15
De repente, pudo respirar con alivio. Aunque tuvo la certidumbre de que no volvería a su cama.
Las escaleras le parecieron imposibles de ascender.
Pensó que ya no tenía fuerzas para despedirse de Aleid, de Schimitt y de las criadas.
Miró, abatido, hacia el frente y se encontró con la carroza de heno.
Con grandes esfuerzos alcanzó a llegar hasta el tríptico.
Lo cerró y volvió a la silla. Agotado, se palpó la frente sudorosa y vio sus manos que temblaban.
Miró otra vez hacia la obra y se encontró con el peregrino.
Las miradas de ambos se cruzaron. Jheronimus supo que la partida era inminente.
Dijo que prefería quedarse y no salir de la casa.
Estaba demasiado exhausto para emprender el viaje.
Pero el peregrino, indiferente, no le hizo caso y empezó a caminar.
«¿Hacia dónde vamos?», preguntó Bosch. Como respuesta, el otro le estiró la mano invitándolo para que lo siguiera.
Entonces la plaza de mercado, las calles, las iglesias y las murallas de Hertogenbosch fueron quedando atrás.
Más adelante, al pintor se le ocurrió examinarse.
Cargaba un canasto pesado sobre la espalda.
Una caperuza negra le cubría el pelo canoso.
Las calzas las tenía rotas en las rodillas.
Las suelas de los zapatos estaban tan delgadas que, supuso, no soportarían el periplo que apenas iniciaba.
El ladrido de un perro lo sacó de estas apreciaciones.
Volteó a mirarlo y se sorprendió de que en sus manos hubiera un báculo para apoyar mejor su pie fragilizado.
Con emoción súbita, percibió que los huesos, al lado del perro, habían adquirido el color requerido.
Observó que, al otro lado del camino, tres hombres le estaban robando las pertenencias a un comerciante.
Uno de ellos lo amarró al árbol, mientras los otros saqueaban su equipaje.
Una música de gaita sonó en el aire y le otorgó al verano una impresión de solaz.
Dos campesinos bailaban. En un lado, las ovejas pacían.
En el otro, pájaros negros revoloteaban en torno a los huesos.
Jheronimus creyó que su recorrido culminaría al cruzar el pequeño puente sobre el riachuelo que se vislumbraba unos pasos más adelante.
Hacia allí se dirigió y, de súbito, se sintió animado para caminar un rato más.
«Hasta ahora no me ha pasado nada malo», se dijo.
Y con este reconocimiento atravesó el puente.
Sin esperarlo, sus ojos se toparon con el mar.
Era inmenso y diáfano. Nada que ver con el que había visto, años atrás, en Amberes.
Allá el agua se cubría de barcos que llegaban y salían.
De los gritos de los marineros y las campanas de las iglesias de la ciudad.
El de ahora se fundía con un horizonte de un blanco espléndido.
Se dijo que ese mar era el semblante más hermoso de Dios.
Pero al peregrino lo invadió la zozobra.
«Toda esa vastedad me falta por recorrer», se dijo.
«¿Y qué puede haber más allá del agua y del firmamento?
». Quiso moverse y no fue capaz. Miró hacia sus pies y vio que estaban enraizados en la tierra.
Parecía aquel hombre-árbol que muchas veces había representado en sus dibujos y pinturas.
Se concentró en sus fuerzas y logró desenraizarse con gran facilidad.
Su ropaje de vagabundo, de pronto, comenzó a deshacerse.
Se volvió una nadería con el viento que brotó de algún lado.
Cuando estuvo desnudo del todo, Jheronimus Bosch dio el primer paso.
Poco a poco fue desplazándose. Y lo que sucedió después fue tan distinto, tan nuevo, tan inexplicable, que ya no le pareció necesario ver más.