Cuarta parte
Santiago de Tunja tenía la apariencia de una mujer recostada.
De sinuosas montañas los brazos y las piernas.
El centro del cuerpo tramado no por el triángulo de un pubis, sino por el cuadrado catedralicio que era su plaza.
Los cabellos podrían ser los que formaban el río angosto y su lago contiguo.
Aquella agua verdosa que carecía de fondo y cuyos tesoros de oro, pertenecientes a los nativos muiscas, jamás habían sido encontrados.
La pequeña ciudad no poseía ningún vestigio femenino en su nominación.
Estaba, al contrario, rodeada de dos hombres.
Uno era la variante de Hunzahúa, el príncipe enamorado y fugitivo.
El otro designaba al apóstol de un imperio tan enorme como represivo.
La historia hablaba del deseo entre Hunzahúa y su hermana.
De cómo, ignorando la norma, se amaron y fueron castigados con la rabia de sus progenitores y el rechazo de la comunidad.
Los amantes habían huido juntos en dirección a Bacatá y, al pasar bajo el salto del Tequendama, exhaustos de tanta maldición, se convirtieron en dos peñas inmensas en el centro de las aguas.
José Diego Vargas había escuchado muchas veces esa historia en su infancia y ahora la evocaba de nuevo.
Los españoles fundadores quisieron expulsar la huella pecaminosa sin lograrlo y en el nombre de la ciudad se amalgamaron las dos civilizaciones.
Pero para el pintor neogranadino el pasado mítico del vencido seguía prevaleciendo por encima de la evangelización del vencedor.
Toda construcción social no era más que una serie de encuentros y desencuentros, de acercamientos cordiales y desprecios agresivos, de gestos esclarecedores y acciones ignominiosas.
En el caso de Tunja se había intentado enmendar el equívoco desde un principio, tanto del lado muisca como del español, con la expulsión de los incestuosos.
Pero ¿cómo detener el deseo cuando este aparecía no sólo como una fuerza impulsadora de la movilidad física, sino de toda transgresión y todo ensueño?
José Diego, mientras iba acercándose a su ciudad natal, le daba vueltas una vez más a Hunzahúa y a Noncetá.
Sonreía con nostalgia al pensar que aquellos enamorados remotos estuvieron siempre juntos pese a las complicaciones.
Él y Ana Micaela, en cambio, eran dos mitades abandonadas a uno y otro lado del océano.
Desde las proximidades de Soracá divisó Tunja.
La recua había transitado, sin problemas, por el camino Real desde Santafé.
Precedida por José Diego, la caravana llevaba tres días y dos noches avanzando a un ritmo sostenido.
Él iba montado en un caballo blanco maculado de negro y, detrás, dos indígenas guiaban las tres mulas pardas.
Un perro de raza impredecible, con pelaje cochambroso, delimitaba la retaguardia.
Los dos baúles de la ida a España se habían convertido en cuatro al regreso al Nuevo Reino de Granada.
Allí estaban las ropas y utensilios del pintor y un caballete de cedro comprado en Sevilla, poco antes del embarco en Sanlúcar de Barrameda.
Para su hermana traía unos encajes de bolillos flamencos, unas sayas madrileñas y zapatos procedentes de París.
Como José Diego se enteró de que ella, ocurrida la muerte del padre, había desistido del convento de las clarisas para seguir el camino del matrimonio, se animó a comprarle esos objetos de la seducción.
Al tío que escribía las crónicas sobre los alborotos callejeros y las tragedias privadas de Santafé le traía una edición, publicada hacía poco, del Poema heroico de Ignacio de Loyola , de Hernando Domínguez Camargo.
Y delante de él, amarrado con cuidado a la silla de montar, estaba la arqueta, ornada con cupidos semidesnudos y arabescos boscosos, que Ana Micaela le había entregado en su última cita.
La tarde iba declinando en medio del sosiego.
El altiplano se extendía hasta la pérdida de la vista en una sucesión de colinas de diversos verdes y azules.
José Diego aspiró el aire de Soracá y sintió, envuelto en él, la fragancia de los sembradíos de maíz y de la papa.
Entonces descubrió que ella estaba allá.
La mujer recostada sobre Tunja, enlazada a la que ahora le fomentaba la añoranza.
La vio desperezarse, desde el templo de san Laureano hasta el pozo de los muiscas, evanescente e intocada como una ninfa andina.
Desdeñosa del paso del tiempo o ligeramente consciente de que su transcurrir era lo que en verdad le daba forma.
