El jardín del mundo 11
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No fue necesaria la intermediación de Schmitt.

Esta vez el maestro Bosch, que había salido hacia una de las puertas de la ciudad para merodear las orillas del río Dommel y dibujar escenas de pescadores, se tropezó con el gentío en la puerta de la catedral.

Iba enterándose de lo sucedido, preguntando en un corrillo y otro, cuando divisó a los dos jóvenes.

Los habían capturado en una de las redadas hechas en los alrededores de Hertogenbosch.

La vigilancia de los dominicos hacía un cerco cada vez más apretado en torno a los Adamitas.

A estos dos, que trataron de huir, los habían denunciado.

Ahora los exponían al público como una manera de ejemplificar la ira de Dios y para que los habitantes de la ciudad comprendieran lo que esperaba a los herejes.

Jheronimus se abrió paso entre la muchedumbre que arrojaba improperios a los dos presos.

Era la pareja de jóvenes que, montados en uno de los caballos de aquel rito, había regresado al lago para retozar en sus aguas.

El maestro los reconoció a pesar de que estaban vestidos y entre un hecho y otro habían pasado varios meses.

Los jóvenes portaban el atavío de los estigmatizados.

Una cruz ensangrentada se estampaba adelante y atrás de los hábitos rústicos.

Los habían rapado y se les notaban los vestigios de la tortura.

El pintor se desoló cuando vio los rostros pálidos y surcados de profundas ojeras.

La muchacha se veía atontada y sus ojos se dirigían a un lugar improbable donde no existía ningún Dios que pudiera consolarla.

En el cuello, largo y delgado, había un hematoma en forma de mano que parecía una afrenta.

El joven, con aire temerario, miraba al frente.

Su cuerpo temblaba y era difícil saber si era de impotencia, de rabia o de debilidad.

En el horizonte que divisaba tampoco había nadie que se atreviera a ayudarlo.

Pero era indudable que poseía una entereza capaz de enfrentar el ultraje que les esperaba.

La hija de Adán comenzó, de pronto, a ser sacudida por uno de los frailes, que la obligaba a inclinarse ante el crucifijo.

Su compañero, ante la agresión, intentó golpear al religioso.

Pero la intervención de uno de los guardias lo tumbó.

El maestro se sentía perturbado no sólo por lo que pasaba en la tarima, sino por el bullicio de la multitud convocada.

Lo que veía ahora lo trasladaba al lejano ajusticiamiento de la gata.

Era la misma brutalidad, el mismo acoso, la misma fascinación del populacho ante el espanto.

Jheronimus tenía el pálpito acelerado y sudaba frío.

Esta impresión se volvió más acuciante cuando se dio cuenta de que, en medio de la algazara, había mendigos contrahechos que pedían con gritos la ejecución de los herejes.

La mujer, al ver a su amigo en el suelo, despertó del letargo y llamó al dominico.

Este se le aproximó blandiendo el crucifijo y pronunciando el credo en voz alta.

Sospechaba, tal vez, un arrepentimiento y un perdón que reconciliarían a la muchacha con Dios más allá de la muerte.

El monje giró hacia los guardias, y su hábito blanco y negro adquirió los visos de un estandarte lúgubre.

Ordenó que levantaran al hombre, desfalleciente en el suelo, y lo pusieran al lado de su compañera.

Jheronimus se había detenido para mirar la escena.

Pero la mujer, en vez de suplicar la misericordia divina, arrebató el crucifijo de las manos, escupió el rostro del clérigo y después arrojó el objeto a la multitud.

El maestro regresó a la casa atribulado.

No le costaba trabajo presagiar lo que pasaría con los sectarios detenidos.

Todos, desde su líder, que permanecía preso en Lieja, hasta sus seguidores serían condenados a la hoguera.

Jheronimus sentía conmiseración por ellos y, al mismo tiempo, temor por su propio destino.

Aleid le había dicho, para calmarlo, que no le pasaría nada.

Pero él no dormía bien. El apetito se le había reducido.

Buscaba refugio en el trabajo. A veces, Aleid lo sorprendía llorando por los jóvenes torturados.

En una de esas angustias, su esposa le propuso que se fuera a la casa de Oirschot.

«¿Y el tríptico que estoy pintando?», preguntó Jheronimus.

Ella dijo que la tabla se podía transportar y, en compañía de Schmitt, él continuar el trabajo en condiciones más serenas.

El maestro, que también temía por lo que pudiera ocurrirles a su esposa y a la ciudad misma mientras estuviera ausente, sopesó esta posibilidad varios días.

Hasta que, decidido, preparó la gran pintura para el viaje.

Iniciaba la primavera cuando el maestro y su aprendiz partieron.

Aleid tenía razón. Oirschot le propició una atmósfera que actuó en su favor.

Desde un principio, instalado un improvisado taller en la planta baja de la casa, se pusieron a trabajar.

Se levantaban con el primer toque de las campanas de la iglesia y mientras él susurraba las oraciones del alba, arrodillado frente a una talla en madera que mostraba a Jesús dando el sermón de la montaña, Schmitt preparaba los utensilios y las mezclas.

Una vieja aldeana les hacía la comida y se ocupaba de limpiar los dormitorios.

Los dos pintores laboraban hasta el mediodía.

Jheronimus hubiera querido pintar con las ventanas abiertas, pues el tiempo era tibio.

Pero era mejor hacerlo en la privacidad debido al carácter de lo que hacían.

El objetivo de esta última fase era culminar la parte central del tríptico.

El maestro había optado, pese a las consideraciones de Aleid, representar el Edén basado en la búsqueda de la felicidad de los adamitas.

Esta resolución hubo de fortalecerse con los rumores de las Indias recién descubiertas comentados por su amigo Erasmo.

Después del almuerzo, ambos salían a dar un paseo.

Schmitt se liberaba de la imposición del silencio en el taller y, con su labia, salpicada de chismes y cuentos de otros días, entretenía a Jheronimus.

Este fue, por lo demás, el consejo que se le dio antes de que viajaran a Oirschot.

«Cuando puedas sácalo del ensimismamiento y, ante todo, sacúdele la desolación.

Eso es más importante que prepararle la paleta», le había dicho Aleid.

Y en la medida en que avanzaba la tabla, y la frescura de los días adquiría una calidez más amable, dieron paseos por los alrededores de la aldea.

En el aire flotaba un polen ambarino. Las vacas pacían con calma atemporal.

Y los pájaros revoloteaban por todas partes obedeciendo la orden divina de dulcificar la tierra con sus cantos.

Jheronimus Bosch abría los ojos para alimentarse de la luz y seguía caminando consciente de que su pie izquierdo ya no le dolía tanto.