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El centro de la tabla se había concebido en tres niveles.
Uno superior que recogía los cuatro ríos del origen y un horizonte de cielos despejados y arboledas tupidas.
Sobre estas últimas se levantaban cuatro palacios en los que se unían el rigor de la geometría con la exuberancia de las formas vegetales.
Encima de uno de los palacios —mezcla de castillo, fortaleza y muralla, y también de caverna, flor y cavidad húmeda— había un cascarón de huevo jaspeado con un azul lapislázuli.
Una barca circular, en lo más alto, se disponía a navegar en el viento con dos tripulantes acróbatas.
Otro hombre, al fondo, escalaba una torre cuya firmeza remitía a un pene erecto.
Aquel pretendía alcanzar a una mujer que, mucho más arriba y sostenida a una media luna, apuntaba con su brazo a un más allá inalcanzable para el tacto.
En el nivel del medio estaba la fuente de la vida.
Sólo las mujeres gozaban de sus aguas puras.
Las cabelleras doradas estaban coronadas de manzanas maduras.
En las otras cabezas se posaban aves de alas blancas y negras.
Algunas de las mujeres eran de piel azabache y su papel consistía en guiar el baño y la contemplación de los juegos que ocurrían alrededor de la fuente.
Allí transcurría una cabalgata que daba vueltas en torno a un goce único y plural.
Hombres desnudos montaban caballos, jabalíes, leones y unicornios.
Varios de ellos, febricitantes, hacían piruetas sobre los lomos o cargaban peces y camarones enormes como se carga un misterio que, de pronto, se revela para perder de inmediato su sentido.
En el inferior acaecía todo y a la vez nada.
Había una aglomeración desnuda que se arrojaba, juguetona y delirante, al encuentro del placer.
Era como si la primera imagen del hombre y la mujer se desdoblara sin cesar a la manera de una fantasía espejeante.
Esto se efectuaba no hasta el cansancio y el hastío, sino hasta la repetición eterna de un feliz estremecimiento.
Los pájaros, en un lago de aguas apacibles, eran más grandes que los hombres y los acompañaban como presencias benevolentes.
Una lechuza, en el extremo derecho, donde terminaba el jardín, aureolaba a un par de danzarines cuyas cabezas desaparecían dentro de un receptáculo floral, ya que en medio de aquella alegría primigenia no tenía sentido la razón.
Había una escena, ya bosquejada, que el maestro quería dejar para el final.
Era una burbuja, inflada por una gigantesca flor azul, que encerraba a un hombre y una mujer.
La pareja estaba fuera del tiempo. Desprendida de toda contingencia.
Vivía un presente simultáneo atravesado sólo por la circunstancia del amor.