El jardín del mundo 13
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Los dos regresaron a Hertogenbosch cuando principiaba el otoño.

Por esos días entregaron la obra a los representantes de Enrique de Nassau, quien ya había pagado lo que faltaba del tríptico.

Entonces Jheronimus no vaciló en concentrarse en otro encargo.

Sentía que el tiempo de la vida se le terminaba y que su energía creativa en cualquier momento se podía desvanecer.

La solicitud procedía del monasterio de las clarisas de Hertogenbosch.

El nuevo trabajo giraba en torno a la carroza de heno como metáfora de la ambición humana por los bienes materiales.

La oración de Isaías iba y venía por la mente de Jheronimus con una fuerza estimulante: «Toda carne es como la hierba, y todo su esplendor, como la flor de los campos».

El hombre, se le había enseñado a él desde que era un muchacho, no era más que una fruslería de carne y huesos, pronta a la putrefacción, sacudida por el deseo permanente de poseer cosas perecederas.

Las palabras de Isaías se complementaban con el viejo proverbio que la madre del pintor solía repetir cuando lo creía necesario: «El mundo es un montón de heno, y cada uno toma lo que de él puede».

Atrás habían quedado, envueltos en noticias infaustas, los avatares de la secta adamita.

El fuego de las hogueras quemaba a sus adeptos a lo largo y ancho de Europa.

A otros la huida hacia ciudades populosas o aldeas inhóspitas los salvaba de la tortura y la muerte.

Se decía del hermano Jacob que había enfrentado el fuego con ánimo imperturbable, repudiando cualquier sentimiento de contrición.

Y que su valor se erigía, más que como una proyección malsana del demonio, como un emblema de la resistencia ante el poder represivo de la Iglesia.

La idea de que la carroza de heno sería el último de sus trípticos fue imponiéndosele a Jheronimus en la medida en que fue pintándola.

Pero esta certeza progresiva no la asumió con pesadumbre.

Al contrario, le parecía extraordinario que, en medio de la vejez y las calamidades del mundo, él tuviera la fuerza suficiente para pintar una nueva obra.

Jheronimus creía en Dios. Siempre había confiado en su bondad eterna.

Esta convicción, sin embargo, no lo exoneraba del pesimismo que guardaba frente al devenir humano.

Tenía la ilusión de que para algunas almas podría haber un más allá de luz y misericordia.

Era consciente, asimismo, de que esta esperanza de salvación se tambaleaba por su condición improbable.

A veces se imaginaba el lugar de la redención como un túnel en forma de espiral que enlazaba la tierra con el cielo.

Quizás esta imagen, que había pintado varias veces, fuera el resultado de una creencia familiar y el fruto de muchas de sus lecturas.

Pero ¿de qué otra manera pintar ese tránsito si se decía, aquí y allá, que después de la muerte el alma abandonaba la cáscara del cuerpo para dirigirse al destino que merecía?

Bosch estaba seguro de que la mayor parte de las empresas humanas se cifraban en el absurdo.

Frente a este, para sortear los escollos del desencanto, simplemente había que burlarse.

Reírse entre la resignación y la tristeza.

Hacerlo, incluso, con estrepitosas carcajadas.

De cualquier modo, él había emprendido la tarea de quitarles el velo de la solemnidad y la pedantería, de la mentira y la manipulación, a las formas en que una religión imponía su concepción de Dios.

La creencia en el mensaje de los Evangelios, pensaba el maestro, no debía sustentarse en una autoridad represiva, ni limitarse a obedecer una serie de órdenes sacerdotales que se atribuían el derecho de ser los emisarios de Dios en la tierra.

Ante el poco tiempo de vida que le quedaba, se sentía dispuesto a representar un compendio de la falacia universal.

Esta vez metería a todos —a los ricos y a los pobres, a los reyes y a los mendigos, a los músicos y a los poetas, a los frailes y a las monjas— alrededor de un inmenso carro de paja.

Sus ruedas pisotearían a hombres, que tratarían de llenarse las manos con la riqueza deleznable de la gavilla.

Este degollaría a aquel para robarle un manojo de hierbas.

El uno golpearía sin cansancio al otro para demostrarle que era más poderoso.

Aquel abriría los brazos para abarcar la enorme masa de pasto amarillo montada sobre la carreta.

Carreta que, a pesar de su tamaño, se vería tan desvencijada que produciría la desilusión en el vidente.

Por último, así lo mostraban los bocetos realizados, la carroza sería conducida por un grupo de demonios hacia el infierno.

Bosch se preguntaba, mientas hacía su última tabla, cómo introducirse en aquel destino de perdición.

Fue entonces cuando recibió la visita de Lodewijk Beys, uno de sus amigos de Hertogenbosch.

Comerciante adinerado y viajero infatigable, su hija se había casado con un sobrino de Jheronimus.

Este era el lazo familiar que los unía. Pero, además, Beys poseía una gran casa, como la de Aleid, situada en la plaza de mercado.

El amigo había hecho recientemente una peregrinación a Jerusalén.

Bosch, curioso por esas andanzas, lo escuchó hablar de los lugares donde Jesús había vivido.

El viaje de Beys tuvo varias fases. La que iba de Hertogenbosch hasta Amberes.

Una más que llegó hasta Venecia. De allí la nueva embarcación se dirigió a tierras santas.

Beys contribuía, además, a que las obras del maestro se fueran conociendo en Italia a través de los continuos viajes que realizaba a Venecia.

Y era una muestra del afecto admirado que el comerciante le profesaba al pintor el hecho de que, cuando se lanzaba a cada uno de esos viajes, lo invitaba a que lo acompañara.

Pero Jheronimus, pese a las promesas de comodidad que le hacían, se negaba alegando su incurable sedentarismo y su idea, terca e irrefutable, de que si dejaba Hertogenbosch algo aciago les acaecería a Aleid y sus seres más queridos.

Durante el encuentro, Beys mencionó a Stephan Fraenger.

Antes le había mostrado al maestro unas reliquias de santa Catalina conseguidas en el monte Sinaí.

El pintor vivió unos instantes gratos al contemplar y tocar aquellos objetos, y su mirada se iluminó todavía más al escuchar el nombre de su antiguo aprendiz.

El joven y su amiga —pues cuando aparecía el rastro del uno surgía el de la otra— habían vivido un tiempo en Venecia.

Él, vinculado a un taller de pintura. Ella, ayudando en el cuidado de los enfermos en uno de los hospitales de la ciudad.

Pero, desde hacía un tiempo, la pareja se había embarcado hacia el Nuevo Mundo.

«Todos ahora quieren irse para allá», dijo Bosch.

Beys replicó que, en efecto, con esos territorios desconocidos, el mundo no demoraría mucho en convertirse en un ir y venir permanente por sus coordenadas.

Sólo había que esperar a que las Nuevas Indias se abrieran al progreso del comercio y a un intercambio provechoso entre los pueblos.