Ahí dormía Tunja, más femenina que nunca, acariciada por los vientos del reino.
Al pasar al lado de los ranchos limítrofes, José Diego se hizo más consciente del frío.
No se había olvidado de él. Hacerlo era como desprenderse de la esencia misma de Tunja.
Pararon en la pequeña iglesia de san Laureano, última pausa antes de llegar al centro de la ciudad.
Entró y divisó el retablo dedicado al santo.
Se conmovió ante su rústica sencillez y, agradeciendo la ventura del viaje, se prosternó.
Mientras se cruzaba con los primeros habitantes, que le saludaban con una inclinación de cabeza y un «sumercé» apacible, consideró que el frío, como la mano de un dibujante diestro, matizaba el color de aquellos rostros, la espesura de los atuendos de lana, la sobria elegancia de los sombreros.
Se reacomodó en el caballo cuando arribaron a la plaza Mayor.
Habían pasado seis semanas desde su salida de Cartagena de Indias.
Cerró los ojos y, sintiendo que el frío ya estaba instalado en sus manos y la humedad en sus pies, se dijo: «Por fin he llegado».
Él había querido quedarse por más tiempo en Madrid.
No sólo para ver mucho más de lo que había visto, sino porque albergaba la esperanza de que prolongando su permanencia ayudaría a que la relación con el padre de Ana Micaela mejorara.
Sin embargo, don Íñigo de López era como una muralla que impedía el ingreso del extranjero a la ciudad porque este se equiparaba con la plaga, la epidemia y el enemigo.
En Sanlúcar de Barrameda debió esperar varios días para que saliera el galeón.
La travesía del Atlántico había sido áspera por las tempestades capoteadas.
El tramo de La Habana a Cartagena de Indias estuvo sacudido por un ataque de corsarios ingleses, controlado a tiempo por varias naves españolas que vigilaban la mar Caribe.
Pero en tierra firme las jornadas sucedieron de otro modo.
En el recuerdo de José Diego las peripecias en Sevilla entraban en una suerte de espiral acelerada en la que se veía en tascas alborotadas, en calles y plazas populosas, en talleres donde se pintaban, en medio de una calma providencial y una luz agónica, los últimos momentos del Señor en el huerto de Getsemaní.
Y siempre la imagen de Ana Micaela se perfilaba sobre las demás.
José Diego la evocaba besándolo en la casa próxima a la puerta de la Vega, y se sentía triste como si intuyera que no habría, en lo que les quedaba de vida, más encuentros de esa índole.
Más tarde se precipitaban, al ritmo de los vientos y del ataque pirata, los días que había durado el viaje de un continente a otro.
Suponía que este trayecto había transcurrido tan rápido que parecía mentira, mientras que el ascenso por el río Grande de la Magdalena se hizo en medio de una perplejidad inusitada.
A José Diego, ya viejo, no le costaría nada cerrar los ojos, desde su taller en Chivatá, y verse de nuevo en la quilla de aquel largo champán.
Asomado, contemplativo y extático, a los amaneceres y a los atardeceres del río.
Forjados ambos por una luminiscencia que iba del rojo al amarillo y viceversa para desembocar, si era el alba, en la apertura de una blancura total, o si era la noche, en un negro capaz de contener todas las estrellas del universo.
El cauce de la Magdalena se prolongaba por horas en las que el único sonido era la respiración de las aguas.
Las aves interrumpían esa meditación acuosa y lo hacían también los cantos rítmicos de los bogas que, en tanto mascaban tabaco o cantaban versos de amor, sorteaban los rápidos de piedras filudas y los parajes donde los caimanes aguardaban la opción del naufragio.
José Diego, en los tramos más apurados, no temió por sus baúles.
Pese a que el calor le hacía abrir la camisa y remangársela, y los mosquitos habían hecho de las suyas en su piel malacostumbrada al trópico, lo que lo angustiaba era que la arqueta de Ana Micaela se malograra.
Por ello, se había ideado una forma de mantenerla próxima a su cuerpo.
Como era pequeña, la amarró al hombro con una soga.
Y así lo siguió haciendo cuando el viaje, desde Honda a Santafé, lo realizó a lomo de caballo y bandeó algunos puentes de bejucos y las tarabitas en que se montaba para atravesar las barrancas.
Los compañeros de viaje lo miraban extrañados ante un equipaje propio de damas, y se quedaban pensando en qué podría contener aquel mueble elaborado con tanto primor.