesias, en las casas de los nobles y en los ocho conventos que tenía la ciudad.

El intercambio entre los dos amigos se mantuvo por varios años.

José Diego había leído, en efecto, el manuscrito de Freyle, e incitado por la invitación de Campuzano hizo unos primeros dibujos.

Abordó las jornadas de la conquista de los territorios muiscas, y lo concerniente a las infidelidades de doña Inés de Hinojosa.

En los primeros reprodujo combates entre españoles e indígenas.

En los segundos, escenas de los crímenes del amor.

Pero el proyecto de editar el manuscrito de Freyle se interrumpió por la muerte de su promotor.

Campuzano había perecido en un naufragio en las proximidades de Cartagena de Indias.

Venía de España, una vez más, con las telas, las vihuelas y las guitarras, los libros que vendía en el Nuevo Reino de Granada.

Era probable que también trajera varios ejemplares impresos de la obra de Rodríguez Freyle.

José Diego jamás lo supo y, sintiéndose distante a la celebración de la conquista escrita por el santafereño, no tuvo el interés suficiente para averiguarlo.

Los primeros meses en Tunja fueron exaltados.

No sólo porque se sentía en su sitio y empezaron a llegarle encargos de trabajo, sino porque guardaba la esperanza de que Ana Micaela se le uniera pronto.

Por ser de ámbitos angostos, la noticia de la llegada de José Diego Vargas se expandió con rapidez por la ciudad.

Las primeras labores consistieron en restaurar el retablo de la capilla de los Mancipes en la catedral y en eliminar el deterioro del templo de Santo Domingo.

En este último, la labor fue tan exigente como satisfactoria, ya que debió ocuparse de la capilla del Rosario, la más aclamada del Reino.

Desde aquellos días la llamaban la Capilla Sixtina de las Indias.

Entrar a Santo Domingo significaba, para José Diego, varias cosas.

Embriagarse, primero, de la luminosidad dorada y carmesí que irrigaba las naves.

Dorada por los retablos, carmesí por el arriba que acogía las piñas y los llantenes.

Era, asimismo, sumirse en una veloz multiplicación de las formas que lo invadía todo en un instante.

Para, enseguida, comprenderse que Dios aprobaba sin vacilaciones la simbiosis abigarrada de lo europeo con lo americano.

En los días en que trabajó el retablo de Lorenzo de Lugo, José Diego alababa a cada instante la maestría del artista neogranadino.

Cuando fue decidiendo en qué partes había que regenerar el amarillo de las columnas, recomponer un motivo vegetal, otorgarle más luz a un semblante indígena que servía de cariátide y pulir las conchas marinas que rodeaban a la Virgen, recordaba las apreciaciones de Antonio Martín frente a los batiburrillos desprendidos de toda mezcla de culturas.

Para José Diego era imposible detener, bajo los argumentos de la pureza, los ímpetus propiciados por los cruces de los cuerpos y las mentes.

Porque eso era lo que prevalecía en la capilla del Rosario.

En torno a los misterios gozosos y gloriosos, vibraba una realidad respetuosa con la tradición hispánica, pero que era capaz de desprenderse de ella para buscar, lúdica e irreverente, el torrente imparable de lo nuevo.

José Diego asumió, como un reto, el ritmo de su nueva vida.

Había regresado de Madrid con un bagaje encomiable bajo la guía de su maestro Antonio Martín.

La formación europea supo atemperarse con lo que él había aprendido con uno de los discípulos que Lorenzo de Lugo había dejado en su paso por Tunja y con su querido maestro de adolescencia, Agustín Torres, que, a su vez, había aprovechado los secretos del arte que Angelino Medoro plasmó en las paredes de los templos de la ciudad.

Del italiano, José Diego había copiado una y otra vez La anunciación de la capilla de Santa Clara, para captar el sentido de la suspensión y el éxtasis.

Una y otra vez, también, se había detenido en los diferentes Descendimientos de Medoro, situados en la iglesia de Santo Domingo y la catedral de Santiago, para regodearse con la flacidez y el total desfallecimiento del cuerpo de Dios hecho hombre.

Y tales aprendizajes se le reconocieron ampliamente en los círculos más cultos del Reino.