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En algún momento, Beys dijo que, a partir de su paso por el monte Sinaí, la vida no era más que una peregrinación hacia Dios.
Esto fue como una revelación para el maestro.
En él la creatividad se manifestaba de ese modo.
Una frase soltada en un palique, el mohín de quien regateaba un precio en una tienda, el caminar del feligrés en la catedral, el perro que dormía al lado del mendigo.
Eventos cotidianos que daban una solución a sus pesquisas pictóricas.
Sucedida la visita de Beys, el maestro decidió pintar un peregrino sobre el tríptico cerrado de la carroza de heno.
Ese peregrino sería él mismo. Había leído en algún libro, de los que compraba en la imprenta de Gerard Lempt, que el viaje no era más que un movimiento de la imaginación.
Y supuso que cuando él muriera su último desplazamiento podría poseer algo de esta condición.
No ignoraba que este nuevo tríptico sería un compendio, desde el punto de vista del color y la vivacidad de las escenas, de toda su obra.
El paisaje elemental y a la vez complejo en las partes dedicadas al paraíso y a la carroza.
Un horizonte de ríos y peñascos, de mares y montañas, de aldeas difuminadas en un azul diáfano y de boscajes imbuidos de una grata calma.
En la sección del infierno, el horizonte se avivaría por un fuego que, cubriéndose de tonalidades naranjas, consumiría las edificaciones.
Igualmente, como lo había hecho en otras de sus obras, el nuevo tríptico pondría en escena una muchedumbre confrontada a la paradoja de un Dios que pedía al hombre mesura y sobriedad en su paso por la tierra y este sólo respondía con bufonadas y excesos.
Aleid, que seguía los avances de la obra, iba celebrando la dimensión de una carroza que, a fin de cuentas, no era más que una hacina de paja deleznable.
Entonces sobre Hertogenbosch cayó una epidemia.
En poco tiempo los fallecimientos se incrementaron.
Los síntomas de la enfermedad eran un escalofrío repentino, el dolor agudo en el pecho, la fiebre que subía con rapidez y se llenaba de una tos desgarradora.
En la ciudad, las autoridades tomaron medidas urgentes.
Se cerraron las puertas de las murallas y el flujo de los comerciantes se redujo.
Los habitantes no podían salir a la calle y los ritos religiosos también disminuyeron.
Jheronimus y su esposa, que eran asiduos de las reuniones de la cofradía de Nuestra Señora y no faltaban a la misa en la catedral, respetaron el confinamiento y sus medidas.
Una noche, a finales del verano, el pintor se sintió extremadamente débil y, en cuestión de horas, comenzó a sudar y a toser.
Vandenberghe, el barbero, fue llamado en la madrugada.
Trató en vano de frenar los efectos del flagelo.
Al notar la veloz degradación física de su esposo, Aleid le preguntó si quería confesarse para llamar al prelado de la catedral.
Jheronimus la miró con ojos enrojecidos y, entre expectoraciones cargadas de flema, dijo que una solicitud de perdón a Dios desde su conciencia era más que suficiente.
El tríptico de la carroza, por fortuna, estaba casi terminado.
Sólo faltaban unos cuantos detalles sobre el peregrino que sobresalía al cerrarse los paneles.
El blanco de los huesos, tirados a la vera del camino, pedía una mayor consistencia.
El follaje del árbol, bajo el cual un músico tocaba la gaita, no alcanzaba el espesor necesario.
Jheronimus consideraba que debía pintar nubes más brumosas para que se entendiera que la escena del caminante transcurría en el estío.
Pero las fuerzas le faltaban para incorporarse de la cama.
Una mañana, empero, le surgió un brío inesperado.
Llamó varias veces a Aleid para decirle que deseaba ir al taller.
Pero ella no estaba en la habitación. Pronunció el nombre de las dos criadas y tampoco obtuvo respuesta.
Se levantó y, sin quitarse la bata de dormir, descendió las escaleras.
Esperaba encontrar a Schmitt en el taller.
Lo había visto la víspera y estaba seguro de haberle pedido que preparara una paleta de colores para efectuar los últimos ajustes a la obra.
En el taller no había nadie. Ondeaban el silencio y la tranquilidad.
Jheronimus, cerrando los ojos, disfrutó por unos instantes esas cualidades proverbiales, pero lo sorprendió la tos.
Y con cada arremetida parecía que se le fuera a salir el ánima del cuerpo.
Las piernas empezaron a temblarle. El dolor en el pecho se hizo insoportable.
Miró hacia sus lados, creyendo que iba a ahogarse, hasta que encontró la silla.
En un momento, ya sentado, se llevó la mano a la boca y, al ver el rojo y el amarillo de la baba, pensó que el color de su muerte era más hermoso que terrible.